Como en los viejos tiempos

Como en los viejos tiempos

Diego López

 

Aquella noche, la vida no valía nada.

Bebía una cerveza en el Sol Naciente. Aquella chica celebraba sus 18 años, ordenaba tequilas que el barman servía sin  pedirle la cédula. Aquel grupo de amigos – en su mayoría, adolescentes – montaban un ambiente juvenil y escandaloso. Durante la noche,  la inquietud de la turba me hizo sentir que era parte de la fiesta. Concebía ridícula la imagen de un escritor reflexivo con el cabello largo, en medio de un montón de juveniles.

Trate de levantarme, con la excusa de salir a fumar.

– ¿Para dónde va? – preguntó uno de los chicos.

– A fumarme un cigarrillo – dije, mientras sacaba el paquete de cigarrillos de la camisa.

– ¡De ninguna manera! Usted no se mueve de aquí – dijo, aquel chico –  ¡Un trago para el señor por favor!

– ¿Qué desea Andrés? – Preguntó el barman – ¿Un whisky?

– ¡Nada de whisky! ¡Eso es muy caro! – Reclamó el chico – ¡Aquí tomamos guaro!

– He tomado tanto guaro – dije –  que uno termina aburriéndose, buscamos algo más fuerte, el guaro ya no se me da, prefiero un whisky.

El chico revisaba su estado financiero,  la cara de preocupación me llenó de lastima, recordé cuando hace mucho tiempo, también quería comportarme como un adulto.

– Deja yo pago mi whisky  – dije, interrumpiendo la congojosa situación del chico – ponle un ronda de guaro a este grupo de muchachos – solicité al barman.

El barman puso la ronda, el chico sugirió un brindis en mi honor, los que estaban fuera de nuestra conversación, simplemente sonreían, alzaban la copita y antes del discurso, ya muchos se habían tomado el trago, entre ellas la cumpleañera.

– Igual saldré a fumar – dije.

– Ésta bien te acompaño – dijo el chico.

– ¿Fumas? – pregunté, extendiendo el paquete de cigarrillos.

– No, prefiero esto – respondía enseñando una pipa para fumar marihuana.

Empecé caminar hacia afuera del bar, el chico mientras dejaba el trago en la barra y sacaba su dosis de hierba

– ¿A dónde vas? – preguntó la cumpleañera.

– A fumar con Él.

– Es raro, mejor te acompaño.

Cuando los chicos llegaron afuera del bar, yo ya estaba recostado a una cortina metálica dándole una calada a mi cigarrillo.

– Sí, soy un poco raro – dije, antes de que los chicos se percataran de mi presencia.

La cumpleañera se sonrojó, el chico estiro la mano pidiéndome el encendedor. Dio una fuerte calada a la pipa, luego pasó la pipa a la chica y está también fumó. Después de toser, y hacer ademanes de que la hierba estaba buena el chico dijo:

– Él es…

– Andrés – interrumpí – Andrés Nostalgias, mucho gusto.

– Fabiola – dijo la joven olorosa a marihuana – disculpa lo de raro, pero es que eres un señor, de cabello canoso, aretes, vestido de negro, en medio de un montón de jóvenes,  es extraño.

– Todo ha sido un accidente – dije – la hiperactividad de ustedes han hecho que sin darme cuenta quedar en medio de la fiesta, pero no me molesta, añoro esos tiempos, paso por el sacrificio de compartir la barra del bar, por cierto ¡Feliz cumpleaños!

– Gracias – dijo Fabiola.

– Quieres – dijo el chico, interrumpiendo la plática y ofreciéndome la pipa.

Tomé la pipa, encendí y le di una calada a la hierba, añoraba tanto el sabor de la marihuana.

– ¿Cómo te llamas? – pregunté, en medio de un ataque de tos.

– Rafael – dijo, pidiéndome con un gesto la pipa.

Ingresamos de nuevo al bar, no paso mucho tiempo para darme cuenta que era parte del grupo, unos me tomaban como un desconocido agradable, otros como una billetera fácil, Rafael y Fabiola cada vez que se antojaban fumar me invitaban a ir  con ellos. Al sentir el ambiente agradable, hacía que mi ritmo de beber cerveza aumentara. Una de las chicas del grupo se levantó de su asiento y se sentó junto a mí.

– Sabes – dijo, tambaleándose en su borrachera – además del cumpleaños de Fabiola, celebramos que el malparido de mi novio me terminó hoy.

– ¡Que estúpido! – Dije.

– Pero nada es – agrego la chica, mientras sacaba mi paquete de cigarrillos de la bolsa de la camisa – ¿Me acompañas a fumar?

– Claro.

Eso era todo, quería un cigarrillo.

Pedí una cerveza y un trago de whisky, me tomé el trago de un solo golpe, y me lleve la cerveza conmigo. La chica me tomo del brazo, mientras salíamos, al voltear a la barra me di cuenta que ninguno estaba al tanto de la situación. Encendí su cigarrillo, el silencio se apodero del momento. La chica empezó a acariciarme el cabello.

– Quiero ligarte esta misma noche – dijo, mientras sus ojos se encendían en deseo.

– Tengo que aclararte ciertas cosas – dije, quitando su mano de mi cabello – soy frio, despiadado y cruel , solo tengo sentimientos cuando sufro una erección, y dura hasta eyacular, la mayoría de las veces me quedo dormido y al otro día irremediablemente sufro de amnesia, créame, soy un muy mal partido o un malparido, como mejor quiera llamarme.

– Pues me gustaría correr ese riesgo – dijo aquella chica, abalanzándome sobre mí con un beso buscando mis labios.

Esquive su boca  haciendo que sus labios se estrellaran con mi mejilla. Apagué el cigarrillo e ingrese al bar. Busque sentarme al lado de Fabiola, que dejó de mirar la televisión y clavo sus ojos en mi rostro adormilado.

– Un poco loca Carmela – dijo Rafael, mientras abrazaba a Fabiola por la espalda.

– Ésta un poco tomada –acababa mi cerveza y pedía otra con un trago de whisky.

– Tomas con mucha velocidad – dijo Fabiola.

– ¿Saben quién es James Dean? – los chicos negaron con la cabeza ante la pregunta – pues fue un actor – agregué –   de la década de los 50, bueno el caso es que el alguna vez dijo «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver» pues por eso no hay que preocuparse de que tan rápido bebo, debo admitir que de las tres sugerencias solo he cumplido, la de vivir rápido.

Los chicos rieron, Rafael levantó el vaso y brindo con mi cerveza, yo pedí tres tragos de whisky.

Fabiola se levantó y se fue para el baño.

– No vayan a brindar sin mí – dijo, mientras se marchaba.

Detalle su trasero dentro de aquel pantalón negro, pero aparte,  lo que más me llamo la atención fue su cabello y su forma tan original de amarrarlo, era marrón, largo, rebelde y hermoso.

– ¿Muy guapa, verdad? – preguntó Rafael.

– Es hermosa – me sentía un poco mareado – lastima, es una niña para mí.

– Ella no es una santa, a pesar de que hoy está cumpliendo sus 18 años, sabe mucho de la vida, no se asusta con facilidad.

– Sus cejas son bastantes hermosas, verla a los ojos es refrescante, son unas bóvedas divinas.

– Pues hágale, quien quita.

– No Rafael, ya no estoy para « hacer », ya mi tiempo pasó, además si soy consciente de que es una niña no puedo hacer más que verla y disfrutarla como se deleita un atardecer.

 

Fabiola volvió, se acomodó en la silla, bebió de golpe el whisky, dio un fuerte trago a la cerveza y empezó a bailar una canción de rock and roll. Verla contonearse al ritmo de un riff de guitarra, era un afrodisiaco a mi impudicia, sus pequeños senos hacían un juego perfecto con el movimiento de sus brazos, sus zapatos, convirtieron el piso en un lugar de peregrinación para los perdidos. Yo solo la miraba bailar  absorto en los más bajos pensamientos, totalmente dominado por la borrachera. De un momento a otro ella dejó el baile, se acercó, me dio un abrazo y acarició mi cabello.

– ¡Eres hermoso! – dijo.

A mi cuerpo se le olvido respirar, el olor del suyo se había alojado en mis fosas nasales, no podía gesticular palabra, solo estaba ahí, hipnotizado por aquella belleza. Ella se despegó y siguió bailando su rock and roll, yo me volteé a la barra, pedí un whisky y una cerveza. Rafael se sentó junto a mí.

– Viste, ya está cediendo.

– No, solo está drogada – dije, volviendo a verla bailando – pero gracias a ese abrazo puedo sentarme a escribir algo.

Comenzó a sonar una canción, haciendo que los dos moviéramos la cabeza, al ritmo del rock and roll.

-¿Te gusta esa canción? – Pregunté con curiosidad – es  de mi época.

– Claro, esa banda es mi preferida – Rafael jugaba con su pipa.

– Pero ni habías nacido cuando esa banda desapareció.

– Andrés – replicó –  no pienses que por ser joven no se dé buena música.

– También es mi banda preferida – dije – a mis nueve años mis padres me regalaron mi primer acetato, de esa banda, el mejor regalo y por mucho lo que me marcó mi gusto musical.

– ¿Tus padres también eran rockeros?

– No, pero ellos sabían lo que me gustaba.

Fabiola se acercó.

– Vamos a fumar – dijo.

– Yo paso – contesté.

– Pero nos acompaña – dijo Rafael preparando la pipa.

Afuera, ellos encendieron la pipa, fumaron un poco y comenzamos una banal conversación sobre el clima. Mi lucidez se opacaba por la borrachera, el sueño y la marihuana. Me recosté sobre la cortina metálica, Fabiola me abrazó y recostó su cabeza en mi pecho.

– Ya es tarde – dijo Rafael – Voy a ver que van a hacer los demás.

Fabiola inclino su cabeza y me miro directo a los ojos, sin darme cuenta sus labios abordaron mi boca, correspondí aquel beso, sentí que mis pies se despegaron del suelo. A mis 37 años sentí como los prejuicios y la moral se descalabraba en aquel juego de lenguas. Acaricie su rostro, su cabello, mis manos bajaron por su cintura, por sus caderas, cuando mi movimiento le rozó el trasero ella se detuvo.

– Voy a ver qué pasa dentro – dijo acomodándose el cabello – ¿Vienes?

El grupo de chicos discutían sobre cómo pagar la cuenta. Me acerqué por el otro lado de la barra, llame al barman, pregunté por la cuenta, el barman dio el monto, dije al oído que yo me hacía cargo, el barman se fue informo a los chicos, todos con caras de asombro me agradecían con un ademan. Me senté en la barra, pedí una cerveza y un trago de whisky. Pagué mientras los chicos iban saliendo del bar. Después de un rato el único que ingreso fue Rafael. Se sentó en el taburete de al lado.

– Los chicos hicimos una colecta para la cuenta – dijo poniendo un puño de monedas y billetes arrugados sobre la barra – no es toda la cuenta, pero es algo.

– Tranquilo – empujé el dinero hacia Rafael – deja así, no es nada.

– ¡Por favor toma el dinero!

– No es necesario de verdad – dije – si quieres déjate el dinero y después dices que me lo diste yo te guardare el secreto.

Intenté levantarme de la barra, pero en el intento, por el efecto de la embriaguez caí al suelo. Rafael con mucha pena ayudó a levantarme.

– Estas bastante borracho – reía pero trataba de disimularlo – te voy a dejar a casa, podría pasarte algo.

– No tranquilo – dije avergonzado – llamare un taxi.

Mientras intentaba sacar el teléfono este se cayó y se desarmo en el suelo. Rafael recogió los pedazo lo armo y lo encendió.

– ¿Tu pin?

– No lo recuerdo.

Empecé a caminar buscando la salida, Rafael me siguió, me recosté sobre la cortina metálica.

– ¿Tus amigos? – pregunté.

– Ya todos se fueron.

– ¿Usted que va a hacer?

– Pues irme, no me queda de otra.

– ¿Fabiola?

– Se fue con los demás.

Me dispuse a caminar, pero mis pies se enredaron y volví a caerme llevándome un estañón de basura. Rafael nuevamente ayudó a levantarme, puso mi brazo sobre su hombro.

– ¿Dónde vives?

– Solo camina, yo guiare.

Duramos 45 minutos llegando a casa, durante el camino solo hicimos dos pausas, una para yo orinar y otra para que Rafael fumara. En el portón de mi casa, Rafael ayudó a buscar mis llaves, me entregó el teléfono y se quedó parado en la acera hasta asegurarse que yo entrara a casa, antes de cerrar la puerta me despedí con un gesto, apenas pude llegar a mi cama, me tumbé y sin darme cuenta me quede dormido.

 

Cuando desperté no aguantaba el dolor de cabeza, me llevo más de 15 minutos recordar el pin del teléfono. Luego caí en la certeza que  no me había quitado la ropa para dormir. Prepare café, miraba la infusión y me acordaba de los últimos sucesos de la noche. Inmortalizaba la mirada de Fabiola. Me serví otra taza de café, no dejaba de pensar en ella. Sus movimientos al bailar, sus labios, su beso, el leve paseo que tuvo mis manos por su cuerpo, sus 18 años. Revisé mis bolsillos y solo encontré las facturas del bar, revise la billetera y no había un solo cinco. No había nada. Gaste lo del mes en una sola noche de borrachera, y aún faltaban 22 días para mi próximo pago, igual, aquello no me asustaba.

 

Fui al abastecedor, me agencié varios paquetes de cigarros fiados – ¿Y para comer? –  pensé.

No quise solucionar ese detalle, sentí que no hacía falta. Volví a casa, serví otra taza de café y me senté frente al documento de Word.

Empecé a dibujarla con palabras.

Sentí que me estaba volviendo loco, pues podía jurar que su olor se colaba en mi nariz, podía sentir en mis dedos la textura de su cabello. Su imagen se metía en mi mente. Los pensamientos lujuriosos tomaban partido, la imaginaba cabriolear, pero esta vez desnuda sobre mi cuerpo empapado de sudor. Sin darme cuenta era presa de una erección. Paré de escribir. Vi por la ventana el día soleado pensé en salir a caminar, pero la verdad tenía miedo de encontrarla. La sensatez poco a poco se fue asentando en mi cabeza « Es solo una niña » era lo que constantemente repetía mi conciencia. Me tome una fuerte dosis de clonazepan, puse música clásica y sin darme cuenta nuevamente me quede dormido.

Cuando estaba anocheciendo me despertó el ruido de alguien tocando con una moneda el portón de la casa, me asomé por la ventana, era Rafael

– Andrés que tal ¿Sobrevivió?

– Eso parece.

– ¿Puedo pasar?

Fui por las llaves para abrir el portón. Rafael ingresó a la habitación, yo me di a la tarea de poner agua a hervir para preparar café. Nos sentamos en la mesa, un silencio hacia una pared entre los dos. Rafael sacó su pipa y fumó un poco. Yo encendí un cigarrillo. La cafetera silbo, me levanté a chorrear. Serví dos tazas de café, cuando volví sobre la mesa estaba el dinero que Rafael me había ofrecido la otra noche.

– ¿Eso qué significa?

– Es tu dinero – dijo Rafael mientras tomaba un trago del café – lo agarra o nos vamos a gastarlo.

Mi economía estaba en la quiebra, ese dinero podría bien darme de comer algunos días o al menos un respiro. Sin embargo miré el dinero, me levanté de la mesa, fui mi habitación, tomé mi jacket de cuero, y al salir invite con un gesto a Rafael a acompañarme, salimos de casa, cerré el candado del portón, ya era de noche.

– ¿Dónde vamos? – pregunté.

– ¡Esa es la actitud! – Exclamó Rafael – pues vamos donde sea.

– Una condición  Rafael – dije, deteniendo su efusividad – No quiero verla.

– ¿A quién?

– A Fabiola.

– Tranquilo, no la buscaremos.

Caminamos varias cuadras, le di el dinero al chico.

– ¡Usted lo administra! – dije, mientras ingresábamos a una licorera.

Nos agenciamos un seis de cervezas y una pacha de whisky, nos sentamos en un callejón, fumamos marihuana nos bebimos las cervezas, y ya un poco dopados seguimos el camino, la noche estaba fría.

Llegamos a un bar donde había música en vivo. Cuando era joven, esos lugares me entretenían. Estaban cargados de excesos, ausencia de moral y mucho Rock and Roll, vómitos en el baño, sobredosis en las esquinas, sexo a la luz de neón, botellas de cervezas quebradas en el suelo, humo de tabaco que había una nube en el techo del bar. Los tiempos han cambiando. Un tal Cobain se deprimió tanto que decidió matarse, la decadencia ocupaba un cambio y se sustituyeron la estridencias de una guitarra eléctrica, por suaves acordes apagados, las drogas fuertes se fueron difuminando, dando con el traste de la buena hierba, las letras empezaron a hablar de redención, todo fue una tendencia, que aunque agradable, a mí se me tornaba aburrida, se cambio el negro por el rojo amarillo y verde, el cambio no estaba mal, pero yo prefería la decadencia.

Rafael tenía el mismo gusto musical, por eso llegamos al bar pero no ingresamos, nos quedamos fuera, bebiendo cervezas que comprábamos en una licorera cercana, mirábamos a las jovencitas, charlábamos sobre cine, arte, lujuria, y futuros proyectos. Parecíamos padre e hijo un día de borrachera. Me dieron ganas de orinar. Ingresé al bar, estaba lleno, el chico que cantaba reggae, me saludo al micrófono diciendo en voz alta mi apellido. Mientras sorteaba a algunas personas y saludaba a otras, una chica en estado de ebriedad se abalanzo sobre mí, estampando un beso accidentado en mis labios, era Fabiola. Después de aquel beso, se abrazo a mi cuerpo y se quedo allí unos cuantos segundos.

– ¿Con quién andas? – sus grandes ojos verdes, estaban desorbitados.

– Ando con Rafael, está afuera – dije.

Sin pensarlo salió a su encuentro. Yo seguí mi camino al baño, pude ver que algunos de los chicos de la noche anterior en una mesa llena de botellas, saludé a algunos con la mano. Luego de orinar, me dirigí a la barra del bar, pedí tres cervezas y me fui a buscar a Rafael pasé las cervezas, Fabiola tomó la cerveza y se fue.

– Que quede claro –Rafael bebía la cerveza – usted fue el que eligió este lugar, yo no sabía que ella estaba aquí.

– ¡Claro que lo sabías! – dije, mientras encendía un cigarrillo.

Rafael sonrió, seguimos bebiendo.

Debó confesar que estaba bastante ansioso, fui a la licorera por otra cuarta de whisky. Invité a Rafael a un trago, luego escondí la cuarta en la jacket.

– ¿Quieres entrar?  – preguntó, Rafael.

Negué con la cabeza, Rafael se burlo de mí, y tomándome del brazo me ingreso a la fuerza. Nos sentamos en la mesa de al lado de donde estaban los chicos, Rafael se distrajo saludando a sus camaradas, noté como Fabiola era abrazaba por unos de los muchachos, sentí un retorcijón en los sentidos y me distraje con la música que tocaba el tipo sobre el escenario. Cuando el cantante terminó la canción me volvió a saludar al micrófono. Luego me invito a subir y cantar, los chicos de la mesa empezaron con aplausos a pedir que tomara el micrófono. Subí al escenario, probé el sonido del micrófono y decidí llenar el lugar con un poco de rock and roll, como en los viejos tiempos. Todo se escuchaba horrible, mi voz no entonaba, la ejecución de la guitarra era torpe, pero los chicos gritaban y Fabiola me guiñaba un ojo, silbaban y para ellos en ese momento yo era una estrella. Pedí una cerveza y un trago de whisky al micrófono, el mesero la llevo hasta el escenario, brindé con ellos y seguí siendo un rock star. Después de varias canciones el chico dueño del espectáculo sugirió que cantase la ultima, el rock and roll se estaba tornando insoportable. Dejé el escenario en medio de cúmulo de aplausos que solo los chicos ofrecían, Rafael me abrazó.

– No sabía de ese talento – dijo, al tiempo que Fabiola despegaba los labios del otro chico y me abrazaba con toda su ebriedad.

– ¡Eres un genio! – dijo, mientras llamaba a otra chica que no estaba la noche anterior.

 

– ¡Eres fenomenal! – dijo la chica mientras acercaba de manera muy peligrosas su rostro a mi cara – esas canciones retumban en todos mis sentidos créame.

– Gracias – dije, mientras la chica se seguía revolcando en ovaciones.

Sin darme cuenta le dejé hablando sola, me dirigí a la barra, pedí una cerveza y me entretuve con la televisión sin afán de hablarle a nadie. Al rato Rafael se acercó me dio el dinero y se marcho con una de las chicas del grupo. Pedí otra cerveza, mientras veía como Fabiola se comía a besos a otro chico. En ese mismo instante supe que mi noche se había terminado, pagué la cuenta, afuera encendí un cigarrillo y camine hasta la licorera. Me alcanzó para un litro de whisky, también me lleve dos paquetes de cigarrillos y camine con las provisiones hasta casa, me senté en el sillón, con la computadora en los regazos, abrí el litro de whisky, serví un trago el cual pensé durante rato en beberme, luego sin pensarlo de golpe lo bebí, luego otro y luego otro, sin poder escribir una mierda.

Encendí la televisión, daban una mala película en algún canal, la intentaba disfrutar, mientras me tomaba otro trago y luego otro y luego la botella entera… sin darme cuenta me quede dormido.

Soñé con que Fabiola se borraba de mi mente.

 

Al otro día desperté con resaca, Fabiola estaba en el rincón de la cama.

 

 

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