El tahúr de las emociones.

 

 

 

 

I

Ella despertó al lado de Oscar que dormía de medio lado en el rincón de la cama. Desnuda, se restregó los ojos y abrazó al tipo y metió la lengua en su oreja. Aquella sensación despertó a Oscar que esquivo el acontecimiento con un brusco movimientos de hombros. Ella acarició su cabello, lo observaba como dormía. Oscar abrió un instante los ojos, y los dejo inertes hacia la pared. Trataba de recordar los últimos sucesos de la noche anterior, luego recordó a la chica de cuerpo exuberante, que comenzó a cortejar con él en el bar, luego supo que de ella eran las caricias que sentía en su cabello y la lengua en su oreja.

– ¿Te gustaría un mañanero? – Preguntó la chica, mientras volvía de nuevo a meter la lengua en su oreja.

Oscar como respuesta se tapó con la cobija hasta la cabeza. La chica desistió y buscó el control remoto de la televisión la encendió y sintonizó un canal de videos donde estaban dando un especial de bachatas. Subió el volumen y se empezó a contonear desnuda sobre la cama como si bailara las canciones que sonaban; era un inútil intento de seducir a aquel dormilón engomado. El movimiento, junto con el insoportable dolor de cabeza con el que Oscar había amanecido lo puso de muy mal humor. Se levantó de la cama y se bebió un antidepresivo con el resto de la cerveza que había quedado en la mesita de noche, luego se volteó y se quedó mirando a aquella chica desnuda, luego recogió la ropa de ella del suelo y se las alcanzó con cortesía.

– Es mejor que te vayas – dijo, con las más tiernas de las voces, mientras resaltaba en sus pensamientos el majestuoso cuerpo que cargaba esa de pelo castaño.

La chica sorprendida se levantó de la cama y empezó a ponerse poco a poco su ropa, mientras que Oscar fumaba, recostado a la ventana y observando como el barrio poco a poco se iba despertando. Saludó a la anciana que iba a comprar pan para el desayuno. Ella salió del departamento con su rostro enfadado, se paró en la calle, miro arriba y abajo sin saber qué rumbo tomar. Luego volteó a ver a Oscar que la miraba desde la ventana, ella le sacó el dedo y se fue caminando a duras penas con sus zapatos de tacón, vestido corto ceñido al cuerpo y una hermosura que cualquier otro tipo hubiera deseado.

A Oscar se le había olvidado su nombre, ella se perdía doblando en la esquina, se sentía utilizada, enojada y con ganas. El viejo del taller mecánico la piropeo de manera vulgar, luego saludo a Oscar que seguía fumando recostado en la ventana. Oscar correspondió el saludo de mala gana y cerró la ventana.

Aquel tipo había sido el héroe de sus amigos la noche anterior. Su grupo de trabajo bebía después de una larga semana laboral. Habían elegido aquel bar por la cantidad de mujeres que llegaban a beber cocteles entre amigas, muy maquilladas, muy perfumadas, perfectamente arregladas. Era como la tercera o cuarta vez que Oscar visitaba ese bar, no le gustaba para nada, el prefería el bar de mala muerte que estaba a la vuelta de la esquina, donde – cuando hay suerte –  llegan visitas femeninas; las cuales son mujeres que superan los 40, ebrias y desarregladas. Esto no quiere decir que a Oscar no le muevan las hormonas esas chicas de vestidos cortos ceñidos al cuerpo y lociones de Coco Chanel, como la que acaba de abandonar su habitación ¡Por supuesto que sí! pero también él sabía que aquellos arrebatos de lujuria iban a morir justo después de su eyaculación. También sabía que sus amigos no se iban a dar cuenta del desenlace de esa mañana, y que cuando en alguna ronda de cervezas después del trabajo iba a asentir o negar con la cabeza, el montón de preguntas que los demás iban a hacer sobre aquella noche de lujuria.

Luego de que la chica se había largado, él fue a la cocina y preparó café, que bebió con un pan de ayer. Luego  de nuevo en su cama, apagaba el televisor y encendía su laptop, sintonizó esa música rara que tanto le gusta y buscó en su página preferida de pornografía; los videos que le encendiera sus libido y como es su costumbre se masturbó, para luego volverse a dormir hasta las dos o tres de la tarde.

 

 

II

Su vida era solitaria, sumergido en un mundo colmado de libros – que eran al fin sus únicas pertenencias de valor – disfrutaba pasar sus ratos libres leyendo, tocando la guitarra o sentado en la barra de un bar pidiendo cervezas; con una extensa melancolía que no lo dejaba en paz en ningún momento de su soledad. Si llegaba un amigo, aceptaba su visita y su personalidad cambiaba, era bueno con los chistes, con las conversaciones profundas y un ácido sarcasmo que lo hacía caracterizar. El problema era, que, como el no buscaba compañía – pero tampoco era tan estricto como para no recibirla – se aburría con mucha facilidad, y sin que nadie se lo esperase, se levantaba, se despedía amablemente, pagaba la cuenta y se iba. Siempre a otro bar. Sus amigos en una noche podrían encontrarlo dos o tres veces, siempre en su posición tradicional, sentado en la barra, con su mano en su sien, leyendo personas y observando a las chicas que beben con sus novios.

Le repugnaba casi todo: la música comercial, Paulo Coelho, la falta de argumentos, la ausencia de sentido común, los piropos que sus amigos decían a las chicas que pasaban, la gente que tira basura por la ventana del auto, los malparidos que se estacionan en lugares preferenciales u obstruyendo alguna rampa. Los que no leen lo atormentaban. Muchas veces se le escuchaba decir; que desconfiaba de las personas que nunca se masturban, o que siempre andaban contentas.

– Estar de malas o triste o melancólico; es parte de una buena salud emocional.

Siempre alguien se le acercaba para un buen consejo; porque a pesar de ser un pésimo escuchante, sabía con mucha certeza atinar en el sentimiento de las personas con solo mirarlas.

Su mayor defecto era no poder disimular esa eterna lujuria que cargaba con su mirada, le gustaba ver a las mujeres de arriba abajo y pormenorizar hasta el más mínimo detalle. Muchas llegaron a expresar que su mirada de pervertido terminaba por asustarlas, pero para nada el tipo era peligroso; por el contrario a la hora de intimar con algunas de las chicas, el respeto era uno de sus atributos más pronunciados y la inseguridad una de sus debilidades. La mayoría de las veces – como en la ocasión donde se inició este relato – si una chica amanecía con él,  podría darse por dos motivos: o ella tenía la iniciativa o su estado de ánimo le permitía saltarse las barreras de su inseguridad, metiéndose cantidades excesivas de whisky con cerveza.

No contaba con estándares de belleza, de hecho se podría decir que le gustaban las raras, las muy raras. Su desenfreno se podía disparar por las más delirantes de las damas, o las más extrañas del bar. Su parte preferida de intimar con ellas era solo el momento de conocerlas y coquetear, aunque siempre aquello terminaba en una decepción pues si la chica no era afín con sus gustos, su ánimo iba decayendo al punto que lo único que le interesaría de ella es llevarla a la cama o largarse del bar sin tan siquiera avisar.

– Es como jugar al póquer – decía – algunas veces tienes que ir con todo, otras tienes que saber blufear y otras simplemente botar.

 

Una vez desistió llevarse a las chicas que no compartiera sus extraños gustos y el pobre duro tres años y un poco más sin conocer que era una relación sexual. Aun así logró tener amigas, que no se sabe cómo, sobrevivían a lo desastroso de su vida emocional y se hacían sus grandes amigas, confidentes y una que otra vez pareja sexual; pero estas últimas lo terminaban dejando, pues después del tiempo encontraban una pareja estable, mientras que a Oscar no se le ocurría la más remota idea de intentar algo.

– Lo que pasa – decía una de sus grandes amigas – es que a ti te caga sentir, y si no vences el miedo, ese círculo nunca se abrirá.

Oscar solo se encogía de hombros y cambiaba de tema mientras su mente seguía siendo un torbellino intelectualidad, precaución e inseguridad.

 

 

III

Un día después de esas rachas sin sexo ni emociones, la peor de las sensaciones lo empezó a molestar. A esa extraña sensación a veces le llaman soledad; aunque no podríamos con certeza afirmarlo, ya que a nuestro chico la soledad era uno de sus lugares más confortables. La sensación en cuestión, era un extraño vacío que se metía en el pecho y no lo dejaba estar tranquilo, era una constante búsqueda de aprobación en las barras de los bares. Pero si llegaba a algún lugar y no había una chica cerca, el terreno se le tornaba tan aburrido que no aguantaba dos o tres rondas hasta el punto que tenía que cambiar de sitio. Siempre aterrizaba en ese bar, de chicas arregladas, muy fuera de su desaliñada personalidad. Aun así lo intentaba, se bebía algunos tragos de whisky, prensado con cerveza y a la primera oportunidad se le podía ver entablando conversación con alguna de esas chicas. No sabía afinar su estrategia, si la chica no llegaba a satisfacer sus estándares estrictos, adoptaba una personalidad tan trasparente y una honestidad tan avasallante que terminaba por espantarlas. Se le venía al suelo la autoestima y el tedio de los bares lo hacían sumergirse en sus libros o en la pornografía de su laptop. O se pasaba semanas enteras en los bares o se encerraba es su habitación a leer y escribir, no existía un punto intermedio.

Justo el día que lo conocí, me senté a su lado en el bar de mala muerte que frecuentaba. Estaba como ya lo he contado con la cabeza recostada en su mano sobre la sien, leyendo personas. Ese día esperaba a una amiga con la que me había citado para unas cervezas cotidianas un día entre semana. Como mi amiga se retrasaba, yo opte por salir y fumar un cigarrillo. Ese chico me llamaba la atención, tanta melancolía en un solo rostro es insoportable. Andrea llegó justo cuando lanzaba la colilla del cigarrillo en la acera y lo pisaba con mi pie, cuando ingresamos al bar yo había elegido el taburete preferido de Andrea, lo que hizo que lo reclamase en el instante, yo solo corrí la cerveza y deje que ella se sentara al lado de Oscar. Creo que fue el aroma de Andrea que acaparó la atención de Oscar, fue en ese momento que noté por primera vez lo depredadora que era aquella mirada. Andrea, como es su costumbre, le sonrío con de las simpatías y pidió una cerveza y un whisky, lanzó dos o tres comentarios al azar, los que provocaron las sonrisas de aquel tipo. Aquella noche Andrea terminó cogiendo en la casa de Oscar, yo con el tiempo me quede con su amistad y nuestra afición en común de escribir y odiar a los poetas. Él y Andrea se frecuentaron durante un tiempo, se parecían bastante, pero como lo dicta la ley, cuando dos egos tan gigantescos chocan y se regalan orgasmos, todo apunta a que aquello va a terminar muy mal y esta vez no fue la excepción. Aquella relación término fatal. Logré hacer este relato gracias a las quejas constantes que me agobiaron durante meses. Eran dos enormes orgullos agobiados, heridos y desarmados. Andrea – lo siento es tan profundo el personaje que tuve que crearlo un poco superficial – se fue de la ciudad y yo me quedé con una compañía melancólica en el bar de mala muerte de la cual disfrutaba bastante. Él llegó a contarme toda su vida y casi todo lo que he expuesto en esta historia.

 

IV

Una noche me senté a su lado, creo que le agradó verme porque sonreía como estúpido, luego noté como estaba totalmente embobado por la cantinera nueva que habían contratado en el bar. Era su estilo, muy joven, casi diría que una niña, trate de desconcentrarlo con ese tipo de comentarios eruditos que tanto le gustan pero fue inútil. Hablaba y hablaba, pero, estaba seguro de que no me estaba poniendo atención, así que también me puse como bobo a ver a la chica. Pues sí, bastante bonita, era perfectamente como las chicas que le gustan, quizás  Andrea con doce años menos. Opte por hablarle de la chica, comentarle que me llamaba la atención su camiseta de los Red Hot Chilli Peppers, su chamarra de cuadros vintage de los noventa y sus converse rojas. El me refutaba los argumentos hablando de su cabello y sus dos coletitas en el cabello, habló de sus caderas y de lo sexys que eran sus senos. Describía a la chica con el máximo cuidado en los pequeños detalles, cuales, confieso tenía que hacer un sobrehumano esfuerzo para notar, por ejemplo el lunar que tenía en el interior de su oreja – hasta ese punto llegaba su percepción sí se concentraba –  No me quedaba más que llamar a la chica para pedir una ronda de cervezas y whisky.

Mi espontaneidad me hizo poder entablar conversación con la chica y caerle bien, con una cantinera, o con una chica sola en la barra del bar es sencillo; simplemente no corteje hasta que ella avise y si no avisa ¡no corteje! esa es la ley.

Luego de ganarme la confianza de la chica – que por cierto Oscar le había llamado California por una serie de televisión – y cada vez que ella tenía un espacio libre en la barra llena de hombres calientes que pedían cervezas, logré que hiciera uno o dos tres de esos comentarios eruditos que sé que encienden a mi amigo, con la mala fortuna que la chica, los realizo con la máxima de elegancias. Aquello impaciento tanto a Oscar que empezaba la danza de su pie que ocurre justo cuando algo lo está emocionando más de la cuenta. En otro descuido de la chiquilla, pregunté por el último libro que se había leído – augurando que no le gustaría leer – y menciono a Albert Camus.

La melancolía se había borrado del rostro de Oscar, por la forma de que ordenó la siguiente ronda y ha como se bebió el whisky, supe, que ya estaba totalmente absorbido por la personalidad de la chica así que le sugerí alejarse de toda esa inseguridad que este tipo de mujeres le da, y se lanzara al vacío. Negó rotundamente con la cabeza, lo que me pareció extraño pues ya después de la tercera ronda lo he visto lanzándose desde los peñascos más empinados sabiendo que se va a descalabrar.

– ¿No entiendo que te detiene? – pregunté.

En ese momento un tipo grandote la llamaba al otro extremo de la barra, le decía algo cerca del oído y le daba un beso en los labios. Pero estaba seguro, que, esa tampoco era razón, este tipo sabía arriesgar su pellejo y hasta sus amistades, si alguien le cortejaba.

– Comprendo – dije – pero de este tipo de chicas lo que más te gusta es conocerlas, leerlas, estudiarlas y luego sorprenderlas devolviendo toda información que ellas no saben que te entregan, dejándote como un gran sensible de esos que están en peligro de extinción. Luego ella te admira, usted termina hablando de literatura y confesando que por la noches escribes,  declamas unos poemas al azar; a pesar de que odias a los poetas y los poemas, pero ellas al fin mueren por tus versos y luego te admiran y te llenan de elogios que odiarías si provinieran de alguien que tiene pene, y te vas con la satisfacción como si te la hubieras cogido y mañana en la tarde me sorprende con uno de esos relatos que tanto te admiro ¿Me equivoco?

– Para nada, todo eso es cierto.

– ¿Entonces?

Ordeno otra ronda de cervezas y whisky, la melancolía volvió a abordar su rostro, me miró a los ojos. Bebió del whisky y tomo un fuerte trago de cerveza.

– Andrés – dijo – estoy tan cansado de tener miedo a sentir, que ya no lo puedo ni intentar. Sentir me duele ¿Sabes? La cama vacía duele, las noches con insomnio duelen, el pasado duele. Las calles vacían de madrugada cargan con el fuego que se mete en mi pecho y arde tanto como la ilusión. Ese miedo a veces quiere salir, pero soy estricto y no lo dejo, lo aprisiono en mi pecho y le hago una celda con whisky y cerveza – justo en ese momento pedía otra cerveza – no puedo permitir que nadie huela ese miedo, el mundo afuera es un perro gigantesco que me quiere morder. Ese miedo aprendió a beber, le enseñe a fumar, ama el whisky más que nosotros. Se alimenta de esas mujeres que expulso de mi cama por las mañanas, se lo estrego a los cantineros con pene que me sirven, se lo escupo a los poetas malnacidos de esta ciudad. Lo lanzó fuera de mí con violencia; con argumentos etílicos, con peleas, con rebeldía, excreto el miedo tan disfrazado que nadie sabe que es miedo lo que estoy lanzándole encima. Miedo que se disfraza de semen, de cuentos, de libros, de pasos, de ansiedad, de clonazepam, de antidepresivos. Es el más puto de los miedos, nunca podría darle el chance de que se manifieste, eso me podría meter en tantos problemas. Justo ahora ese miedo te lo estoy poniendo sobre la barra, ¿puedes verlo? Está en forma de whisky y ella, en forma de emoción y guerra, de apuesta y derrota o hasta de victoria si quieres tomarlo así. Pero, miedo al fin. La observa a ella, se emociona, se erecta, y puede hasta alcanzar el éxtasis en su mente, pero está ahí encerrado en mi pecho. Luego me lo llevare a casa, y lo recostare sobre el lado vacío de la cama, ahí nos quedamos dormidos. Lo se Andrés, si se diera la oportunidad, podría,  soy bueno en muchas cosas, pero esta bestia no le he podido dominar. Con las chicas que amanecen en mi casa, pasa, pero con ellas no temo, fue una apuesta fácil, yo no tenía nada que perder, con ellas el miedo come y nada más ¿Logras entenderme?

Ese malnacido ordeno otra ronda de Whisky y cervezas y justo cuando me bebí mi trago de whisky supe que en ese momento aquel miedo que Oscar me había descrito lo había sentido en mi pecho, abrigué el fuego tan vivo y doloroso como el me lo había contado.

Miré a California y sentí miedo.

Pagamos la cuenta y nos marchamos del bar. Antes de que cerrara la puerta del taxi que lo llevaría a casa pregunté:

– ¿Cómo lo descubriste?

– Dos veces en mi vida – dijo – me he enfrentado a esa mano, jugué bien mis cartas, aposté cuando tenía que apostar, reviré cuando tenía que hacerlo, mentí como se tenía que mentir… pude haber ganado y perdí. Dos veces he apostado el alma y las dos veces la he perdido.

– Lo mejor de la derrota es la revancha – dije.

Una sonrisa se escapó de sus labios.

– Andrés – dijo con ironía – Usted no sabe lo que es apostar.

Me fui para el bar. Observe a California y sentí en la piel todo lo que Oscar me había contado, me dieron ganas de apostar.

« Cuando vuelva al casino a jugar póker, no volveré a confiar en mi par de ases » pensé.

¡Maldito genio bastardo!

Pedí un whisky y una cerveza, mire a California a los ojos.

– ¿Puedo declamarte un poema? – pregunté y antes de que dijese que sí, la tome de la muñeca y declame ese poema, que tantas veces le he escuchado declamar a Oscar.

– ¡En serio eso es tuyo! – Dijo ella con la mirada perdida y bastante excitada, se acercó a mi oreja y confesó que le había mojado.

Durante el resto de la madrugada conversamos. Aposté, reviré, mentí. Ella sonreía, hablaba de los cuentos de Oscar como si fuesen míos, intente pagar la cuenta.

– ¡No te vas a ir sin mí! – Dijo ella, mientras se acercaba a mi oreja y me metía la lengua – salgo a las tres.

– ¡Salud!

Levanté mi copa y brinde por ese hijueputa, que no se ha dado cuenta que es todo un tahúr de las emociones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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