Vamos por un libro… yo invito

Vamos por un libro… yo invito
Catalina llevaba varias noches con insomnio. Miraba el cielorraso y se debatía entre recuerdos y melancolía. Es lo malo de las cabezas libres, aparentan fuerza y son débiles como el cristal. Ella mitiga el insomnio negando sus lágrimas, justo a esa hora, mi sed pedía cervezas en el último bar abierto. Sentía como la soledad se disfraza de tantas cosas como: de noche, de amigos, de alcohol y cuentas por pagar. La neblina visita la ciudad, que yace silenciosa. Yo fumaba un cigarrillo mirando por la ventana como el cielo empezaba a clarear, me tomé una dosis de clonazepam y obligue a este cuerpo ingrato descansar. Ella, secó sus lágrimas secretas y se dejó caer por el cansancio de una mente que no se detenía entre sus miedos.
Durante el desayuno, le escribí un mal chiste a su celular y respondió con una carita sonriente. Mi café estaba tibio y la soledad tarareaba una canción que no quería escribir. Su mañana eran ojeras y otro encierro diferente; un corazón en mensaje de texto, un vacío entre sus manos cansadas, la hora de entrar en la cocina donde sobrevivía. Mientras se peinaba, releyó por encima lo que había escrito la madrugada anterior, luego respondió otro mensaje de texto con forma de corazón. Envié otro mensaje solitario, que lanzaba un alarido desesperado; de una tarde que empezaba a llover. La gente odia los lunes; las cabezas libres odiamos los días vacíos, sean martes o sábados. Mientras el café terminaba de enfriarse escribí:
« ¿Esta semana cuando tienes libre? »
« Supuestamente mañana. » respondió un minuto después.
« ¿Quieres ir por un libro? Yo invito. »
Su rostro se ilumino, lo supe a la hora de leer las siguientes respuestas. Justó en ese momento un rayo se dejó ver por el ventanal y el cielo se desarmo en un trueno que viajo por toda la ciudad. Luego nos pusimos de acuerdo donde vernos al otro día. Serví otra taza de café que no bebí pues durante la tarde le robé una siesta al aguacero.

Nos citamos en la última parada de autobús, yo tiraba la colilla de un cigarro en el caño, mientras ella buscaba algo entre su colección de llaveros. Nos saludamos y caminamos algunas cuadras. Nos actualizamos con los acontecimientos cotidianos, ella no preguntaba por el trayecto, solo seguía mis pasos, con unos zapatos que poco a poco empezaban a cansarle los pies. Su rostro se notaba cansado; aunque sus anteojos disimulaban bien las ojeras.
– ¿Una mala noche? – pregunté, mientras cruzábamos la calle, y la tomaba del brazo para que no la atropellara un automóvil que aceleraba, cuando el semáforo de la esquina cambiaba a verde.
– Malos sueños – dijo, mientras su miraba de distraía con un bar abierto a la una de la tarde.
– Nunca visites ese gallinero – dije señalando el bar que ya tenía a varios clientes con sus cervezas en la barra – es el más problemático de la ciudad – doblamos la esquina de Carretas – en cambio ese si es mi bar favorito – imponente se miraba el Sol Naciente aun sin abrir.
Caminamos algunas cuadras, hablamos de religión, muerte, ideales, y creencias. La compra y venta de libros estaba abierta, las dependientas miraban un partido de futbol, nos dimos a la tarea de observar libros, cada quien en su espacio, cada quien en su silencio. Para los amantes de los libros el ritual de visitar una buena librería consiste en observar minuciosamente, tomar un libro abrirlo al azar y leer con cuidado. No tarda mucho tiempo para cuando en medio de todo aquel mar de literatura existan tres o cuatro títulos que acaparen nuestra atención, pero a la hora elegir los que vamos a comprar es todo una obra de arte; hay que tener en cuenta: dinero, estado de ánimo y gusto como lector. Por eso mientras todo el largo rato que pasamos en ese lugar, era un íntimo espacio de manos traviesas y papeles que desean ser leídos.
Nos llamó la atención unos volúmenes de matemáticas e historia universal que la editorial fechaba con años desde 1935 a 1949, las tapas de tela estaban roídas y bastante cansadas. Tomé uno al azar lo abrí y zambullí mi nariz entre las páginas.
– ¡Este olor a moho es exquisito! – Dije mientras aspiraba las páginas – nunca leería un libro de estos, pero los tendría en mi biblioteca solo para estarlos oliendo.
– ¡Pensé que solo yo hacía eso con los libros! – Dijo Catalina mientras hacía lo mismo con otro antiguo libro de Algebra Elemental fechado en el año 1948 – ¡Es un olor embriagador!
Su rostro poco a poco dejaba de estar cansado, las ojeras de sus ojos empezaban a desaparecer, el cristal de sus lentes brillaban por la luz del sol que se dejaba aparecer ahuyentando cualquier vestigio de lluvia. Nos volvimos a dar el espacio de mirar estanterías, abrir libros y ojearlos y dejarnos seducir por las palabras en el papel. La espiaba como repetía el ritual de olerlos una y otra vez, sonreía y tomaba otro libro para leer una página al azar, luego lo olía y lo devolvía a su lugar.
Salí por un momento de la tienda, fui a un supermercado y compre dos coca colas, las dependientas de la tienda hacían café y el olor antojó mi cerebro de cafeína, y al tener vergüenza para pedirles que me vendieran café, solucione el problema con una coca cola, aproveche y me fume un cigarrillo a la orilla de la calle que era transitada por universitarios cansados de espera. Anotaban un gol en el partido que veían las dependientas, reíamos, y conté algunos malos chistes que arrancaba sonrisas a Catalina, la cual su estado de ánimo poco a poco se fue recargando.
Tuve cuatro títulos candidatos para seguir engordando mi lista de espera de lecturas noctambulas. Cuando decido ponerle un poco de sobriedad a mi acelerado estilo de vida, mis madrugadas se transforman en maratónicas sesiones de lecturas. Con mucho cuidado, de los cuatro títulos me dejé dos: uno de Santiago Roncagliolo y otro de Antonio Muñoz Molina, luego me acerqué a Catalina que se debatía entre Dickens y Khalil Gibran, recomendé «Alas Rotas» tomé el libro y me fui a pagar. Ella decidió comprarse el de Dickens. Cuando salimos de la compra y venta le entregué el libro de Gibran; tal como lo había prometido, la iba a invitar a un libro y lo tomó de golpe.
Caminamos de nuevo hacia el centro de la ciudad, pasamos a mirar guitarras. Dejé que buceara por la tienda de instrumentos musicales, mientras sentado en un banco afinaba una Palmer y rasgueaba ritmos al azar. Ya en su rostro no se le notaba las escasas tres horas de sueño, era una moneda que giraba en el aire jugando al azar con el destino. Cuando salimos de la tienda sugerí ir por un café, aunque mi alma alcohólica quería una cerveza. Nos sentamos en mi cafetería preferida, mientras nos atendían, la conversación se convirtió en una íntima confesión de secretos familiares y modos de pensar. Me impresionaba el parentesco que Catalina tenia conmigo, éramos dos almas aterradas por el sentimiento, en épocas diferentes. Nos sirvieron dos vasos de agua, yo ordene un café frio con naranja y ella uno especial de la casa.
– ¿Qué te atormenta, que es lo que te roba el sueño? – pregunté rompiendo el hielo y preparándome para leer todo su lenguaje corporal, y luego atinar con lo que oculta todo ese idioma silencioso que los seres humanos cargamos y todos cometen el pecado de ignorar.
¡Si supieran como me gusta hacerlo!
Aparte de leer libros, me encanta leer personas. Me gusta esos libros humanos: el brillo de sus ojos, el dilatar de las pupilas cuando conectan frases transcendentales. Me gusta observar personas, mirar su nariz, orejas, labios, pestañas, cejas, sonrisas, dientes, lengua, muelas. Todo lo que se puede descubrir de una persona con sus gestos, movimientos, forma de expresar las palabras. Esa es una de mis aficiones favoritas y debo confesar que me gusta hacerlo solo con las mujeres, ellas son películas perfectamente dirigidas por el arte de la sensibilidad, el juego de sus facciones y la luz.
No tarde mucho tiempo en percibir su temor. En adivinar que era aquello que le robaba el sueño, cuál era el causante de su miedo. Aunque lo había descubierto no lo quise manifestar, solo dejé que su alma se siguiese abriendo historia tras historia que iban hilvanando un libro interesante de escuchar. Era un ritmo melodioso, sinfónico, una cadencia de armonías dulces para los oídos de este que a veces se atesta de soledad. Lo sé, soy un escritor al otro lado de la ciudad, mal consejero y pésima influencia, que le gusta estar lejos de las personas; pero con la virtud de dejarme zambullir en los ojos que se podrían comerse al mundo si quisieran.
Ella sugirió pagar la cuenta, me negué rotundamente, alegando que la próxima cuarta semana ella pagaría el libro y las cervezas si fuese necesario. Caminamos otra vez sin rumbo, la ciudad, sus pies le dolían pero no quería dejar de caminar. Solo quería que siguiera dejando fluir su alma de todas esas cosas que durante las madrugadas pensaba y no podía decir; o si las decía, no había topado con alguien que la entendieran.
Luego de caminar cuadras al azar nos sentamos en quiosco del parque. En la palma de mi mano dibuje el concepto de la mente según Freud, esa vaina del, inconsciente, pre-consiente y consciente; el ello, yo y súper yo. Dije que presentía que sus pesadillas no eran más que un cumulo de temores acallados en un amplio océano de desconfianza y no me medí al expresar que  ella, enamorada, era un completo desperdicio. Las personas como ella, nacieron para ser libres y comerse el mundo entero; bocado a bocado, centímetro a centímetro. Pero que si ya se había metido en la gresca de los sentimientos, tenía que darle duro hasta dejarse matar. Luego como en todos los casos, solo queda ponerse de pie, sacudirse las ropas y ponerse a caminar. Nuestra responsabilidad es dejar: vivido, sucio y gastado este cortó viaje.
De nuevo la invite a caminar, era consciente del dolor de sus pies, visitamos un museo, nos dejamos llevar por el juego de los matices del color y la luz y la sombra de una exposición de pinturas, luego visitamos una sala donde habían animales gigantescos que habían habitado San Ramón hace 10 000 años y terminamos viendo santos hechos en el siglo XIX, los cuales eran aterradores.
La tarde se estaba acabando, seguimos caminando al azar por la ciudad, ella cargaba con los libros que había comprado.
– No estás en la obligación de salvar a nadie – dije, dando a entender que desde hace rato había leído su temor mientras bebíamos café – nadie está en la obligación de salvar a nadie, no somos héroes, nuestra única obligación es salvarnos a nosotros mismos, aunque defiendo la teoría de que también, tenemos la obligación de matarnos un poco por nuestra pasión, para sentir el aroma fresco del viento estrellándose con nuestros rostros. Tenemos la obligación de ser irresponsables, locos y temerarios. Tenemos derecho a estar contentos, al igual, tenemos derecho a ponernos tristes y preocuparnos. Tenemos que desconfiar de las personas que siempre están contentas, algo malo habita en sus almas, no poder dormir; es parte de nuestra salud emocional, dudar de nuestros sentimientos es algo normal, asustarnos o cagarnos de risa por todas las maquinaciones que nuestra cabeza se atreve a inventar, es válido. No querer ser parte de la vida que no nos corresponde es nuestro puto derecho – sonreí mientras la miraba a los ojos.
Cuando termine de darle mi mal consejo, ella dejo abrazar de mi pecho, yo la tome del hombro y la aprisione, tenía mucho tiempo de no sentir a alguien que dijera en sus adentros «Hasta que por fin alguien entiende»
La tarde se acababa, yo tenía que trabajar, y ella tenía que tomar su autobús. Nos despedimos, prometiendo volver a sentarnos a conversar ya sea en una compra y venta de libros, una cafetería, un bar o el parque del pueblo. Ella se fue con sueño y ganas de dormir. Yo me perdí entre las calle de la ciudad sintiéndome menos solo, todavía quedan en lugares poco comunes, personas con el alma y la cabeza parecidas a las mías, aunque a veces las coincidencias tiendan a ser sarcásticas y acidas.
Son las 5 de la mañana. Ella está durmiendo y yo estoy terminando este relato, que le quiero obsequiar para su cumpleaños.
Para Katherin… Feliz Cumpleaños.

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