Bola Negra

 

 

 

La distracción me hizo chapotear en un charco que había en la acera. Atardecía, las nubes anaranjadas del oeste preveía una buena noche. Por el este la luna se asomaba grande y luminosa. Dentro de unas horas, se tiñería de rojo; iba a ocurrir el último eclipse del año. Mi alma se sentía estrujada, una sensación de vacío y aburrimiento.

Luna llena, luna de sangre, luna de miel, creciente, menguante, nueva. Siempre es la misma luna. A mí en lo particular solo me gusta mirarla. Sonrío cada vez que lo hago.

En el bar los clientes íbamos llegando. La mesa de pool estaba ocupada al igual que mi esquina de la barra. Decidí sentarme en la mesa al pie de la ventana, donde por encima de un edificio se podía ver la luna y su eclipse. Ordené una cerveza y un trago de whisky. Luego de beberme el whisky  sentí como siempre el primer trago arder en la garganta, bebí un trago de cerveza y el aburrimiento se fue difuminando.

Roberto ingresó, su rostro era una total decepción. Estaba como hace varios días: cabizbajo, retraído, hostil y malhumorado. Se pidió una cerveza y se sentó en la mesa de al lado. Su mirada estaba posada en la pared del frente, le importaba poco la luna, le valía mierda la vida. Se le escuchaba refunfuñar, se le ha notado hablar solo, la cordura se le iba perdiendo.

Hace dos años, estaba a punto de ser recibido como sacerdote. Pero los ojos de aquel; quien era su compañero de cuarto, lo sedujeron más que el voto de castidad. Renunció a su vocación, volvió a la ciudad y se dejó llevar por los placeres de la vida: sexo, hombres, alcohol, deseo y lujuria. Algunas noches se quemaba las manos con la plantilla de gas, pero su pareja lo consolaba con un masaje en la espalda. Algunos de sus valores se mantenían intactos, como: el amor al prójimo, la solidaridad, la tolerancia. Algunos tipos en el bar, lo buscábamos como consejero en la barra del Oriente. Sin embargo, desde unos meses atrás su vida y su tranquilidad se había visto alterada, cuando descubrió a su pareja en medio de trió. El odio se apoderó de su paz, visitaba el bar, pero ya no era un casi sacerdote sonriente como lo conocíamos, sino, el chico blasfemo que hablaba solo, pedía cervezas y algunas vez lo descubríamos llorando.

– Andrés  – dijo desde su mesa – ¿Sabes porque a los sacerdotes nos obligan hacer votos de castidad?

Me encogí de hombros.

– ¡Pues porque el sexo lo corrompe todo! –  dio un puñetazo a la mesa.

– Pero vaya que se disfruta – dije –  el problema Roberto es cuando cometemos el error mezclarlo con el sentimiento

Sonrió como si el odio se hubiera esfumado unos segundos.

– Eres un buen tipo Andrés – dio un trago a su cerveza – siempre es bueno hablar contigo. El Nostalgias de toda la vida, tan temeroso, tan esquivo, tan sediento. Tienes razón, el sexo no es tan malo, pero en el seminario nos enseñan amor, amor por todas partes, como no sentir amor por aquellos ojos, aquel pecho tan lampiño, aquella piel tan tersa. Las llamas del infierno me calcinaban cada vez que en mi mente rondaba la idea de pasarme a su cama y llevarlo a pasear al pecado conmigo. Decidí salirme, pensaba que podía realizar mi vida y mira, aquí solo lleno de cerveza, lleno de odio y ganas de muerte.

Se levanto de la mesa, se dirigió a la barra, ordenó la cuenta, mientras la mesera servía una cerveza y un trago de Whisky.

– Te lo envía Roberto – dijo.

Agradecí con un gesto, Roberto volvió a sonreír y se acercó a la mesa.

– Si no fuera, porque eres tan esquivo, intentaría seducirte – dijo, acercándose a la mesa.

Me levante para abrazarlo.

– Solo es cuestión de encontrarse – dije a su oído – no todo es una mierda, a veces la soledad es buena consejera, mientras tanto mastúrbate recordando al compañero de cuarto, ese pecado es perdonable ¡Creo yo!

Roberto sonrió y se fue del bar. Una lágrima escurría por su mejilla. Mientras cruzaba la calle levantó la mirada, vio la luna que empezaba a perder un pedacito de su luminosidad, frunzo el seño y le hizo un gesto con el dedo.

 

 

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En la mesa del frente, José dibujaba a una señora ebria que no se quedaba quieta. A él le importaba poco, cada vez que  quería delinear una sombra de la ceja, tocaba de manera lasciva el pecho de aquella señora. La vieja refunfuñaba el toqueteo, pero, José explicaba que era parte del proceso.

Un genio, dibujante, vagabundo, alegre y dicharachero. Se ganaba las cervezas ofreciendo retratos a: los forasteros, grupos de amigos, novios. Cobraba cervezas, la tarifa variaba de cliente a cliente, a veces era todas las cervezas que bebía mientras hacia el retrato, a veces se ponía más exigente y cobraba un litro de guaro, una cena, el saldo de una cuenta vieja. Eso si nunca recibía dinero por su trabajo.

Era común verlo sonriente, alegre y contando malos chistes mientras dibujaba. Relataba historias que hacían cagarte de risa. Siempre era el último en marcharse, la cantinera lo dejaba quedarse mientras hacía caja, era el único con aquel privilegio.

Recuerdo aquella noche, que en medio de una borrachera me quede dormido en la barra. Cuando desperté, el bar estaba cerrado y José al lado mío, tenía su mirada sobre mí.

– Buenas madrugadas – dijo, no estaba sonriendo.

– ¿Hace cuanto me dormí?

– Unas dos o tres horas – sacaba un dibujo de su carpeta – te lo hice mientras dormía – dijo.

Era un retrato mío, acostado en la barra del bar con el cabello desperdigado por toda barra. Tuvo la delicadeza de dibujar más botellas de las que realmente había bebido. Miré el dibujo un largo rato. La cantinera dejó de hacer caja y me ofreció una cerveza, asentí con la cabeza. Saqué la billetera para pagar la cerveza.

– Deja, esa te la invito yo – decía José mientras bebía un trago de whisky.

– ¿Cuánto te debo por el dibujo?

– No es un trabajo, es un obsequio.

– Dale, dime cuanto te debo – insistí, mientras sacaba de nuevo mi billetera.

– No recibo dinero por mi arte.

– ¿Te dejo unas cervezas pagas para mañana?

– Si quieres pagar por el retrato, llévame a comer.

Aquella noche salimos del bar, nos fuimos a la soda 24 horas. Confesó que su vida no es tan alegre como parece. Hace mucho tiempo se había casado y se dedicaba a pintar cuadros, hacer exposiciones y viajar. Un cáncer de estomago se había llevado a su mujer, apenas tenía 26. Dejó todo abandonado en su ciudad, se puso vagabundear por el país. Dejo de pintar, se comenzó a ganar la vida, haciendo retratos en los bares. Cuando llegó a Volver, la vida bohemia de la ciudad lo hizo quedarse.

– Aquellos ebrios no tienen memoria – decía mientras se atiburraba de gallo pinto – a veces en una semana he hecho el mismo retrato cuatro veces e igual me lo siguen pagando.

Hoy lo veo y me sonríe, sabe que espera que lo invite a comer. Lo hago con regularidad. Como no puedo quedarme con él mientras cierran caja, salgo del bar lo espero en el parque, si aparece comemos juntos. Termina la pintura, pide al señor que esta con la “modelo”, que le deje paga cuatro cervezas, luego me envía una. Se sienta al lado y me cuenta la tradición de renegar el hecho de haber nacido. Sus manos llenas de grafito toman la botella de cerveza y se bebe un trago, me observa, cuenta un chiste y se marcha a buscar otro cliente para un retrato.

 

 

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La mesa de pool se estaba desocupando, los chicos universitarios se cansaron de jugar. En ese preciso momento ingresa Paty Nixxx, la que realmente se llama Patricia Montero, pero, por su porte de actriz porno, los clientes la bautizamos Paty Nixxx. El Nixxx era por la actriz pornográfica que inspiraba las pajas de la camada. Pequeña, delgada y exuberante, su pelo rojizo y sus pechos, cortan la respiración de los presente del Oriental. Siempre viste con esas camisetas rotas y sus pantalones a la cadera que dejan al descubierto esos dos  hoyuelos en su espalda. Llega siempre a la misma hora. Pide una cerveza y se dirige al fondo del bar, coge la llave del casillero de uno de los cantineros y saca de ahí a “Falito” su taco de pool.

Arma la mesa, y abre con un fuerte golpe, empieza a jugar sola. Los presentes solo tratamos de no perder detalles de sus senos, cada vez que se agacha a calcular echar una pelota en la tronera, ella sabe que la miramos con morbo, le encanta.

José saca su blog y la empieza a dibujar.

Me levanto de la mesa, paso por la barra, ordeno dos cervezas y un whisky. Le pongo una cerveza a José que sigue en la tarea de seguir dibujando a Paty. Me quedó recostado en uno de los postes cerca de la mesa de pool. Paty me observa, entrona fuerte la bola siete, le impuso a la bola blanca un efecto y jala la blanca más de media mesa. Sonríe su hazaña y se acerca.

– Nostalgias ¿Una mesita como en los viejos tiempos?

– No Paty – digo,  mientras me bebo el whisky – ya esa vida no es lo mía.

– No seas cobarde – dice mientras se pone el taco en la barbilla y me regala otra sonrisa – solo una mesita por amor.

– No de verdad Paty, es difícil para un apostador jugar por amor, y el ser apostador es una adicción de la que me quiero regenerar, creo que lo puedes entender, pero si apostamos un polvito podemos negociar.

Voltea, coge con la mano la bola blanca, la coloca al frente y se agacha, estira todo su culo para que yo lo aprecie, luego con malicia vuelve a verme, mientras le da fuerte a la bola blanca y entrona la negra en la esquina. No puedo hacer más que sonreír a su provocación.

– Te sentirías mal si me dejo ganar – dice y se mete al baño a inhalar cocaína.

Paty puede que sea la mejor jugadora, no solo de la ciudad, sino de toda la región. Durante el día se gana la vida en una oficina contable, de noche su pasión es el billar y apostar, pero ya en la ciudad quedan muy pocos virtuosos que puedan hacer equilibrada la contienda. José termina el retrato, lo firma y lo mete dentro de la carpeta, se levanta de la mesa y busca a quien retratar por cervezas. Noté en la barra un par de taburetes vacios y me dirijo a uno de ellos.    La cantinera recoge los vasos vacios y me limpia la barra. José se acaba de agenciar un retrato, puede que por ese reciba unas 8 cervezas. Me entretengo con la televisión, acabó la cerveza, encargo otro whisky y otra cerveza.

Paty se sienta a mi lado.

– Nostalgias, siempre tan esquivo – pide una cerveza y dos tragos de whisky, deja uno al lado de mi cerveza – cuida mi campo, voy a darme un pase al baño.

Cuando regresa, trae residuos de cocaína en la nariz, coge una servilleta y se limpia.

– Pues parece que hoy nadie quiere jugar con la Nixxx – dice mientras se sienta a mi lado.

Veo su escote e imagino esos senos bañados con mi semen.

Paty es tan bella, pero da tanto miedo. El simple hecho de tenerla al lado es intimidante. Es gigantesca aunque su estatura no llega al 1, 56. Nos quedamos en silencio mirando el televisor. Ella se siente cómoda a mi lado, yo me siento pequeño a su lado. Yo quiero con ella, yo merezco con ella, pero para lograrlo tendría que ganarle al pool y sé que eso es imposible.

Un tipo ingresa al bar, nadie lo conoce, nadie nunca lo había visto por la ciudad. Echa un vistazo, se dirige a la barra justo a mi lado, ordena una cerveza, pregunta por la mesa de billar. Se dirige a ella, arma, coge un taco al azar y abre con tanta fuerza que el sonido de las bolas retumba por todo el bar. Paty sonríe con malicia, me guiña un ojo y  da un beso en mis labios. Se dirige a la mesa de pool, moviendo sus caderas.

Coge a “Falito” se lo pone de nuevo en la barbilla, observa al forastero que la mira a los ojos.

– ¿De cuánto? – pregunta el tipo.

– Empecemos amigables – saca de su escote 20 000 colones y los mete en la tronera de la zona, el tipo saca unos billetes junta los 20 000 y los deposita con los otros.

Me levanto de la barra y me presto a presenciar como otro estúpido pierde dinero en manos de la Nixxx.

 

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Aquel tipo había caminado durante varias horas desde un pueblo lejano. Huía de una mala acción que le había hecho al distribuidor de cocaína. Estaba cansado del constante huir. Llegó al Oriental, le pareció un buen lugar para morir; y que mejor hacerlo que jugando al billar. Mientras jugaba con Paty, no dejaba de pensar en su destino, en su pasado, en toda su vida, sabía que lo iban a encontrar. Su rostro se veía cansado, no llegaba a los 30 años, flaco y cansado. Jugaba bien, aunque perdió las dos primeras mesas con la Nixxx.

Mientras armaban la tercera mesa el chico dijo:

– ¿Me das chance de recuperarme en esta?

Paty se quedo pensando un rato, luego dijo:

– Vas perdiendo 40 000 – echaba tiza a su taco – vamos 80 000 así si pierdes, pierdes y si ganas, te doblas.

Aquel tipo saco de su bolsa trasera un fajo bastante grueso de billetes de alta denominación.

– Juega – dijo, mientras depositaba los 80 en la tronera.

Paty saco de su escote 40 y los junto con los 40 que ya había ganado, los metió en la tronera. Muchos curiosos se apostaron alrededor de la mesa. José seguía ganándose las ocho cervezas con el retrato, pero estaba atento al movimiento que se formaba alrededor de la mesa de pool. Antes de abrir la mesa, Paty pidió permiso para ir a inhalar.

Cuando regreso ya no le importaba que se notaran los residuos de cocaína en su nariz.

Paty abrió, se entronaron dos bolas menores, luego acomodó un poco la zona. El chico entronó dos bolas altas, acomodo la zona. Paty moqueó el amargo de la cocaína y se preparo para entronar la siete y cazar la zona. En ese momento un auto aparcaba afuera del bar. De ellos descendían dos tipos, uno pidió dos bebidas en la barra, mientras el otro se dirigió al fondo, donde los chicos jugaban. El tipo gordo y grande se paró al lado mío. Al rato el otro se acercó, dio una bebida al gordo, empezaron a ver el transcurso de la  mesa. El tipo que jugaba con la Paty, clavo la mirada en los chicos y se le dibujo la muerte en su rostro.

A Paty solo le faltaba entronerar la seis y la negra. Metió la seis en la zona, pero el intento no dio para cazar la negra. Se defendió sola. Trato de hacer un tiro sucio pero no salió. El chico tenía tres bolas afuera, pero acomodadas de forma que podía ganar la mesa. Los tipos que estaban al lado se miraron y sonrieron.

– ¿De cuánto van? – preguntó el chico pequeño.

– 80 000 – dije – es un doble o nada.

Los tipos se volvieron a mirar y de nuevo la sonrisa, el gordo daba un fuerte trago a su whisky con agua. Vi acomodarse un revolver entre el pantalón. El tipo que jugaba con Paty entronó las tres bolas sin ningún problema, cantó la negra en la esquina y miró al gordo, su frente sudaba y sus manos temblaban. Entronó la bola justo en la esquina. Paty hizo una rabieta, el tipo no mostro sentimiento alguno, solo se dirigió en rumbo a la tronera donde estaban los 160 000, en ese momento el gordo miró al pequeño. Este rompió la botella que bebía contra el poste metálico donde me recostaba, capeé los vidrios mientras veía que el pequeño se dirigía con la botella quebrada y cortaba la cara del tipo que había ganado la mesa, este en el intento de esquivar el ataque rodó por el suelo. Los del bar se apuñaron donde la gresca había iniciado, Paty quedó inmóvil en la esquina de la sala, sin darse cuenta todo era un desorden de empujones y gritos. Me repuse de la impresión de ver los vidrios volar ante mis ojos, me abalance entre el tumulto de gente y cogí los 160 000 de la tronera. Esquivando golpes salí del medio de la gresca. Cogí a Paty del brazo y la lleve afuera. José salió escondiendo el ultimo dibujo incompleto entre la carpeta. En la puerta, los tres nos quedamos mirando la trifulca que se había armando en el bar. El gordo sacó el revólver y disparo en dos ocasiones en el pecho del chico que había ganado la mesa. Todos corrían, las mujeres gritaba y una se desmayo. La cantinera llamaba a la policía mientras otros clientes salían del bar y gritaban por ayuda. Calle arriba una patrulla se acercaba. Con un gesto invité a Paty y a José alejarnos de aquel lugar, cruzábamos la calle mientras la patrulla estacionaba y se bajaban cinco policías.

Llegamos al parque, nos sentamos en una media luna. José sacaba una hoja en blanco de su bloc y empezaba a dibujar a una pareja de hombres que se besaban en la media luna del frente. Era Roberto y su ex pareja, yo encendí un cigarrillo, mientras Paty se metía un pasé de cocaína. Saqué de la bolsa de mi camisa los 180 000, extendí el rollo de billetes a la Paty que solo alcanzó a sonreír.

– No es mi dinero – dijo, mientras volvía a inhalar – perdí esa mesa por cobarde, como no voy a cazar esa negra, puse las nalgas.

Luego de un rato, Paty tomó el dinero, cogió 80 000 los metió entre su escote, luego el resto del dinero lo dividió en 40 y 40. Dio 40 000  a mí, luego extendió 40 000 y se los ofreció a José. Este sacó de su carpeta de sus dibujos un retrato de Paty jugando desnuda. Paty sonrió beso en la mejilla al dibujante, luego nos quedamos los tres esperando el amanecer sin hablar. Al otro día los noticiarios, no hablaron de la gresca que dejó dos muertos en El Oriental, así pasa en esta ciudad. El bar al otro día abrió con normalidad.

 

 

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Volví al bar, aun habían manchas de sangre en el fondo donde está la mesa de billar. Roberto según parece había vuelto con su pareja. José los dibujaba. Sentado en la barra me distraía con la televisión, cuando Paty se sentó a mi lado. Pidió una cerveza y me beso en la mejilla. Volteó a ver la mesa de billar.

– Nostalgias, jugamos una mesita.

– No – dije – sabes que estoy retirado.

– 50 sobre 25 – dijo sonriente, bebía un trago de su cerveza – o bien si me ganas dejó que esta noche cojamos.

La miré a los ojos.

– Yo armo – dije mientras me levantaba de la barra y me dirigía a la mesa de pool.

Ella me siguió, arme la mesa.

– Te voy a dejar abrir – dijo mientras se metía al baño a meterse un pase de cocaína.

Cuando volvió aun acomodaba las bolas. Me dirigí a abrir, en ese momento José se acomodaba para dibujarnos.

Mientras me agachaba para abrir, la lujuria se dibujaba en mi rostro. Le di muy fuerte a la blanca, no entrone una mierda.

José nos dibujaba cogiendo sobre la mesa.

 

 

 
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