Discoteca

Aquella noche, todo era una mierda. No quería ir a mi bar preferido, no quería mi soledad, no quería ser un lector con pereza, no quería insomnio.  Solo ambicionaba masturbarme y beber. Ganaron las ganas de beber. Así que visite, la discoteca. Lugar donde muchos, la mayoría sin cerebro, se reúnen a suicidar el tedio de una vida vacía. En aquel lugar, las escaleras te conducen a una especie de infierno. Podrás ver: vestidos que quisieras quitar, lencería que adivinas con  las luces de neón, borracheras para sodomizar.

Me entretuve con ciertas jóvenes que delataban ansiedad, me pedí una cerveza e intente adaptarme a la música. Pude haberme quedado en  casa leyendo Carver o intentar escribir. Pero esa sensación de buscar algo, en el lugar menos idóneo, fue lo que me llevó hasta allí, donde no lograba calzar.

El cantinero puso una cerveza, ofrecí pagarle, pero con un gesto negó la iniciativa. Invitó la cerveza por el simple hecho de estar allí; muchas veces nos encontramos en otros bares. Mirarme en el lugar donde trabaja lo hizo sentir satisfecho. Me dejé llevar por los personajes vacíos de la barra. Billeteras gordas que ponían rondas, en un lugar que se descalabraba en superficialidad. Algunas chicas me llegaban a reconocer como el amargado que servía botellas en el bar  de al lado; mismo que después de la tercera ronda se torna aburrido. La  vida seguía siendo una mierda, la discoteca también. Sus visitantes hacían de aquella realidad, un vía crucis.

Levanté la mirada y observe como aquella chica ordenaba al cantinero un vodka con jugo de naranja. Era hermosa. Presté atención a sus pechos, demostré con la mirada; el morbo que sentía por sus labios. Si alguien hubiera notado mi mirada de pervertido me habría demandado. Ella inclino la mirada hacia la esquina de la barra y sonrió. Aquello había sido un triunfo, pedí la cuenta. Salí y camine hasta la parada de taxi, llegue a mi casa intente masturbarme a su nombre, pero la borrachera hizo que me quedara dormido, después no la volví a recordar.

Estuve frecuentando aquella discoteca por varias semanas, la vida no era tan mierda. La discoteca no estaba tan llena, ni yo tan suicida.  Buscaba a aquella chica entre el gentío pero era inútil, ella no estaba. El escandalo era perturbador, la estupidez sabía bailar con la borrachera. Tanto vacío me daban ganas de llorar. Era un escritor fracasado, tratando de entender lo que no es música, con mi mirada lujuriosa a las pomposas modas juveniles. Me sentía un sátiro, viejo verde y canalla de mirada acosadora.

La cantina que frecuento otras veces, tienen tanta crudeza en su entorno; que hace que mi mirada pervertida demuestre un tono de ternura. Recordé tanto esa cantina, que pagué la cuenta en la discoteca y me fui. Estaba cerrado. Me fume un cigarrillo en el parque, prometí no volver a la disco, volví a casa, me dormí a la altura de la 5° Sinfonía de Beethoven.

Semanas después de nuevo en la discoteca. Había una especie de barra libre para mujeres y unos tipos grandotes bailaban zamba brasileña. Muchas chicas se apostaban en la tarima donde los chicos zapateaban. Ellas dejaban salir su instinto. Los toqueteos, palabrotas y rubores me provocaban una erección. Me dedique a beber y buscarla, casi había olvidado su rostro. Pedí un vodka con jugo de naranja en su honor. Mande todo al carajo. No quería los vestidos cortos, los zapatos de tacón. No quería ver niñas excitadas con tipos musculosos y afeminados bailando zamba. Quería mi cantina, colmado de alcohólicos y derrotados. Ese lugar donde salir a fumar, es estrellarte con todos los personajes de la zona roja de San Ramón. Negar un cigarro o unas monedas es todo un arte; que tienes que repetir al menos cinco veces, en un par de horas. Pero todo se torna real. Los puedes palpar oler y saborear. Nadie se mete contigo.

Miraba una película en la televisión de la cantina, no tenía subtítulos lo que la hacía más divertía, pues inventaba los diálogos. Estaba sentado en la esquina de la barra donde; del lado derecho estaba la pared y del izquierdo dos taburetes vacíos. Me sentía libre. Eso es para mí la soledad, una muestra gratuita de libertad, que la mayoría desprecia entre lloriqueos y búsqueda constante de compañía.

A estos sitios no viene cualquiera, lo que lo hace más interesante. Aquí se viene a escapar de la normalidad, del vacío y hasta de las discotecas.

Ella entró. Se fue directo al baño. La acompañaba una amiga. Cuando salían, la chica me miro y esbozó una sonrisa. Algo dijo la amiga y la distrajo, se fueron del bar. Intuí que iba rumbo a la discoteca, apresurado pague la cuenta. En la acera encendí un cigarrillo y analicé, sí, ir  a la discoteca a buscarla o quedarme en la cantina con el drama del derrotado. De pronto vi las chicas cruzar la calle de regreso, venían directo al bar. Mientras ingresaban, ella volteo la cabeza y de nuevo su sonrisa. Ingrese me pedí una cerveza y las busque, se habían sentado cerca de la rocola. Esperaban algo. Las miradas se cruzaron conmigo un par de veces, ella seguía sonriendo. Le pedí a la cantinera que les sirviera dos cervezas a mi nombre. Cuando llegó la invitación, ella agradeció con la mano, su amiga sonrió y se acomodó su melena acolochada.

Me levante de la barra, puse un par de canciones en la rocola, buen rock. Mi timidez era un monstruo gigantesco. Quería acercarme, pedir permiso para sentarme en su mesa, entablar conversación, pero algo detenía mis pies. Sonaba Civil War de Guns n Roses, pecho a tierra, me dirigí a la mesa, y con una oportuna estrategia me acerque.

– ¿Puedo sentarme? – mi voz temblaba igual que la botella en mi mano.

– Claro – dijo ella, corrió ligeramente una de las sillas.

– Me gusta esa canción – dijo su amiga.

– Es mi banda preferida – llame a la mesera y pedí tres cervezas – cuando tenía nueve años solicité como regalo de cumpleaños un disco de ellos, desde esa edad ya mis gustos iban tomando forma.

– Mi hermano, se vuelve loco con ellos – dijo ella.

– ¿Qué edad tiene? – Pregunté.

– 22 – dijo la amiga –  es mi novio.

La mesera ponía las tres cervezas. Las chicas agradecieron de nuevo la invitación y nos dedicamos a conversar de bandas de rock, música y películas, por largo rato. Aquel momento era agradable, pero el bar estaba cerrando. La mesera cobro mi cuenta, puso vasos desechables y nos invitó amablemente a salir. Ella se disculpó un momento y se fue para el baño. La amiga se quedó conmigo.

– Ella quiere desde hace mucho contigo – dijo sonriendo – así que no pierda esta oportunidad.

– ¿Qué podemos hacer? – pregunté.

– ¿Tienes carro?

– No.

– Pues consigue uno.

Ella regreso del baño. Nos levantamos de la mesa y salimos a la acera.

– ¿Qué vamos a hacer? – preguntó ella.

– Compremos cervezas y vamos a un sitio alejado a beberlas – dijo su amiga.

– Que bueno ir al cerro – dijo ella, yo encendía un cigarrillo.

– Pero no hay carro – dijo su amiga.

– Voy a comprar cervezas en la clandestina ¿Me acompañan o me esperan aquí? – Mi tono de voz sugirió que me esperasen.

– Anda pero no te tardes – dijo su amiga.

Compre las cervezas, hice siete llamadas de teléfono desesperadas a todos mis amigos que tenían carro, pero ninguno contestó. Mierda ella quiere conmigo y yo no tengo carro. Bueno, eso no va a hacer que llegue un deseo súbito de tener carro, con costos puedo manejar mi vida como para querer complicarme e intentar conducir un auto. Pasé frente a la discoteca. Un montón de vehículos aparcados, todos desconocidos, entre en desesperación, di el brazo a torcer y decidí darme por vencido en coger con ella esa noche. Ya de todos modos ella quiere conmigo, se va a dar cuando se tenga que dar. Me dirigí a la cantina, allí estaban ella y su amiga esperando las cervezas que yo andaba comprando. Sus piernas, sus tacones altos, su escote, su enagua; hizo devolverme, sin que ellas se dieran cuenta. De nuevo en la calle frente a la discoteca, buscaba el milagro de un amigo con coche. Nada. Así que la idea más fenomenal de toda mi vida llegó. Me detuve en la acera del frente, donde salían chicos de la discoteca y estudie a cada uno que se dirigía a sus autos. Salió una pareja de unos 25 años, venían acompañado de un chico que si no fuera porque traía el brazalete de la disco, hubiera presagiado que es menor de edad. Me acerque a ellos.

– Disculpen, disculpen – dije, los chicos se detuvieron con una expresión de temor – ¿Puedo hablar contigo? – le dije al chico, lo invité a separarnos un poco. El tipo dejó a su novia un instante y me siguió unos cuantos metros lejos de su carro.

– Necesito, que me alquiles tu auto – con una expresión de como si aquello fuera una broma el chico intento alejarse, lo tome del brazo – ¡Es una emergencia!

– Pues llame al 911, o busque un rent a car.

– Usted no está entendiendo – dije, acercándome a él casi suplicando – hay una chica que quiere conmigo y no tengo carro.

– ¿Alguna vez se ha puesto a pensar, que en un hotel se puede coger?

– Deja y te explico.

El chico después de escuchar paciente toda la explicación dijo:

– ¢25 000 y las cervezas que mi novia y su hermano se quieran beber.

– Trato – le di los ¢25 000, y nos dirigimos donde los hermanos.

– ¿Qué quieren tomar? –  preguntó el chico a la pareja de hermanos, la novia del tipo no sabía que decir, el chico estaba más asustado que nadie. El tipo empezó a explicar la situación – un seis para cada uno – dijo mientras quitaba los tres seis que ya había comprado y los guardaba en la cajuela del carro.

Me dirigí a la clandestina a comprar las otras cervezas. Ese polvo me estaba saliendo más caro que una puta. Cuando volví el tipo tenía el carro encendido, su novia en el asiento de acompañante, la cajuela y la puerta trasera abierta.

– Dejé las cervezas en la cajuela  y súbete – dijo el tipo, se notaba feliz por la aventura – Trae una cerveza para cada uno.

Subí al auto y ofrecí las cervezas, el chico asustado derramo un poco cuando abrió la suya. Era un completo idiota.

– Entonces las chicas están en El Oriental – dijo el tipo.

– Eso espero – dije – hace rato vine por las cervezas.

El chico condujo hasta el bar. Ellas estaban esperando. El tipo bajó del auto, con cortesía se presentó como un gran amigo mío e invito a las chicas a subir. Cuando abrió la puerta trasera ella me observó sonrió y subió al auto. Su amiga rodeo el carro y se sentó en los regazos del chico asustadizo.

– Lo lograste – me dijo su amiga al oído.

Hice un gesto de heroicidad y nos fuimos al cerro.

El cerro es una parte de la ciudad donde si la neblina deja, se puede ver desde ahí, el centro de la ciudad totalmente iluminado. Es una especie de mirador, donde los chicos del pueblo buscan para: beber, hacer escándalo, drogarse o fornicar. Es un piso alto del infierno. Aparcamos el coche sacamos las cervezas. La pareja se empezaron a besar y a contar ciertas cotidianidades, el chico asustadizo tomaba de la cintura a la amiga. La chica se recostaba de espaldas a mí. Yo contaba algo del último libro que estaba leyendo pero a ella aquello le importaba poco, volteo la cabeza y empezó a besarme. La pareja se metió al auto y la amiga y el chico asustadizo caminaron trillo abajo.

– ¿Qué hay allá arriba? – dijo ella, señalando trillo arriba.

– Están haciendo unos trabajos de acueductos – dije – hay unas cuantas alcantarillas gigantes.

– Llévame quiero conocer.

Me agencie unas cervezas y empezamos a caminar trillo arriba, perdía de vista el auto que empezaba a empañar sus vidrios. Cuando llegamos a las alcantarillas gigantes, nos sentamos sobre un poco de pasto a la orilla del trillo. Quite mi jacket y la coloque para que ella se sentara. Abrí dos cervezas, encendí un cigarrillo, y con una fuerza descomunal ella se sentó sobre mí y me empezó a besar. Su lengua jugaba con la mía, yo me estrellaba con su cuello y su perfume caro. Su olor era de Paris, la textura de su piel era un homenaje a la lujuria. Bese su cuello y descendí, solté los tirantes de su vestido y este cayó, dejando ante mis ojos un hermoso sostén negro como mi conciencia. Me molestó tanto que lo quite con la experiencia de un casanova diplomado en cierres de sostén. Sus pechos firmes, voluptuosos y jóvenes, montaron una fiesta en mi boca. La volteé de manera que se acostara sobre la jacket, ella desabrochaba mi pantalón. Acaricie sus piernas, las abrí un poco y subí su vestido desde abajo. Su lencería plateada, junto con los vidrios rotos de botellas de vino, era lo único luminoso en medio de todo aquel oscuro instante. Quite su lencería la coloque sobre las cervezas y me sumergí en su sexo. Mientras mi lengua la satisfacía y la exploraba, su mano me empujaba hacia ella como queriéndome meter mi cabeza en su cuerpo.

– ¡Oh Sergio! – Dijo – levante mi cabeza para explicarle que yo me llamaba Andrés, pero ella me volvía a llevar mi cabeza hasta su vagina.

No le puse atención a la confusión de nombres, seguí con el trabajo de mi lengua. Cada cierto momento decía:

– ¡Sergio, Oh Sergio, te he deseado desde hace mucho tiempo! – pero yo ya estaba muy desconcentrado como para explicar que me llamo Andrés.

Ella sugirió con un brusco movimiento que la besara. La besé y el sabor de su sexo se me mezclaba con el de su boca. Mi mente era un péndulo de sensaciones. Ella sacó mi pene y se lo metió en su vagina. Ella quería conmigo, y lo había conseguido. Cogimos sin importar nada más, cogimos con fuerza, lujuria y descontrol.

– ¡Quiero que te riegues! – decía, yo dale que dale.

– ¡Vamos, dámela! – dale que dale.

–  ¡En los pechos, Sergio, la quiero sentir en mi pechos! – dale que dale.

– ¡Vamos Sergio termina, que me voy a venir ya!

– No me llamo Sergio, Me llamo Andrés Nostalgias, mucho gusto.

Una pausa.

– Bueno, no importa, me voy a venir y quiero tu semen en mis pechos.

¿Quien exige puntería a alguien que acabas de confundir con otra persona?

Acabé, ella siguió pensando que yo era Sergio.

A Sergio.

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