Querube

Ésta cerveza, fue la única sobreviviente de aquella noche.

Otro jueves asustadizo, de resacas, pensamientos y desaciertos. Los últimos días, escapaba buscado matar el tedio de una ciudad que ni me nombra. Caminaba ya un poco adentrada la noche, buscando en el parque un lugar donde sentarme a leer un poco; sin antes, haberme agenciado algunas cervezas en la licorera.

Leía un extraño cuento de Echenique, cuando fui interrumpido por unos viejos amigos que pasaban por el lugar, bebiendo vino barato. Descasaban de una ardua sesión de trabajo, formulaban irse pronto a descansar, pues la mañana los esperaba con papeleos de oficina.

– Aburrida debe ser esa vida –  pensé, mientras apuraba mi cerveza.

No quería que el cuento de Echenique renunciara a mi interés. Busque un bar con pocas personas. Camine largo rato hasta que encontrarlo. Termine de leer varios cuentos, mientras me bebía algunas cervezas y me fumaba algunos cigarrillos.

Luego, la incesante costumbre de buscar lo que no se me ha perdido, hizo que visitara la cantinita que abre hasta tarde, donde seguro me he de encontrar, gárgolas nocturnas que siempre llevan consigo buenas historias que contar. Me senté al lado de Gustavo, ordene una cerveza, mientras me prometía que era la del zarpe para luego volver a estrellarme con la página en blanco.

Gustavo, debatía sobre la personalidad del próximo Joker en la película de Batman. Cuando supo que aquel tema no llamaba mi atención, preguntó por sobre como andaban las cosas y una que otra estupidez. Llevábamos mucho tiempo de no vernos. Mientras sorteaba aquella desesperante conversación, observe  como ella estaba sentada sola en la barra del bar. Sus ojos estaban clavados en la botella casi vacía.

Gustavo contaba sobre un restaurante que había abierto hace poco, yo sentía en la presencia de aquella chica, el mismo derrotismo que me llevo a leer fuera de mi habitación. Estaba tan concentrado en su rostro, que sin darme cuenta su mirada se había clavado en mi ojos, al sentirme delatado, no pude más que lanzar una sonrisa asustada, que Querube correspondió. Luego, seguí la plática con Gustavo – el cual había notado el juego de miradas– volví a buscar sus ojos, su piel morena y sus amplios pómulos. Ella, otra vez me miro a los ojos. Logre sostener la mirada más que la primera vez, hasta que fui interrumpido por Claudio.

– ¿Me invitas a un cigarro? – preguntó, en el momento menos adecuado de toda la noche.

– Ya vuelvo, voy a fumar – dije a Gustavo.

Claudio, contaba algo mientras salíamos a la acera. Conversar con el tipo me agrada, de hecho me gusta recordar aquella vez que lo conocí en medio de una reunión de amigos y guitarras en el parque, pero fumar o llevar una conversación con él en ese momento no era mi prioridad, así, que mientras Claudio contaba una extraña historia sobre Alemania, yo busque a Querube, por entre el la ventana del bar. Y ahí estaba. Su mirada derrotada seguía estrellándose contra la botella. Podía percibir el olor de su cabello (o lo imaginaba) a pesar de los metros que nos separaban. Un drogadicto pedía monedas sin yo prestarle atención. Sentí en los audífonos que colgaban de mis orejas, el rock and roll que había estado cantando en la tarde. Otro mendigo se acercó y me pidió la tres del cigarro, se la di. Ingrese al bar sin darme cuenta que había dejado a Claudio hablando solo y acompañado de dos insistentes drogadictos, que querían algunas monedas para escapar su delirium tremens…

En la barra, habían servido otra cerveza, la cantinera explico, que era una invitación de Gustavo. Agradecí, como un perro moviendo el rabo ante un desconocido quien le sirve comida.

– Gracias – dije – pero estas desgraciando mi último cuento.

– A mí me vale una mierda tu ultimo cuento – dijo riéndose – lo único que me interesa es que se tome la birra pendejo, al fin y al cabo, actualmente eres un fracaso como escritor.

– ¡Salud por eso! – Dije, levantando la cerveza y brindando con Gustavo – Karen un trago de J y una cerveza para este imbecil.

En ese momento Claudio se acercó refunfuñando por los drogadictos que antes nos estaban mendigando monedas y tabaco en la acera.

– Andrés – dijo Gustavo – ¿No sé si metí las patas? Pero le invite una cerveza a la chica morena que está sola en la barra.

– ¿Por qué? – pregunté a secas.

– Quiero ayudarte – dijo, y volvió a sonreir.

– ¿Ayudarme con qué? – volví a preguntar a secas, mientras Claudio se desentendía de la situación contando un mal chiste con los chicos de al lado de la barra.

– He notado sus miradas – dijo Gustavo – ustedes se deberían de conocer, eso sí, a mí no me meta en ese embrollo, soy un hombre casado – añadio, enseñándome su anillo de matrimonio.

– Igual, me preocupa Claudio – dije mientras aquel tipo, seguía contando malos chistes a los chicos que ni tan siquiera sonreían.

– Ese maricón está en otras – dijo – debería ir y hablarle, ahí puede haber una buena historia que contar.

– Karen otro J – dije– voy a ir e invitarla a estar con nosotros – Añadí – ¡Créame Gustavo que me estoy Cagando de miedo! Me tome el J sin pensarlo.

Me dirigí hacia Querube. Confieso que mientras me acercaba, sentía como si caminara rumbo al mar frente a una ola gigante que me iba a tragar. Recordé toda la educación, que un tipo sin adiestramiento como yo, pudiera tener para comportarse a la altura después de unas cuantas cervezas y tres tragos de whisky.

– Disculpa  – dije, tratando de parecer inofensivo – mi amigo te invito a una cerveza y con todo respeto, no quiero que vayas a pensar mal, simplemente te vimos sola, pensamos ¿si gustaría acompañarnos? Eso sí, totalmente sin compromiso, crea que somos totalmente serenos… a lo mismo que me gustaría que no se sienta comprometida al aceptar la invitación.

Querube solo alcanzo a sonreír.

– Nostalgias – dije extendiendo mi mano– Andrés Nostalgias…

– Querube.

¡Oh su voz!

Melodía sinfónica para unos oídos derrotados por el Rock and roll, sus dientes brillaron, mientras dijo su nombre, mi cuerpo colapso. Decidí no  llevarla con Gustavo. Imagine como aquel idiota le iba a contar que soy un escritor derrotado. Si ella quiere conocer mi derrotismo lo tiene que hacer por sus propios medios. Ya mucho trabajo me ha costado la condición.

Comencé el ritual de las preguntas adecuadas. No quise parecerle peligrosos, no deseaba que sintiera desconfianza de este desconocido con cara de violador. Entre preguntas necesarias y respuestas ajustadas nos fuimos bebiendo la cerveza invitada. Ordene otro J. Siempre que mi miedo se enfrenta con otro mayor, lo trato de anestesiar con Whisky, la peor de las estrategias y confieso que en 35 años aún no ha surtido efecto, pero lo sigo intentando. Después de haberme bebido el trago, la cantinera había puesto otra invitación, hubiese pensado que la enviaba Gustavo, si no fue porque Karen explicó que había sido un chico que estaba a mi lado.

Pocas veces he visto a Francisco. La primera vez que lo vi, había llegado a un bar para sacarme la goma y lo que recuerdo es que se sentó a mi lado y después de un largo rato de silencio rompimos el hielo. Conversamos y bebimos hasta que llegue inconsciente y alcoholizado a mi casa.

Desde aquella vez, cada vez que me encuentro con Francisco algo extraño va a suceder. Sin obviar que el alcohol va a estar presente, y el abuso va a ser la constante. Es como cuando en las películas de Tarantino alguien va a cagar, quedaras con la impresión de que algo va a pasar y nunca llega a ser algo bueno. Le agradecí a Francisco la invitación. Envié una cerveza a él y a su compañero; un chico algo buen tipo que dijo su nombre y mientras escribo este relato no quiero a recordar. Luego de un rato les invite un trago de guaro mientras yo me tomaba otro J. Luego del ritual de bebernos un trago, le presente a Querube, mi cuerpo ya se estaba mareando, otra noche que la página en blanco iba a amanecer vacía.

Claudio dormía en la barra, Gustavo se había marchado, el bar estaba cerrando. Al darme cuenta Querube y yo teníamos varias cervezas invitadas. Seguimos en la ardua tarea de conocernos. Mi mente se empezó a nublar en el punto de que “Soy escritor” declame (como es mi costumbre cuando estoy borracho) el único poema que se me de memoria; debó aclarar que odio escribir poemas y a veces hasta declamarlos. Invite a Querube a fumar, confieso que quería besarla, pero solo alcance a abrazarla, ella no dejaba de sonreír, la noche que era una buena noche ya era casi madrugada. Ingresamos al bar y Francisco relataba una jugada de futbol. Querube y yo seguimos conversando, fue cuando Karen se acercó para sugerirnos pagar la cuenta, pues ya ellos estaban cerrando. Mientras saldaba la cuenta, me quede mirando a Querube a los ojos.

– ¿Te quieres ir a casa? – pregunté.

Cuando un jueves, usted no tiene nada más que hacer que estar en la barra de un bar, soltando tristezas a una botella, es que no hay nada más que hacer ¿Quién sale con un libro a leer a un bar? Las cuatro paredes de la habitación son tan patéticas que ni ganas de escribir te dan. Aunque el ambiente estaba tornado de prejuicios, sabía que ella ya confiaba en mi cara de maniático, así que antes de esperar la respuesta dije:

– Podemos comprar unas cuantas cervezas, buscar mi guitarra e ir a algún lugar a pasarla bien– fui interrumpido por Francisco y su amigo.

– Suena bien – dijo mientras ya su amigo delataba una morbosa mirada al escote de Querube.

En cuestiones de cortejo soy bastante despreocupado. Querube me encanta, pero no significa que voy a dejarme llevar por el instinto animal de marcar el territorio, así que antes de ponerme en rituales machistas me dirigí a los chicos.

– Claro, pueden acompañarnos, siempre y cuando ella este de acuerdo.

Los chicos volvieron a ver a Querube y ella con su sonrisa brillante asintió con la cabeza.

– Bueno – dije – yo comprare un seis de cervezas para ella y para mí, ustedes compren un seis y luego buscamos un taxi.

– Podemos ir en mi carro – dijo Querube enseñando la llaves – estoy un poco tomada pero creo que puedo manejar.

Abordamos el auto de Querube y nos dirigimos a mi casa a recoger la guitarra, en la primera curva, al primer bache, el vaso de mi cerveza se derramo en uno de los muslos de Querube y el auto. Yo y mis borracheras, desde tiempo inmemorables metiéndome en problemas. Sentí un poco de pena; pero no por derramar cerveza sobre el muslo de Querube ni sobre su auto, la vergüenza provenía que ya para ese momento mi embriaguez ya no era más un secreto.

Nos fuimos para una zona retirada de la ciudad. Al principio todo estuvo muy bien. Encendimos unos cigarrillos, abrimos algunas cervezas, toque uno que otro Rock and Roll huérfano de mi repertorio, los chicos pusieron atención, luego toque otra canción, y creo que los aburrí un poco. Al rato desistí, deje la guitarra sobre el pastizal y me dedique a beber cerveza. Contamos historias de las juergas que he vivido con Francisco, luego entre una conversación y otra, note como Querube había simpatizado con el amigo de Francisco. No quiero recordar el nombre del chico, solo rescatare su sonrisa agradable, su barba y su pantalón rojo. A pesar de las repetidas metidas de pata de aquel idiota, Querube seguía rendida a su encanto, yo me rendí a las cervezas que se estaban calentando. Sin darme cuenta, me quedé dormido sobre el pastizal. Cuando desperté note como Francisco vigilaba de cerca mi estado. A duras penas pude levantarme, mientras Querube y el chico conversaban recostados en la parte trasera del auto. Trastabillando me subí al coche coloque mi guitarra entre las piernas y me dispuse a seguir durmiendo. Pude ver ya estaba amaneciendo. Francisco seguía vigilando de mi, mientras el carro se me movía por los embistes apasionados de Querube y aquel chico se empezaron a dar. Trataba de quedarme dormido, pero Francisco insistentemente seguía metiendo conversación. Creo que le daba miedo que mis celos me pusieran violento o algo por el estilo, sin saber que los celos lo he sentido como algo innecesario, la libertad es la libertad, no podemos hacer nada, el libre albedrío es un bien adquirido, nos guste o no.

A duras penas pude quedarme dormido, lejano quedaba el movimiento del auto, la conversación de Francisco. Querube sugirió marcharnos y se dirigió hasta su hogar. La suerte fue que vivía cerca del centro, así que sin agregar mucho me despedí de ella, y camine hasta la parada de taxi. Deseaba tanto mi cama. Cuando el taxi me dejo afuera de mi casa busque las llaves para entrar y luego de revisar las bolsas de mi pantalón, camisa y jacket, me di cuenta que no las traía conmigo.

– Debí de haberlas dejado en el Tremedal – pensé y busque mi teléfono, para llamar un taxi que me llevara de nuevo hasta aquel lugar.

Tampoco estaba en ninguno de mis bolsillos. Deje escondida la guitarra en el corredor de mi casa junto al libro de Echenique. Me fui caminando hasta el Tremedal. Durante el trayecto, repase varias veces el historial de derrotas con las mujeres que me gustan. Resumí toda una vida de desaciertos, siempre mi afán de ser un caballero no me ha llevado por buen camino, me he enamorado dos veces en mi vida, y las dos veces me ha ido mal. Soy un animal extraño de exhibición, como no iba a perder contra el chico del pantalón rojo. Cuando llegue al Tremedal, estaba mi teléfono en el pasto, mojado y descargado, busque por otro rato mis llaves y no las encontré. Pateé una lata de cerveza y descubrí que estaba llena, sin abrir. Me senté y empecé a beberla, unos obreros hacían una construcción cerca me veían como si fuera un mendigo alcoholizado a las 7 de la mañana. No me importo, seguí bebiendo mi cerveza y sonreí. Después de todo a veces, la soledad es una puerta a la libertad.

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