Goma Moral

I

Ella sabía que con el despertar, a eso de las dos de la tarde, el dolor de cabeza le iba a martillar hasta las entrañas. La sed en su garganta carraspeada de tanto vomitar; le iba a hacer dificultoso el proceso de beber agua. Pero necesitaba con urgencia hidratar el cuerpo adolorido de una larga noche de exceso. Se sentó en el desayunador a escuchar el sermón de sus padres. Buscaba en el café; escapar de la amnesia y recordar cómo había llegado en la madrugada. Era inútil, no recordaba nada de la noche anterior. Llegaban pequeños flashazos de unos besos vulgares y atrevidos, que algún perdedor le había robado, luego; de dos malos poemas declamados en sus oídos vulnerados por la borrachera. Luego de las amenazas de castigos y no más dinero, la chica con sus 18 años aprisionados volvió a su habitación. Se dejó tumbar en la cama, sintiendo los embates de las flatulencias nauseabundas que solo las grandes resacas saben fabricar.

Un mensaje de texto ingresa a su celular. Es su amiga, que con un discurso etílico, explica la causa de su abandono la noche anterior. Mariana resentida, borra el mensaje sin contestar y encuentra otro que no dice nada y solo contiene una imagen. Es ella totalmente ebria, sentada en la acera del parque, con una estúpida sonrisa, una jacket de cuero que la protege del frio y junto a ella, un regordete de pelo largo y barba añeja, que también sonríe. Los dos en aquella imagen tienen cara de estúpidos: él por naturaleza y ella por la embriaguez. Cierra con temor el teléfono, sintió en los ojos de aquel chico, la peor mirada de depredador. Metió la cabeza debajo de la almohada, se juró y se volvió a jurar, no volver beber de esa manera. Se quedó dormida, mientras afuera de su habitación, dos padres desesperados, discutían en como sobrellevar esa tromba de rebeldía que se llama adolescencia. Cuando despierta descubre que su teléfono tiene dos mensajes: Uno de su amiga, volviendo a rogar perdón y otro del chico de la foto, dando los buenos días, casi a las 6 de la tarde. Vuelve a analizar la foto. Llegan recuerdos de como aquel tipo le sostenía la cabeza para que ella pudiese vomitar. Aquel tipo de la foto bien superaba los 35, casi el doble de su edad. Volvió a sentir nauseas. Borro de su teléfono todos los registros de aquel mal episodio de una noche de alcohol.

II

Una noche, no teníamos mucho que hacer Diego y yo. Yo cargaba mi guitarra, que se mojaba con una inoportuna llovizna de invierno. Mientras nos protegíamos bajo un techo en el centro de la ciudad, Diego me sugirió ir al quiosco del parque, donde algunos artistas del pueblo hacían malabares, jugaban con fuego, entre otras cosas. Me encantan esas prácticas lúdicas, lo que no me agrada es la gente que las realizan. La mayoría se lanzan más arriba que sus propios malabares. Es un concurso de egos, y lidiar con el mío ya se me es más que suficiente. Fuimos por cervezas y nos acercamos a los chicos. Algunos me reconocieron, como el bebedor, escritor y poeta del pueblo. Odio que me llamen poeta, lo odio de verdad. Primero que no me dedico a la poesía; tan siquiera la leo, simplemente me sé de memoria dos canciones que había compuesto hace mucho tiempo y que cada vez que me emborracho, las declamo al primer escote que me la haya puesto dura. Diego se sentó a mi lado, abrió una cerveza. Yo empecé a mirar a los malabaristas de fuego y a rasguear aleatoriamente mi guitarra. Encendía un cigarrillo, fumaba, bebía un trago de cerveza y luego de nuevo, rasgueaba la guitarra. Ese mecanismo se hacía monótono pero al fin de cuentas entretenido. Diego no es de mucho conversar, lo que hace de su compañía un tanto agradable. Podríamos pasar dos horas en un bar, cada quien con sus audífonos, y cada uno con su música, sin decir palabra alguna y sentirnos acompañados.

Un malabarista de fuego se acercó.

– Nostalgias – dijo – tócate “La Vagina”

– Mándese, esa rola es buena – dijo Diego.

– ¿Qué tiene eso de bueno? – Refuté enfadado – usted ha escuchado mis canciones, sabe mejor que nadie que hay mejores.

– Pero esa es una de las pocas que no dan ganas de matarse.

Ese imbécil tenía razón. Así que hice la larga introducción, que trata sobre un parasito de 17 años que su único objetivo de la vida es: ver el chavo del 8, tomar café, fumar e ir al parque a esperar a las colegialas pasar tras la salida del colegio. Luego la guitarra resuena con un estridente rock and roll, que cuenta como una chica usa un pantalón tan tallado que le hace repintar su vagina… el resto de la canción es igual, una y otra vez. Después del tiempo, cada vez que borracho tiendo a tocarla, siento como una demanda civil se acerca atentando mi integridad.

Cuando me di cuenta, varios chicos se habían apostado a mí alrededor, ya mi ego estaba contento, había llamado la atención. Del grupo de chicos, sobresalían dos jóvenes, una con el cabello teñido de rojo y la otra, una chinita de pómulos resaltados que se contoneaba al ritmo de mi perniciosa canción. Ellas estaban un tanto tomadas. La chica del cabello teñido, llevaba un ajustado vestido anaranjado, que cuando se sentó sobre la acera, dejaba ver sus bragas blancas. Diego se desbocaba en aquella imagen, a mí solo provocaba seguir la canción y no terminarla nunca, para que la chica no se tuviera que levantar. La chinita de pómulos resaltados, seguía contoneándose al ritmo de la música, sacaba un cartón de vino y se tomaba un trago. Cuando terminé, los chicos aplaudieron, Diego despertó, del sueño de las bragas de la chica del cabello teñido.

La chinita,  acerco el cartón de vino, bebí un trago, le ofrecí mi cigarrillo y ella se lo fumó.

– ¿Cómo te llamas? – pregunté.

Mariana – dijo, mientras se levantaba y se llevaba a su amiga de la mano.

– Viste esas bragas – Dijo Diego.

Sonreí y asentí con la cabeza, toque otras dos canciones y los chicos con disimulo se fueron marchando.

– Si ya sé – dije a Diego – Mis canciones depresivas.

Nos levantamos y buscamos un bar abierto. Aquel lunes paso tranquilo, hasta que nos alcanzó la madrugada.

Mariana en aquel entonces tenía 16 años. De vez en cuando me la encontraba deambulando por la ciudad. Simplemente nos saludábamos con la mano y cada quien seguía su camino.

III

Aquel sábado, había salido bastante cansado de trabajar, el agotamiento me sugería, que aunque al otro día me tocaba de nuevo sobrevivir, buscara un par de cervezas. Ingrese a mi pocilga favorita (Que ya no es tan pocilga) pedí una cerveza, le puse volumen a mis audífonos y trate de relajarme. En quince minutos me había bebido tres cervezas y dos J&B, quería lo más pronto, relajarme y que el insomnio no me jugara una mala pasada. Cuando el bar estaba a punto de cerrar, apareció Diego. Nos saludamos como de costumbre, pidió una cerveza sobre la hora, y nos volvimos a hacer compañía con los audífonos puestos y sin decir ni una palabra. Hasta que la cantinera nos ofreció vasos de plástico para retirarnos. Pedimos cada uno, una cerveza para llevar y nos apostamos en el borde de la carretera, frente a la discoteca donde el sábado muere y con ellos la diversión de la juventud. Nuestro objetivo siempre es el mismo, ver hermosas chicas muy lejos de nuestra liga, pero con sus atavíos dignos de apreciar. Cuando cada quien hacia planes para marcharse, apareció Mariana, traía consigo una botella de cerveza en la mano, además de una muy buena borrachera.

– ¿Me puedo quedar con ustedes? – preguntó.

– Claro – dije.

– Yo te conozco – dijo, mientras seguía bebiendo de su cerveza – ¿Sabes quién Soy?

La verdad que para ese momento no la recordaba, así que el gesto de mi cara lo dijo todo.

– Usted – dijo con un acento bastante etílico – es el tipo que escribió la canción de la vagina – empezó a tararear torpemente, y supe que conocía la canción.

En ese momento la recordé.

– Existen mejores canciones – dije.

– Pero todas deprimen – dijo Diego.

– No me importa esa canción me encanta – dijo Mariana y otro trago a su cerveza, seguía tarareando.

– Te siento asustada.

– Lo estoy – dijo y se preparó a contar una historia – es que me quieren asaltar, bueno anoche me asaltaron en realidad, pero los tipos no me pudieron robar nada porque el cajero automático se tragó mi tarjeta, pero ahí andan los desgraciados rondando en su carro y se me quedan viendo y la verdad tengo mucho miedo.

– ¿Y tus amigos?

– Se fueron, les dio temor que algo les pudiera pasar por mi culpa.

No creí nada de la historia, volví a ver a Diego.

– Con nosotros nada te pasara – dije, mientras pensaba – ¿O la historia es falsa, o en cualquier momento nos balean?

– ¿Cómo es que te llamas? – pregunto Mariana.

Diablos, recuerda la peor canción que he escrito en mi vida y no recuerda mi nombre.

– Andrés, Andrés Nostalgias – dije, mientras le ofrecía mi mano.

Ella me abrazo.

– Verdad que no me va a pasar nada con ustedes.

– Nada te va a pasar, somos inofensivos – la abrazaba y veía a Diego con cara de confusión, no hacía más que beber de su cerveza y adaptarse a la situación.

Mariana volvió con la cantaleta de la canción, yo ya poniéndome hostil, sugerí que no me tocara más el tema de una composición que había escrito en mi fulgurosa adolescencia. Clame porque descubriera otros temas que iban un poco más allá. Ella me dijo “poeta” para mi desgracia y pidió un poema en su oído. Recordé unos de los dos que se me de memoria y se lo declame. Tal “poema” habla sobre la masturbación femenina; de ahí porque mi favorito. Mientras lo iba declamando, Mariana me fue agarrando fuerte de mi jacket de cuero, acercándome a su cuerpo. El “poema” y ella se aceleraban más y más, su respiración se estrellaba a mi cuello y cuando termine yo me estrelle con su boca.

Lengua, saliva, cerveza, tabaco, más lengua, labios, movimientos, lujuria. Diego siguió adaptándose a la situación bebiendo su cerveza. Lo volteé a ver:

– Es la primera vez que funciona.

Mariana volvió a arrastrarme a su cuerpo y de nuevo: besos, saliva, cuello, lengua, más saliva, cerveza, tabaco, lujuria…

Cuando me di cuenta que tanta excitación había acaparado la atención de los chicos que salían de la discoteca, me sentí aventurado. Así que sugerí ir por unas cervezas que venden camufladas en un bar para beber después en la calle. Fuimos por ellas, y nos sentamos en la acera. Olvidé que el otro día trabajaba temprano. Ella hablaba de mi palabra, de la diferencia de un chico con cerebro… bla, bla, bla. Yo cada vez que podía la besaba y ella accedía. Diego se había adaptado a la situación y yo ya le estaba pagando sus bebidas. Hasta que el estómago de Mariana explotó. Como una tubería rota empezó a vomitar y vomitar y vomitar. Vomitaba una gran cantidad de cervezas; que había bebido durante la noche, vomitaba lo que pudo ser su almuerzo, su café y su cena. Vomitaba el exceso, los besos, el tabaco, las entrañas. No hacía más que vomitar. Diego volteaba la cara para no ver lo avasallante de su vómito. Yo solo alcanzaba a sostener su cabeza y evitar que el vómito se enredara con su cabello. Vomitó por largo rato, hasta que sin nada en el estómago, se recostó sobre mí hombro y se quedó dormida.

– Tengo frio – dijo luego de un rato.

Quite mi jacket y la cubrí. Diego hacía gestos de que íbamos a hacer y yo le contestaba con gestos que no tenía la mínima idea. Luego de un largo rato, ella se sobrepuso, busco lo que le quedaba de cerveza la bebió y luego se quedó viéndome a los ojos y la volví a besar. Su vómito no sabía tan mal.

– Tengo vergüenza – dijo.

– ¿Vergüenza de la borrachera o de besarme con rastros de almuerzo digerido en tu boca?

– Ambas

– Mañana tendrás mucho más vergüenza – dije – cuando despiertes y te des cuenta que un tu borrachera caíste en los brazos de un viejo verde que se atreve a besarte recién vomitada, te hará sentir la goma moral más abrupta en toda tu corta vida.

Ella lo negó y lo volvió a negar cada vez que se lo decía. Yo estaba seguro de ello. La historia de mi vida, otra vez. Diego se marchó, pensó que quedarse conmigo iba a evitar que yo me la cogiera. Al final no me la cogí, ni tenía planes de hacerlo, sigo con mi filosofía que coger con una chica ebria es un acto deshonesto que no le calza a un genio escritor como yo. Prefiero que las piernas accedan por un sobrio impulso, que por una buena cantidad de alcohol que desinhibe los sentidos. Me tome una fotografía y me asegure dejarla en su teléfono para que su goma moral tomara fuerza. Luego fui y la deje en la puerta de su casa, que tenía las luces encendidas y talvez dos padres preocupado esperando que su niñita de 18 años recién cumplidos, se dignara a aparecer casi a las cinco de la madrugada.
IV

Días después la encontré en la ciudad. Eran casi las 2 de la madrugada de un martes. Andaba con un grupito de chicos de su misma edad, patinetas y apatía. Cuando pase a su lado le brinde un saludo. Sentí como la vergüenza le corría por todo su cuerpo. La vi perderse calle abajo, mientras me fumaba un cigarrillo. No pude evitarlo, pensé en sus padres y apreciaba su hermoso pantaloncillo corto. Ingrese al bar y pedí una cerveza, mi mente seguía encallada a ella.

Le espera un arduo futuro, no sabe enfrentar un desamor, lo sumerge en alcohol, observa su herida y la llena de sal, para que arda y luego buscar el alivio en el fondo de una botella. Camina y buscar poemas derrotados en la madrugada. Sabe caer, hasta tiene estilo, pero le cuesta levantarse. Le gusta beber, pero aún no sabe manejar las resacas. Lo sé. Desde aquella madrugada, cuando la observo, evito saludarla, no quiero incomodarla ni recordarle los tropiezos que tuvo conmigo. Simplemente la estudio vigilante y en secreto. Logro sentir su tristeza. Puedo ver caer en sus pies, lágrimas invisibles que se desarman como malas decisiones.

Casi podría adivinar que tiene un diario, donde escribe poemas y relatos, narrando lo que es este laberinto del que ella no sabe escapar. Ahí van 18 años hermosos, que aprendió a cerrar heridas con alcohol. Aun no se repone de la última caída, no se repone de las heridas, ni del asfalto,  ni de sus rodillas raspadas. Sé que va a ser fuerte, con el corazón de piedra, va a llegar el punto que el alcohol no le dará resaca, no volverá a sentir vergüenza, no se volverá arrepentir de sus besos con vómito, ni de los excesos con la bebida.

¿Por qué lo sé?

Hace mucho tiempo, cumplí 18 y también estaba un poco lastimado.

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3 pensamientos en “Goma Moral

  1. Estas hermosas historias, cargadas de realidad, que no son para todos, pero que generan la sensación de querer leer más… Genial!

  2. Cierto, cada palabra, cada frase! Jeta como puede plasmar la realidad en unos párrafos infinitos! Siempre lo he dicho, nadie escribe como puede escribir ud!

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