4 años

4 años

La noche, se estrelló contra una botella de ron, en buena compañía. Se hacían las promesas de año nuevo, un día antes de la inocencia. Fechas antes que se terminara otro año, de caídas y desaciertos, María se quedaba dormida poco a poco, mientras su novio y yo reíamos antiguos chistes. La botella se negó a morir, las cervezas se acabaron y el tabaco hacia estelas de humo en toda la habitación. Fuimos a dejar a María a casa. Fue cuando su novio y yo decidimos, cerrar todos los putos bares de esta ciudad, que a veces se muere sin darse cuenta.
En el último bar abierto, la bartender de los senos exquisitos y los anteojos feos, nos dio la cuenta, y con un gesto de orden y amabilidad nos sugirió, que nos marcháramos lo más pronto posible. Nuestras boquillas quedaron abiertas, la sed era indomable. Nos agenciamos un seis de cerveza, y nos fuimos para el apartamento de un amigo, donde se asesinaba el tedio; entre cervezas, tabaco y póker. Entre vértigos historias y risas. Entre drogas, excesos y rock and roll. Entre tragos de guaro, antiguas historias y muchas risas. Poco importaba que el jueves ya no existiera y la madrugada no preguntara ni el día, ni la hora.
El cansancio y el hambre empezaron a hacer mella, en el novio de María. Así que pronto; antes de que al sol se le ocurriera aparecer, nos fuimos a desayunar. Comimos como si no hubiéramos comido en meses. Tomamos café, nos fumamos un cigarro, volvimos a mi hogar. Ese tipo se llevó lo que quedaba de ron, yo me tome, el sobro de una cerveza, que había dejado olvidada. Mientras el sol clareaba por el este, me enoje con esta ciudad, me enoje con la navidad, la rutina y mis cuentos. Así que me di un baño con agua fría, me puse lo primero que encontré, tome un libro no leído de la estantería de libros, y me largue para la estación de autobuses. Quería escapar del automatismo de esta ciudad, de las cuatro paredes de mi habitación, de una noche más; de mi masturbación y yo. Quería volverme loco, en un lugar, donde ya mi locura no fuese algo tradicional. Así, que tome el primer transporte, que fuera a un lugar más mierda que esté, elegí, la capital.
Al llegar, recordé porque odiaba tanto esa ciudad; y el porqué, tanto evitaba visitarla. Es mi pueblo, pero a dos cuadrados. Con turistas extraviados, vendedores de lotería, y personas caminando con miedo. La deambule de arriba abajo varias veces. La borrachera se esfumo a conforme el sol se posaba cada vez más alto y cada vez más insolente. Me senté en la Plaza de la Cultura a esperar que los bares, tuvieran la excelente idea de abrir. No sé cuánto tiempo dure; viendo las palomas comer, no sé cuánto tiempo pase entretenido leyendo el peor de los libros que pude escoger de la estantería, no sé cuánto me pregunte: ¿Si la gente de las oficinas no se cansaban de ese maldito olor a ciudad y el ruido de las precisas? Camine unas tantas cuadras y tropecé con un bar abierto – al fin – me pensé. Ingrese, desesperado, ya la botella de ron de la noche anterior, era resaca.
Me senté en la barra, la cantinera era una chica de apariencia gringa y el cuerpo tatuado, me ofreció una cerveza con cierta desconfianza; claro está, toda la noche de borrachera, hacían de mi reflejo, un espejo poco confiable. Me sirvió la cerveza y se la pague con un billete de alta denominación, deje el cambio un rato al lado de la barra, como para ganarme la confianza y no me estuviera cobrando cerveza a cerveza que me iba a pedir. Cuando ordené la segunda, sugirió abrirme una cuenta. 17 años trabajando en lo mismo, uno sabe cómo trabajar la confianza y la desconfianza. Olvide el mal libro que leía, me concentre en la observación de los pocos que estaban en la barra: varios extranjeros esperando vanamente un poco de acción, viernes por la tarde, un tipo con cara de tristeza, tratando de olvidar ¿Quién sabe qué? la cantinera apresuraba a los clientes de confianza. Miraba de reojo mi cerveza, esperando que se estuviera acabando, para inmediatamente ofrecerme otra. Ese lugar me encantaba. A veces es bueno ser un desconocido en el bar.
Mientras jugaba con la cebada, aquella figura rompió la luz. Ingreso al bar y se sentó justo a mi lado. Aunque traía el cabello de un rojo intenso, un vestido corto genial, y cuatro años de ausencia la reconocí al instante. Era Alicia Badilla. Aquella chica, que una vez se había enamorado de otro músico derrotado de mi ciudad. Aquella groupie, que una la había topado; con las mismas piernas y el mismo escote. Aquella musa, que alguna vez se tomó unas cuantas cervezas conmigo: el día de mi cumpleaños. Aquella dama, que alguna vez me había cogido como puta, y luego se había marchado, con su músico y su capital. Aquella belleza, que era capaz de declamar cualquier poema de Benedetti, o citar las frases más feroces de Rayuela.
No me reconoció, pese a que me miro a los ojos, como pidiendo permiso para sentarse a mi lado. Pidió una cerveza, y así sin más, supe que habían sido de esos cuatro años de ausencia. Fueron varios años, de desaciertos, placeres y orgasmos. Varias etapas de intentos, romances y llantos; y una eterna temporada de soledad.
Le levante mi mano a la cantinera, ella se acercó elevo mi cerveza medio llena y me miro a los ojos:
– Dale una cerveza a la dama de al lado a mi nombre por favor – le dije.
Ella fue por la bebida, la sirvió mientras decía:
– Se la envía el caballero de al lado.
En ese momento Alicia me miro a los ojos.
– ¿Andrés, Andrés Nostalgias?
– Quisiera no serlo, pero lo soy – dije mientras ella se abalanzaba sobre mí, y me daba uno de esos abrazos, que se desean en los episodios más crueles de estos desiertos, que le llamamos soledad.
– ¿Pero Andrés, que le sucedió a tu cabello? no te reconocí – dijo mientras lamentablemente interrumpía aquel exquisito abrazo.
– A veces es bueno dejarlo crecer, pero tu pregunta es un tanto sarcástica, si hablamos del tuyo, ese rojo es muy rojo, y en el que me había sumergido en un pasado era algo oscuro – sonrió con ganas, como si llevara muchos días sin haber sonreído.
– ¿Siempre lo logras, verdad? – pregunto.
– ¿Lograr que? – pregunte.
– Robarme sonrisas en mis peores etapas – dijo volviéndome a abrazar.
Estaba un poco cambiada, al final de cuentas todos cambiamos un poco al fin, ya sea para bien o para mal. Esa tarde traía consigo una mala noche de rompecabezas y whisky, de antiguos amores en abstinencia, y una madrugada de mentes maravillosas y huecos en el alma. Aparte de un hermoso piercing nuevo en su nariz. Tratamos de ponernos al tanto de cuatro años sin noticias. Nos contamos los actos fallidos sobre la realización sentimental. Nos destartalamos en conversaciones que nunca acaban, nos preguntamos por antiguos amores, por todos los excesos. Diagnosticamos la locura, pedíamos cervezas y cervezas y más cervezas. Me conto, que de vez en cuando ve a Ricardo, pero que es eso, solo un ciclo del pasado. Me conto que se ha enamorado varias veces; que aquello era, su perniciosa adicción; nos suele ocurrir a los corazones a los sentimentales, alérgicos al destierro. Me afirmo que era menos zorra, pero la misma perra. Yo en cambio, le conté que estuve un tiempo enamorado, y que todo acabo como tenía que acabar; con alguien dejándome olvidado, en la orilla de alguna carretera intransitada. Rompimientos que me graduaban en la solterita eterna, que deje de hacer canciones, y en cambio solo escribía cuentos que me graduaban erróneamente en la misoginia de algunas mujeres. Le conté sobre la muerte de mi madre, los reproches de mi hija, y el vía crucis que deja la soledad.
Fue en ese instante de la conversación, cuando acerco una servilleta, le pidió un lapicero a la cantinera y con los datos que me había dado, me solicitó que le tratara de diagnosticar su soledad. Mientras ella salía a fumar un cigarrillo, yo me di la tarea de escribir lo que me parecía ser una temporada, en el quinto infierno de Dante.
Su soledad, era un hospital con las luces apagadas. El pabellón de pediatría sin navidad, ni villancicos. Una madrugada en la sala de espera de cuidados intensivos. Su soledad era un Dios que ya no creía en los milagros. Su soledad era un bar, justo antes de cerrar, era algo tan ideático como pagar la cuenta cuando aún se tiene sed. Una calle desolada, un peregrinaje a la habitación donde nadie te espera. Un orfanato sin canciones de cuna. Su soledad, era el romance muriendo de hambre y de sed. Un fétido lugar donde todo huele a mierda. Una madrugada con el lado vacío de la cama, más frio que nunca. Era ese lugar donde una botella de whisky no trae la solución. Su soledad era toda la melancolía, que un aprendiz de escritor, melancoliza de sus labios.
Cuando ella volvió de fumar, yo ya había rayado, tres o cuatro servilletas. Donde trataba de demostrarle que ese infierno que ella vivía, era muy parecido al infierno donde yo ya me había instalado, el mismo, que con esfuerzo se logra disfrutar. Mientras ella leía esas servilletas rayadas, yo me fui a orinar y a fumar un cigarrillo.
Cuando volví, ella ya había dejado de leer las servilletas. Cuando me senté y ordene dos cervezas, la mire a los ojos, ella se abalanzó sobre mí, y me dio aquel primer beso. Otra vez me vencí, otra vez volví a levitar de la silla, otra vez me sumergí en la suavidad de aquellos labios. Fue tanto aquello, que abusándome de la situación, cada instante, era yo el que me abalanzaba sobre su adictiva boca, mojándome de sus besos, su lengua, su saliva, sus manos en mi cabello. Me metía en sus abrazos, en sus caricias, en su sonrisa. Quería detener el tiempo, quería quedarme allí, quería pedirle perpetuamente, cervezas a la cantinera tatuada. Quería atarla a mi silla, quería traérmela hasta mi pueblo. Le pusimos buenas canciones a una rocola moribunda. Le leí el cuento que hace mucho le había escrito, recordamos mi canción que más le gustaba, le dedique tonadillas y en lo que menos me imagine ya era de noche, de nuevo.
Me llevo a caminar por la avenida central, le echamos monedas al sombrero de un grupo musical bastante bueno, visitamos un casino, más que todo para que ella pudiera orinar. Ella moría de frio y yo le di mi jacket para abrigarla. Ella me dio la mano para cruzar una calle. Ella se reía de mis chistes, yo me derretía al verla sonreír con su piercing y su pelo rojo. Ella me enseño la capital de noche, yo la quise conocer. Ella me hizo creer que cuatro años era mucho tiempo. Y al final yo también lo quise creer. Ella me prometió venir a mi pueblo lo más pronto posible, mientras nos despedíamos en un fugaz beso en alguna esquina de la avenida central. Ella me dio las instrucciones necesarias, para no perderme camino a la estación de autobuses. Ella se perdió en una calle transitada de citadinos, yo me marche, aunque no quería.
Esta vez no cogimos. Esta vez ella se marchó sola.
Mientras venia de regreso en el autobús, me prometí solemnemente, no dejar, bajo ninguna circunstancia quedarme de nuevo, con cuatro años sin saber de ella. Aunque no me coja, aunque no me bese. Yo viajare algunas veces a la capital, a toparme con ella. A cantarle mis canciones, a revisar cómo va el rompecabezas, a cantarle mis ultimas baladas, a leerle mis cuentos. A esperar que tenga el pelo azul o verde o morado. A estudiar sus tatuajes, a regañarla, a mirarla. A escucharle sus poemas de Benedetti, a desear ser, la rayuela donde juega al, intentar vivir.
Esta vez no cogimos. Ella no vino a mi pueblo. Pero valla que ese día, cuando me volví loco, y escape de mi ciudad. Valió la pena. Fue exquisito romper cuatro años de ausencia, fue exquisito encontrarla un día… que yo no buscaba nada.

poema

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