Un corazon sangrante

Diego López

 

 

De todas las canciones que he escrito, solo dos alcanzan a ser canciones de amor. Trato de mantener al margen, de los sentimientos y las armonías. Las letras son, heridas sangrantes, que no necesitan de besos, caricias, ni sentimientos. Es una bitácora dolorosa, de desencantos y derrotas. Son tazas de café frías, son olvidos y despedidas. Son vértigos, que danzan al borde de un abismo. Suicidas imágenes, que se estrellan contra el viento de la ausencia y la ansiedad.

Cuando los dedos se entumen, no logrando crear armonías, ni mucho menos gritarle las canciones, a las cuatro paredes de mi habitación. Me siento a escribir: que se yo, cuentos tal vez. Ser un cuentista, es como graduarme con honores en la derrota. Las historias que recabo, se inundan de personajes, figuras, y anécdotas, que se ahogan en el alcohol, sueñan con la masturbación, y caminan con la soledad. Asesinos que arrancan los ojos a las personas, cogen sin moral, o simplemente son, un desfile de alter egos, danzantes, queriendo comprender lo incomprensible. Escritos que ni a años luz se acercarían a ser textos románticos.

Sin embargo. Cuando no puedo ni escribir, ni cantar, ni beber, ni fumar. Me siento al frente de las cartas y el azar. Miento con destreza, a los revires de los tiburones gordos. Robo dinero. Gane o pierda, el premio siempre es la emoción. Esa adicción de sentir que una carta puede cambiar el entorno. Casi igual como lo hace el destino. Esa sensación, es el orgasmo de la lectura, del error y la decisión. Como cuando sentado en el bar, vez a la chica del escote y le tratas de adivinar su lenguaje corporal, para ver si en una simple apuesta, puedes llevarte el pozo grande.

Vivo orgulloso de mis letras trepidantes, mis cuentos lascivos, y mi ludopatía espontanea. Vivo tranquilo, declamando la derrota, redactando el naufragio, y apostando en las ruletas rusas de las sensaciones. Vivir el día a día, de la mano con la ley del mínimo esfuerzo, es mi zona de confort. Pero es triste, ver que todo se viene al suelo, cuando alguien, le pone un dedo al corazón. Me convierto en un completo idiota. Dejando en el perchero el sombrero, volviendo a los poemas y olvidándome de las apuestas.

La había visto un par de veces, en la barra del bar. Su agudeza de vista hacia un recorrido, a la cerveza de mi mano hasta su vaso. Me llamo la atención su estatura, el fuego de su boca, y el brillo de su piel. Más no quise más, que entablar una fría conversación, sin querer viajar al más allá de su personalidad. No quise saber de su vida, no me interesaba la verdad. Solo apreciaba su belleza, con la misma naturalidad que un soñador aprecia, una puesta de sol.

Un  domingo cualquiera, salía del trabajo. Me senté en la barra del bar, no quería más que una cerveza y olvidarme de la rutina. Escuchar tres o cuatro canciones de amor, y soñaba, que algún día seria yo el que la iba escribir. Valentina, entro al bar. Pude ver a través de la luz, que traía en sus manos el corazón,. Un frio saludo nos dimos, ella se sentó lejos de mí. Yo me tome dos o tres cervezas y el bar llego al punto del aburrimiento, así que acomode, mi jacket, encendí un cigarrillo, y me dispuse a marchar. Llegando a la puerta tropecé con ella, aun traía el corazón en sus manos, y podía notar como las gotas de sangre dejaban un camino por donde pasaba. Me dijo algo que no recuerdo, y cogió el cigarrillo de mi mano, y le dio una bocanada, una dulce bocanada. Luego de devolvérmelo, supe a lo que sabía su boca.

– ¿Sigues de fiesta? – pregunte al percatarme que el bar cerraría en cualquier momento.

– Eso quiero – dijo mirando mi rostro – pero no sé qué van a hacer mis amigos, yo la verdad no quiero llegar a casa, no me siento bien.

– Pues vamos – dije mientras sentía que mi corazón se quería salir por la boca.

– ¿Dónde? – pregunto.

– Donde el infierno quiera – dije.

Nos montamos en un taxi y nos largamos del lugar. A la madriguera, de ebrios y los lunes de amanecer. La noche parecía triste, y ella donde fuese que ponía el corazón, para descansar sus manos, este sangraba, ella secaba la sangre de sus manos en su ropa. Mientras la rocola ponía canciones tristes de su cantante favorito, yo pude notar las heridas de su boca. Eran finas cortadas hechas con papel. Nos pedimos otra cerveza y otra más, y otra más. La cantinera, nos estrelló la cuenta, era hora de cerrar, ella no quería volver a su hogar y yo sin entender ¿por qué? no me quería ir de su lado. Le propuse una madrugada de guitarras y nómadas conversaciones por la ciudad que ya dormía. Otra vez sentía que mi corazón se me quería salir por la boca. Pero ella acepto. Compre cervezas, y fuimos por la guitarra. En el camino ponía a prueba mi memoria y recordar algunas canciones que no fueran tristes.

Llegamos a mi hogar, ella coloco el corazón sangrante en la mesita de noche, se recostó en mis sucias sabanas abandonadas. Yo abrí dos cervezas, le di una, la cual nunca se tomó. Toque mi guitarra cante varias canciones, ella se fue poco a poco quedándose dormida. Quite sus zapatos, quite sus medias… ustedes me conocen, saben bien, que la quería desnudar completamente, y unirme a su cuerpo, pero algo más fuerte que el deseo y la gana, lo que me detuvo. Me senté en una silla al lado de la cama y la aprecie dormir. Era un cuadro realmente bello. Una quimera inexplicable. Después de un fuerte trago a mi cerveza, acerque mi boca a la suya, un deseo de besarla incontrolablemente sacudió todo mi cuerpo, mas respire profundo agachando mi cabeza y volviéndome a sentar en la silla, mientras pensaba en vos alta – No es de caballeros, besar los labios heridos –

Acabe mi cerveza, y tome la que ella no se quiso beber. Y la bebí. Tener una bella mujer en mi cama y no poder besarla golpeaba mi ego, mas sin embargo, tuve la certeza de sacarlo y dejarlo reposando al lado de su corazón sangrante; mientras escribía palabras en la hoja de su cumpleaños. Fumaba y escribía. Bebía y la miraba perdidamente. Hasta que sentí que por el ventanal, un amanecer me daba los buenos días. Me quite los zapatos y las medias, y me acosté a su lado, descalzo. Simplemente la abrase. Le rogaba a la cerveza que anestesiara mi cerebro y me hiciera dormir. Al rato me quede dormido.

Me despertó, un cálido tirón de mi cabello. Estaba cobijado por el más dulce de los abrazos, y la mañana estaba perfumada por un olor a mujer, casi olvidado.

– Buenos días – dije, mientras notaba de nuevo el tic tac del corazón sangrante en mi mesita de noche.

– Buenos días – dijo ella, preguntando la hora.

Conversamos como buenos amigos, un largo rato, serví dos tazas de café. Luego ella, recogió su bolso, yo le puse las medias, y amarre sus zapatos. Ella tomo el corazón sangrante y se lo volvió a colocar en el pecho. La acompañe a que tomara el autobús. Ella se fue.

Volví a mi casa, me tome una cerveza encendí un cigarrillo, y vi a mi ego acostado en la poza de sangre de aquel corazón, así que lo tome en mis manos y me lo trague.

Desde de ese lunes. Escribo poemas con algo de sentimiento, escribo canciones sin dolor, y los cuentos, mejor ni intentarlo. Deje de apostarlo todo a la pareja de ases. Deje de tenerle fe a mis mentiras de juego. Desde ese Lunes, Un terror acecha el pensamiento, haciéndome quedar inmóvil, inerte, amordazado, noqueado.

Ella volvió una vez, se enrollo de nuevo entre su borrachera y mis sabanas olvidadas, y yo… que les puedo decir, ya soy un caso perdido. Alguien después de mucho tiempo me volvió a tocar el corazón.

Algunas noches, la gata me descubre, dándole besos a la poza de sangre, que aquel corazón dejo en mi mesita de noche.

 

 

 

 

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