Poniendo a prueba la fe

La madrugada, con su eterno trajín de ruleta rusa. Todos los bares cerrados y una indomable sed, que me recuerda los errados estados de la sobriedad. Las mujeres bonitas, piropeadas de manera vulgar por los piedreros, que tratan de descifrar el delirium tremens del frio. En medio de la sombra proyectada por la luna. Siento la insensatez de los olvidos, rozar como brisa mi rostro, suspiro profundo y me enciendo una cigarrillo.

Mientras torpemente, camino tropezando con piedras pasadas. Resbalo tibiamente la mirada hacia el cielo, buscando estrellas, pero se dio por estar nublado, o así lo he querido ver. Más sigo creyendo que no necesito anteojos. De todos modos el mundo a veces se torna, en escala de grises. Un sacerdote hace cruces con palmas, mientras la iglesia está apagada y cerrada. Mientras la ciudad a esa hora, se desbarata en alcohol.

Pongo a prueba mi fe, mientras cierro los ojos y espero un milagro.

Rehusó a seguir esperando, y con la silueta de fracaso haciendo sombra en el suelo, me decido marchar a mi hogar. Y acá estoy, con una hoja en blanco, y la mente bloqueada y frustrada. Los dedos entumidos y tontos sobre el teclado errante. Mi corazón sin manos, sin sangre. Me sirvo una cerveza, me enciendo otro cigarrillo y entre el humo y el pánico, pienso en el porvenir, la necesidad, la erección y el hambre.

La soledad masculla, risas y burlas, mientras el alma tiene ganas de llorar. Mis ojos hace mucho tiempo se secaron, para dicho ritual.

– Al menos, el clima está caliente. Así que esta noche frio no tendré – me pienso mientras, sigo el análisis de palabras, a ver que puedo poner en el maldito papel.

Un ángel de ojos vivos y silueta femenina, se postra en el ventanal del recuerdo. Y mi mente me dice las palabras al oído:

– Deja la razón de lado, y se libre. Escribe. Hazlo, con malas palabras si quieres. Con orgasmo y eyaculación, con lujuria y masturbación. Solo escribe.

Cierro mis ojos, y la imagino a ella. Cuento los café, que nos hacen falta. Las tardes con el sol danzando, sus piernas, su piel, su escote. Su sonrisa dominante, su oído que escucha, y el abrazo protector, del cual no me quiero soltar nunca. Las sonrisas, mis canciones con la guitarra, mis escritos intentando, hacerle cosquillas a su corazón. Las películas independientes, en las tardes de invierno, el frio, la cobija y el olor de su sexo. Las despedidas, las noches y las mañanas. La cerveza que levantare brindando por ella. La seducción, la pasión, el llanto, el dolor, el vía crucis del quiero y puedo.

Los dedos se mueven, todo se va alineando. El alma se desata, en un extraño y olvidado romanticismo. Mientras escribo y escribo, imagino que tal vez ella: estará durmiendo, estará despierta, estará cogiendo, se estará masturbando, estará fumando, estará tomando, estará soñando. Pero está. En algún lugar, no me pregunten ¿Dónde? De saberlo iría corriendo a buscarla. Pero este juego, de soledad, placeres y sentimiento, no consiste en buscar. Me lo han enseñado: los años, los malos besos, los malos polvos, las lágrimas, las atrocidades que hace uno a veces con la seducción.

Ni tengo la más remota idea donde la volveré a conocer. Quizás, mientras paseo al perro, me fumo un cigarro, o choque conmigo en la barra de un bar. Tal vez, necesite de malos orgasmos, malos besos, y malas seducciones para seguir aprendiendo que no es cuando, la erección quiere, sino cuando la ventana del espíritu levemente se abre, entre el amanecer, la noche y la resaca. O en medio de esas letras cargadas de morbo, de derrota, de historias, de versos sin acertar.

Tal vez ni se parezca a como la imagino, tal vez ya hasta la conozca, tal vez ella en el protocolo del “bien como estas” aun no ha visto mi alma.

De lo que estoy seguro es que, mientras mi dedos se mueven, mi corazón sobre el teclado escupe sangre y sentimiento. Es que al final de cuentas no estoy tan solo sentimentalmente como quizás lo he creído.

Ella existe, y está cerca, tal vez asustada, tal vez equivocada. Pero existe.

Mientras camine, por la ciudad, de día, de noche o de madrugada, estaré alerta. Ella cruzara la calle, aparecerá con algún novio de la mano, o estará llorando en la barra de un bar por soledad. Estará deseando un poema, no tendrá planes para mañana, o estará comulgando domingo de ramos. Escuchara las mismas canciones que me estrujan el sentimiento, lee un libro de Bukowski, o llora por la última película que me hizo llorar.

Abro mis ojos, y estoy parado ahí, frente al sacerdote que hace cruces con palmas, y me doy cuenta, que la fe vuelve a mí como torbellino. Y el milagro se realiza; el prodigio de creer en ella.

Aunque no creyente, y casi ateo, el sacerdote, hace una cruz con su mano en el aire, me entrega su bendición, se marcha dejándome ahí.

Sin ganas de volver a poner a prueba mi fe, pues es bien he de saber, que la esperanza, a veces la escribo, a veces a imagino, y a veces se torna en forma de extraña mujer, que aun no conozco o quizás sí. Pero sé que está cerca y que vendrá a abrazar toda esta soledad, que cargo conmigo, en las madrugadas donde la ciudad, juega a la ruleta rusa con el destino.

 

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