El indigente y la princesa

El indigente y la princesa

Diego López

 

Había una vez un indigente. Era yo.

Estaba derrotado, muriendo de goma, en la esquina sucia y mal oliente del bar. Mendigaba ratos de compañía, pero todos huían a mi pesimismo. Imaginaba conversaciones a las botellas que se vaciaban con mucha rapidez. Había amanecido en el charco de mi último vomito. Debí haberme sentido muy solo en esa época, ya que tenía más de un mes de no conocer la sobriedad. Aquel bar se reservaba el derecho de admisión, sin embargo, yo era un buen tipo, con mala reputación. Por eso, si no le hablaba a nadie; en especial a las chicas, dejaban que me quedara, tomando en ese lugar.

Escribía algo sobre una servilleta, con un lapicero prestado por el Bartender. Las letras difuminadas decían algo como…

“he perdido tanto, por mi malas decisiones, confesiones o actos que he dictado, cuando estoy, distraído, tal vez, esperando, solo un poco de tiempo, que la impaciencia vomita…”

Aquel lapicero se quería suicidar, yo quería solo una oportunidad, que en mi letargo alcohólico no llegaba. El bar estaba lleno, como si fuera sábado por la noche, o tal vez lo era. Salí a fumarme un cigarrillo, para ventilar un poco las ideas.

Mi alma tenía sed, solo quería tomar cerveza; esa anestesia, para dolores que no quiero enfrentar. Mientras pensaba en curar mi embriaguez, dos chicas se sentaron en la esquina mal oliente del bar. Una era extranjera, lo supe por el color de su piel y su manera de vestir. La otra era Medusa. La bautice así, porque desde la lejanía, cuando alcanzo a ver mis ojos me petrifique. Ella al quitar la mirada de mis ojos, voltio a ver, la servilleta rayada, al lado de una cerveza vacía, volvió a buscar mi mirada, y ella misma sintió, como me convertía en piedra. Luego, sin mucho preocuparse, alejo la cerveza y la servilleta y ordenaron dos de los cocteles más caros del lugar, iniciando alguna platica.

Ingrese al bar. No quise dirigirme a la esquina mal oliente del bar. Intente ordenar una cerveza en el centro de la barra, donde se sientan los hijos de papá, pero el barman sugirió que lo molestara en otro lugar:

– Diego, su lugar es la esquina.

– Pero está ocupada.

– Me vale una completa picha, en la esquina o no te vendo.

Me dirigí hacia la esquina, cuando la sed no entiende de desprecios ni humillaciones. Al acercarme Medusa con su cabello, oloroso a champú fino, no noto mi presencia, ni tampoco la chica extranjera con una conmovida historia que no alcanzaba a entender. Levante mi mano tímidamente entre el medio de las dos chicas:

– No me moleste a las señoritas mal nacido – dijo el Bartender, haciendo que rápidamente bajara mi brazo, como perro regañado.

– Dame una cerveza, prometo no molestar – dije con la voz entre cortada.

– Ok, pero hágame el favor y se aleja de ellas por favor, no me haga llamar a seguridad.

El Bartender, me quiere, nunca trata de hacerme sentir mal, solo que él sabe que no calzo en ciertos lugares. Pero igual me vende, es mi amigo, no es su intención humillarme. Eso es lo que quiero creer todas las noches, que sus gritos me asustan.

Medusa volvió a ver mis ojos y de nuevo, sentí volverme de piedra. Sentí que su pelo de serpientes, oloroso a champú caro, me abrazaba entre su aroma. Esta vez tomo la servilleta, la leyó y la guardo en su bolso. Yo tome la cerveza y me aleje de ese lugar. Me senté en el suelo, en una esquina del bar donde nadie se percatara de mí. Sin embargo, siempre tenía una vista panorámica hacia Medusa. Pude ver cada vez que sonreía, cuando le prestaba atención a la extranjera de las historias diferentes, como pedía cocteles y más cocteles. Como su noche en el sub mundo se hacía cada vez más interesante.

Fue cuando de pronto, tomo el bolso y saco la servilleta. Se la mostro al Bartender como preguntándole por el autor de las palabras. El Bartender se sonrió de  manera burlista, busco por el bar mi presencia. Pero donde yo estaba sentado en el suelo no me alcanzaba a ver. Así que como que conto un chiste, recibió la tarjeta dorada de la chica, se cobo la cuenta y Medusa se marcho. Su pelo de serpientes se movía con en el soplar del viento. Llame a la salonera le di dinero para pagarse mi cuenta, y cuando el Bartender se descuido me marche de ese lugar.

A los días volví al bar. Otra vez en fase derrotada. Con mucha sed. Me senté en la esquina de siempre, pedí una cerveza.

– Sin aspavientos – dijo el Bartender.

Ese día parecía ser martes, no había mucha gente en el bar. Tome otra servilleta, y volví a pedir prestado un lapicero suicida que quisiera escribir. Me dedique a escribir. ¿Qué? no lo recuerdo. Mientras me debatía en imágenes y sentimientos, en letras y pasión. Un oloroso perfume se sentó justo en el espacio vacío, que tenia al lado. Nunca nadie se me sentaba al lado. Era Medusa, esta vez volvió sola. Pidió una cerveza. Me extraño que no le asustara mi olor, ni mi pelo, ni mi apariencia. Se sentó natural, como si nadie hubiera en la esquina mal oliente. Yo inteligentemente esquivaba su mirada, pues no quería volverme a convertir en piedra. Mientras pedía otra cerveza sus ojos se clavaron en los míos.

– ¿Eres el autor de lo que está escrito en esta servilleta? – Pregunto mientras sacaba la servilleta rayada de su bolso.

– Sí, soy yo – dije muriendo de miedo y vergüenza.

– ¿Puedes acompañarme a fumar? – Pregunto.

– Sí, claro – deje lo que estaba escribiendo y salimos a la acera a fumar.

Me dio un caro cigarro norteamericano.

– Sabes me encanta tu forma de escribir. Me llego al alma. ¿Tienes algo publicado? – pregunto.

– No nada – respondí con la mirada al suelo.

– Pues deberías, eres un muy buen escritor.

– No lo creo, escritor es aquel que ya tiene algo publicado, yo solo, sigo una pasión por evacuar, lo que atormenta al corazón, es algo así como cagar.

Al decir esto, sonrió, se acerco y me dio un abrazo. Tenía más de 15 años de no recibir un abrazo de nadie.

– Entremos, tenemos mucho de que platicar. Esta noche pago yo –  dijo la chica, la mire a los ojos y esta vez me volví de piedra por voluntad propia.

Ingresamos, y la noche fue una larga y tendida plática. Supe que ella era la hija menor del alcalde del pueblo. Nacida en una exuberante cuna de oro. Creció en medio de una piscina de lujos, dinero y comodidades. Y ahí estaba, platicando conmigo, entretenida por cada historia que contaba. Su vida se la pasaba de viaje, vacaciones tras vacaciones: Paris, New York, Dubái, Can Cun. Miles de tarjetas para consumir, y una belleza extrema que era en realidad lo que me hacía sentir pequeño. Era tarde el bar estaba cerrando, así que se ofreció  a llevarme a casa. Me monte en su auto último modelo, pregunto donde vivía y mentí, le dije que cerca del hospital, cuando en realidad vivía al otro lado de la ciudad, en el barrio más peligroso de la ciudad. Me dejo cerca de una casa que vi accesible a mi mentira, al bajar me pidió la ultima servilleta que había llenado de palabras. La misma que no recuerdo que había escrito. Se marcho y yo camine 40 minutos cruzando la ciudad y volviendo a mi hogar real.

Un día mientras me fumaba un cigarro en la pulpería de la esquina. Su carro estaciono.

– ¿Crees que un tipo como tú me puede engañar con la dirección de tu casa? Vamos móntate –

Me quede nuevamente petrificado con el poder de sus ojos. Pero de igual manera me monte en el auto. Vamos te llevare a mi casa. Me llevo a la casa más lujosa de las lomas. Me invito a pasar.

– ¿Y tus padres? –  pregunte con miedo y desconfianza.

– Fuera del país. Ya sabes viaje de negocios.

Ingrese, nos sentamos en una mesa del balcón. Puso una botella de whisky caro, tomamos y tomamos hasta la embriaguez. Hablamos de sentimientos, música y arte. Me conto que su soledad es igual a la mía pero en estratos sociales diferentes. Ella sentía vacio en sus lujos, yo sentía lo mismo en mis pocilgas. Luego se acerco y su boca se comió la mía. El calor del alcohol hizo que la ropa cayera al suelo, y que el resto de la noche fuera, una liturgia de sexo, placer y pecado. Cogimos en varias estancias de aquella lujosa casa. Era una fiesta, era mi fiesta. Me veía corriendo de un lado a otro desnudo con la botella de whisky en una mano, y el lapicero suicida en la oreja. Amanecí abrazado a su cuerpo suave, oloroso a loción, y su pelo lleno de serpientes que se enroscaban en mi cuello. Ella despertó hizo café, sirvió dos tazas, y con una camisa de las que papa usa en la asamblea, se sentó y me sugirió quedarme con ella. Me prometió publicar lo que escribo, financiar mi carrea como escritor, prometía que el dinero nunca faltaría, que tendría todo al alcance de mi mano. Que lo único que pedía era amor.

La mire, con lastima y le dije mirando sus ojos y por primera vez no volviéndome de piedra:

– No podría aceptarlo. Nada de esto es lo mío. Nací en las madrigueras, crecí en las madrigueras, y si me hago escritor publicado quiero empezar en las madrigueras. No podría vivir con nada de esto. Así no funciona el mundo. Hay cosas que el dinero no alcanza a comprar y una es el amor. Soy un indigente alcohólico, que toma por compañía, me gusta vivir en ese lugar donde ni el cielo te asiste. Gracias por tu sudor, gracias por tu pasión, gracias por el whisky caro. Pero me marcho a ese lugar, a aquella esquina mal oliente, donde el Bartender que me quiere me grita y me desprecia, es ese mi lugar, y me marcho en nombre del amor…

Y volví a indigencia, quedando claro, que por más atracción hay relaciones que no se pueden contactar. A los días conocí a una mal oliente borracha que escribía en una servilleta. Hicimos un rincón en la esquina mal oliente de aquel bar.la silla no volvió a permanecer vacia. El Bartender también la trataba mal porque la quería. Hicimos un nido de servilletas rayadas y sueños de libros publicados. Siempre faltaba un poco de dinero para pagar las cuentas. Pero éramos felices. Nos amamos hasta el cansancio, luego todo termino, ella se marcho a mendigar a otra cantina y yo me quede, en el bar solo de nuevo. Cuando de nuevo la chica adinerada se presento, me dio una servilleta que decía…

“En nombre del amor doy lo que tengo que es nada; aunque la escases me quiera vender, no me vendo, soy zorra mas nunca, una puta, no hay dinero que me pueda comprar”…

La chica se caso con un colega mendigo que escribía versos en el bar de la par. Yo seguí pidiendo cervezas en un bar donde el Bartender me grita porque me quiere, y no hay forma que sienta otro cariño más sincero que ese.

 

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