Distarido

Distraído
Diego López

El bus paso mientras estaba distraído.

Observaba el contorno de aquellas piernas marfiladas. Soñaba con un momento en la seducción. Mas aquella chica, vestida de ejecutiva, estaba más preocupada por su oficina, que del olor, que se asomaba por su cabello, con cola de caballo.

Yo la miraba, la deseaba en cada rincón de este cuerpo solitario. Quería hundirme en sus besos. Tomarla de la mano y decirle – a la mierda la oficina – vamos a caminar y ver el nuevo atardecer. Olvidar los itinerarios, los deberes, olvidar que era martes. Hacer una fiesta, de lejanas compañías y nuevos encuentros. Tomar una cerveza, tocar alguna canción, ver como se podría escribir una nueva historia.

Pero seguía siendo un invisible para ella. Ella solo tenía tiempo para su laptop, el teléfono celular; que no paraba de sonar, y su reloj que le recordaba cada 15 segundos que le agarraba tarde para otra reunión. Y yo ahí, sentado, mirándola, esperando un autobús que ya había pasado. Me imagine su vida, la imagine con esposo, y sin hijos. Con la lata de sobresalir por su inteligencia, y no por los dotes de su escote. Luchando por el puesto: mas por su capacidad, que por su belleza. De ahí, debe venir el odio, que le tuvo a aquel albañil, que la piropeo mientras ella buscaba su agenda en el bolso.

De pronto, nuevamente su teléfono sonó. Se levanto con la laptop abierta y encendida. Luchando por qué no se le callera nada del desorden que tenía en los regazos. Al pasar justo a unos centímetros de mí, pude oler su perfume. Vaya que olía bien – Paris Hilton debería estar orgullosa de su marca – justo en mis pies, cayó el envoltorio de su chicle. Lo junte, lo olí.

Pregunte por el bus que iba a Olvidos y una viejecita simpática dijo:

– Hijo, pasó hace 15 minutos, mientras usted con cara de baboso miraba a esa muchacha, el próximo sale hasta dentro de un rato, no te queda más que esperar.

Guarde el envoltorio del chicle, me recosté en el banco de la parada, sonreí levemente, y le compre el periódico a un niño que pasaba.

Me dio tedio tener que esperar, por otro autobús. Así que puse mi fe, en una nueva distracción que me hiciera viajas a Olvidos. Sabía que perder ese autobús, era igual que perder una buena oportunidad. La vida, la veo a través de un cristal como un cumulo de buenas y malas decisiones. Las malas decisiones no son tan malas, simplemente son acciones que tomamos mientras estamos distraídos. Al final en este camino no nos queda más que dos cosas: el dolor y el placer. He tratado toda mi vida en aprender a disfrutar del placer, y no creer que sea un pecado, como lo dicen en Roma.

¿Y del dolor? Que puedo decir, es ese algo que me hace sentir humano.

Así que me llene de paciencia, para esperar el próximo autobús que va a hacia Olvidos. No creo que una oportunidad que se pierde no vuelva más. Eso fijo también lo inventaron en Roma.

Saque mi libreta triste de apuntes. Extendí el envoltorio de aquel chicle, y me puse a escribir. Una viejecita con una pesada bolsa se sentó a mi lado, olía a vida, a verdad. Podía tener unos 85 años. Mientras la miraba, ella acomodo su bolso lleno de mandado al lado, me miro sonrió y dijo:

– Buen día joven.

– Buen día abuela – le respondí.

– Eres igual a un novio que deje de ver en el 53… viví cosas maravillosas con él.
Se acomodo como para contar muchas venturosas historias olvidadas y yo me volví a distraer.

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Un pensamiento en “Distarido

  1. parafraseando a Facundo, hay quienes no llegan a tiempo a ninguna parte, pues la felicidad siempre les distrae

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