Destruyendo Leones

Destruyendo leones
Diego López

– ¿Hace cuanto no haces esto? – Le pregunte a mi imagen en el espejo, mientras alborotaba aleatoriamente, mi cabello embarrado de gel.

Se sentó una noche en la barra del bar donde trabajaba. En muy poco tiempo, le puse atención a su cabello rojo, sus flameantes ojos y una sonrisa hermana de mis dientes. Esa noche fue mi mejor cliente. Mi trabajo dejo de ser, un predicamento de muchas horas, disfrutaba estar detrás de la barra, servirle la cerveza y apreciarla radiante, junto a su compañía. Desde esa noche supe, que yo quería ser, alguna tarde, su compañía, aunque fuera una noche. Así que tambaleé los astros, busque de mejor forma que se alinearan con mis nubes y tormentas. Y por entre la rendija de un descuido, me decidí.

Una de esas tardes, donde la valentía haría de ti, liarse con leones hambrientos. Busque la forma de invitarla a salir. Alérgico al rechazo, solo le pedí que me rechazara cinco veces. Más acepto el café, en la primera de tanteo. Impactado frente a la respuesta afirmativa, encendí un cigarro, serví una taza de café, y me repetía constantemente – ¿En qué te has metido? – Dibuje un guion sobre lo que iba decir de mi personaje – mucho tiempo, el malo, de una película sin villanos – también sabia, que todo lo que ensaye antes de aquella noche, se me iba a borrar en el primer instante, de volver a clavarme en aquella mirada.

Los días pasaban en cámara lenta. Ya se había pactado hora y lugar. Aquella sensación de caída al vacío, se hacía, cada vez, más intolerable. Pensé, varias veces en desertar, pero las ganas de ganarle a los leones me mantuvieron en pie. Fueron noches de insomnio. Alucinaciones, planes, estrategias. Hasta que la noche llego, sin antes vivir al borde de mis ataques de pánico, en una de las tardes más largas de mi existencia. Las cuales anestesié con dos cervezas justo antes de las 6:30.

Pase por ella en taxi. Y en efecto, justo cuando ella salió de su casa, se me olvido todo lo planeado. El revolotear de su cabello, hipnotizo mis palabras, su mirada seguía siendo la misma, su sonrisa se dibujo en las imágenes temerosas de mis pupilas ardidas. Antes de que se acercara pude sentir su aroma, mis manos sudaban, mi corazón literalmente se detuvo.

En el momento más agónico de mi ansiedad, solo alcance a sonreír. Nada más que sonreír.

Visitamos un bar poco concurrido, plagado de música rock y muy poca luz, cual como a ella le gusta. Pedí dos cervezas, y justo cuando las pusieron en la mesita esquinera, mande todo a la mierda, y me dedique a mirarla. Estudiar cada uno de sus movimientos. Llegue a la conclusión, que conocer a una chica como ella, es igual a viajar. Llegar a bellas ciudades, cálidas, cargadas de sorpresas. Fachadas de edificios arquitectónicamente perfectos, como sus ojos, sus labios y sus gestos. Me fui relajando, en el trajín de su mirada, fumamos y comimos, además de beber y reír. La ciudad me gustaba mucho, la verdad. Busque entre versos y poemas, encontrar un hotel donde quedarme como turista o ciudadano. Dibuje su cabello con mis dedos, naufrague mi mirada en sus historias. Me olvide de mi edad, y me deje los 24 años.

Fue una velada fantástica, de conversaciones inteligentes, vacios de panza. Me sentí poeta, escritor, mortal de sangre azul, y después de mucho tiempo, me sentí caballero. El tiempo se detuvo, baile en mi mente “Slowly” reescribí el “No te salves” mientras Benedetti brindaba conmigo. Me acerque a las estrellas, fabrique rosas con servilletas, cante canciones sin guitarra, y declame poemas que ya no me sabía de memoria.

La hora de la cenicienta, tristemente se asomo. La lleve de nuevo a su castillo. Casi sintiéndome seductor jubilado, solo alcance a pedir un abrazo. El taxi se alejo de su barrio, yo fui por dos cervezas de mas, mientras cantaba en un improvisado escenario como todos los miércoles, debatía entre humo y canciones, las sensaciones, y la sonrisa tatuada de compañía que mi cara se grabó, después de las 6:30 de una noche muy poco común.

Al acostarme y no poderme dormir, mirando el cielorraso e imaginando su rostro durmiendo, sentí miedo. Al concebir esto que no sentía desde el momento que alborotaba mi cabello embarrado de gel.
Después de aquella noche, no volví a saber de ella. Pero algo en mí después de aquella noche despertó.

¡Sí! Me di cuenta que, aun puedo destruir leones.


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