Asaltado

Asaltado
Diego López

Que en mi pueblo asaltan, es una leyenda urbana. Que lo diga yo. Que he toreado, las calles en las peores horas del delirium tremens. Donde camino en la “zona roja” repartiendo tejitas, a cuanto desesperado me topo. Después de cerrar el último bar. Esos fines de semana, de muchas cervezas y nada de seducción. Donde abordar un taxi se convierte en cobardía, y caminar en el desamparo de las estrellas y el frio de la madrugada, es el único consuelo, antes de ingresar a una cama de sabanas vacías y cobijas frías. Aun así, nunca he sido asaltado.

Una noche, aburrido caminaba de bar en bar, buscando un rato de distracción. Había visitado varias madrigueras de soledad, tropezando con las mismas historias de sábado por la noche. Descubriendo el ¿Por qué? prefiero los miércoles tristes, de escenarios improvisados y cantos etílicos. Deseando haberme quedado en casa, marginando palabras, en el destino de otro cuento sin nocaut. Casi había decidido marcharme, cuando concluí asomarme a la cantina de la rocola triste y el sabor oriental.

Al llegar, vi como la diversión se quería guindar de la cercha, la dignidad pedía monedas en una esquina y la rocola solo daba canciones de Arjona. Antes de que la luz de neón me tocara los hombros, di vuelta y me salí del bar. Solo quedaba: un poco dinero en la bolsa, una cerveza tibia, unos cigarros y la imagen de una hoja en blanco, gritándome:

– Ven que te cojo –

Mientras encendía el cigarro, una voz algo sensual me dijo por la espalda:

– ¿Me regalas un cigarro?

Al voltear me estrelle con unos ojos ardidos, una bufanda, reservando un escote de senos flameantes. Una boca profesional en el sexo oral por complacencia y una seducción tan llamativa que se me hizo inútil negarle el cigarro. Mi mano temblorosa saco mi paquete de cigarros y se los ofrecí.

– Uy que ricos son estos cigarros – dijo la nena, mientras tomaba un cigarro, mientras me penetraba dardos en mis ojos con sus ojos.
– Son los mejores – dije mientras preparaba el encendedor y le sentía la mirada.

– Gracias caballero – dijo la chica agregando – me acompañarías a fumarlo conmigo.

– Claro cómo no.

– Pero ven hagámonos un ladito, huyamos de este escándalo horrible, contemplemos las estrellas, dejémonos seducir por esa luna hermosa, la noche, la vida – decía mientras me tomaba de la mano y me apartaba unos metros de la entrada mal oliente del bar.

– Mucho gusto, Andrés Nostalgias – dije mientras le extendía la mano caballerosamente.

– Igual, Johana, para servirte en lo que desee.

– ¿Eres de por acá? – pregunte sin saber ni que decir, mientras le apreciaba su estatura, y sus largas piernas hechas torniquete.

– No, vengo del pecado, me inclino a los deseos, tal vez, soy sobreviviente de Sodoma – decía esto mientras su cuerpo se acercaba al mío de una manera sensual, provocativa, creando el primer conato de erección, en este pantalón destinado al abandono.

– Del Pecado, divinura, no sé nada, pues no creo en el. El deseo, es el único precio, que tienen estas madrugadas mal habidas, quizás, fuimos vecinos alguna vez en Gomorra.

– Eres arte, eres bello – me acaricio la barbilla acercando peligrosamente su boca – sabes, me puedes llevar donde tú quieras, y hacerme tu pecado, solo me tendrías que pagar la cuenta en el bar y yo a ti te pago de la mejor manera que sugieras, estoy apta para cualquier acto, el que quieras. ¿Tienes carro?

– No princesa, no tengo carro, ni tengo dinero, créame que de tener alguna de esas dos cosas, estaríamos zambullidos, en el lago del infierno que tanto nos han prometido, pero acabas de tropezar, con un pobre diablo escritor desocupado, que lo único que tiene en este momento es una erección insoportable.

– ¿Pero tienes para pagarme la cuenta? – al decir esto un lengüetazo abordo mi boca, humedeciéndola de su saliva teñida de guaro, y aromatizada de tabaco –

En ese momento ya me había separado del bar unos cuantos metros estaba en un oscuro rincón, agarrado de la verja de una casa abandonada, y su mano masturbándome por encima del pantalón. Justo al frente estaciono un auto, apago las luces y nadie se bajo. Miraba esto mientras su boca se comía a la mía, y su mano torneaba suavemente mi miembro.

– Dale paga la cuenta, y me llevas a sacarme este fuego que me está quemando – decía mientras, se tocaba sus senos de manera erótica y volvías a consumir su boca en la mía y su mano volvía a mi premeditada erección.

Estuvimos largo rato en ese hermoso proceso, de palabras besos y caricias, pude tornear sus piernas con mis manos, me dejaba acallar por aquel beso húmedo y oloroso. Su cuerpo se restregaba con el mío.

Sus manos acariciaban con el tacto del fuego, yo me sumergía en su agitada respiración. Cuando estaba a punto, de meterme en esa cantina, y pagar lo que se tuviera que pagar y quedarme escribiendo en su cuerpo desnudo, una sombra caminaba por la misma acera, al mirarnos dijo:

– ¡Andrés! Mi chiquito, ¿Qué me cuenta todo bien?
Despegue mi boca de su lengua ardiente, ella trato de ocultar su cara en mi hombro. Era “Flaco”, un taxista algo famoso de la zona:
– Todo bien Flaco – dije mientras con la mirada ofrecía que me dejaran solo.

– Lo veo muy acompañado, pero ¿Quién es esa dichosa? – Decía mientras buscaba verle el rostro, al lograr observarlo la reconoció – ¡Ah! Pero es la zorra de Johana, ¡Diay! mi chiquita se pego la lotería con este galanazo.

– Hola Flaquito – dijo Johana algo desmotivada.

– ¿Qué se había hecho, perrita, rato de no verla?

– Por ahí he estado.

Se despego de mí, se acomodo el pelo y la ropa, me extendió la mano y dijo recuperando la sensualidad de su voz:

– Bueno mi chiquito, fue un placer conocerte, espero encontrármelo pronto, cuídate y gracias por uno de los ratos mas ricos de esta noche.

Se marcho, me dejo ahí junto al Flaco, y mi erección. Mirando como se montaba al carro que rato antes se había estacionado, justo al frente. Este acelero y se perdió en la siguiente esquina. El Flaco sonrió diciendo, mientras miraba el carro perderse:

– Es una completa cucaracha, pero si esta rica ¡esa gran puta! Mae Andrés tenga cuidado, un día de tantas, por templado, lo van a dejar chingo tirado en el crematorio.

– ¿Por qué es peligrosa?

– ¿Cómo, usted no sabe quién es ella?

– No la verdad – estaba algo confundido, siempre que me erecto me confundo.

– Te pidió un cigarro, te hablo rico, te pregunto si tenías carro. Te pidió que le pagara la cuenta, que te fueras a culiar con ella… ¿Cierto?

– En efecto.

– Pues si Andrés, te querían asaltar.

– ¿Y usted como sabe?

– Sabe mamar como una reina, lástima que ella y el mae del carro te asalta antes de que logres eyacular, te dejan asustado aguevado y con los huevos hinchados. Yo caí, pero vos sos más inteligente, créame que es un buen polvo pero no vale la pena que te asalten cuando estas con los pantalones por las rodillas. Pero con la templazon que me manejo, dejo que me asalte las veces que quiera.

Flaco y yo ingresamos de nuevo al bar. Le invite a una cerveza, conversamos un rato y luego me marche, toreando de nuevo la madrugada. Sigo pensando, de que eso, que en este pueblo asaltan es una leyenda urbana.

Aunque si, hoy estuve a punto, si hubiera tenido carro o dinero, me voy con todo. Pero solo tengo ahora, una hoja en blanco gritándome:

– Ven que cojo, ya tienes algo que escribir.

Al menos, ella no me asalto nada, pero yo si me gane dos erecciones. La del momento y la de antes de dormirme acordándome de su boca que tomo mi boca por asalto.

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