Consanguineidad

Consanguineidad
Diego López

Estoy sentado, esperando frente a la hoja en blanco. El cansancio, me arruina las ideas que tuve durante el día. Las yemas de mis dedos tiemblan de ansiedad, acariciando con seducción el teclado. Siento miedo. Le doy una bocanada a un cigarrillo moribundo. Solo pido un párrafo, solo una idea que me haga dormir tranquilo. No quiero otra noche más de insomnio, mirando el cielorraso imaginando como pudo ser ese escrito, que olvidé antes de escribirlo. No quiero dormir solo tres horas, y volver a mi trabajo. Sentir las ideas que juegan al escondite, verlas como se burlan de mí, pues tengo un trabajo de doce horas, y unas ganas de escribir, tan increíbles, como las ganas de un buen cuerpo desnudo, esperándome, con los deseos abiertos.

Un torrencial aguacero atrapa la madrugada. Recuerdo que era ese, el momento más pleno para quedarse dormido. Pero esquivo los llamados de mi cama, sin antes presentar mis palabras en el texto. Las mismas que no llegan, cigarrillo tras cigarrillo me fumo el tiempo. Decido salir al corredor a apreciar la lluvia. Tal vez las gotas estrelladas contra el pavimento, traigan consigo las ideas.

Un taxi estaciona justo al frente de mi casa. Debajo de la tempestad de agua, baja una señorita triste. Carga consigo una maleta. Esquiva un poco el aguacero refugiándose en un pequeño techo en la acera del vecino. Da la imagen de estar perdida. Calculo unos 24 años. Abrí el portón, asome mi cabeza y le pregunte:

– ¿Puedo ayudarte?

– Mira si busco la casa de Javier Nostalgias.

– Bueno si es mi padre, pero él no se encuentra. Pero ¿Qué se le ofrece?

– Soy su hija.

Nunca mi padre me había hablado de una hija. Por mucho tiempo pensé, que era el único de su estirpe. Aunque mi escepticismo no lograba creer tal historia, pero el aguacero era inclemente, y la pobre se notaba un tanto asustada.

– ¿Quieres pasar?

– ¿Cuanto tardara tu padre en llegar?

– No sabría decirte, salió a pasear al perro.

– Es un poco tarde, mejor vuelvo mañana.

– ¿Vienes de muy lejos?

– Si.

– ¿Tienes donde quedarte?

– Estaba pensando que me recomendaras un buen hotel.

– Si quieres te quedas acá, hay una habitación para visitas.

– No quiero molestar, de verdad te lo agradezco, dame la dirección de algún hotel.

– Insisto a que te quedes, es tarde y la ciudad es peligrosa.

Aquella mujer se quedo mirando fijamente mis ojos por un momento, trataba como adivinar mis intenciones, asegurarse que yo de verdad era el primogénito de los Nostalgias. Yo me aterraba de ver aquellos ojos oscuros. Su mirada asustada era idéntica a la mía.

– Bueno, espero que tu padre no dure mucho, esto no es fácil para mí.

– Tranquila, tal vez vuelva en menos tiempo de lo esperado – dije mientras me ofrecía a llevar su maleta.

Se sentó tímidamente en el sillón de la sala, me fui a la cocina. Chorree un pichel grande de café, pues presentía que la madrugada iba a ser un poco larga, y en vela. Le di una taza, tomo un poco tímida, su cara era inocente, radiante, extraviada.

– Linda casa – dijo mientras la observaba como fotografiándola con sus bellísimos ojos.

– Gracias, es difícil tenerla en pie, ya sabes dos hombres solos con poco tiempo.

– Eres el escritor, según me han contado.

– ¿Quién te ha contado?

– Alguien, que no habla bien de los Nostalgias.

– Pues quien es esa gente.

– Mi madre.

Ni mi padre, ni yo, tenemos buena referencia, por los romances inconclusos. Así que mejor cambie de tema, antes de escuchar, los listados de reclamos que nos han dejado, tanto a mi padre como a mí, la terrible adicción a los besos mal habidos, y el odio frenético a los condones. Al menos yo he topado con suerte. Mi padre más de una vez ha tenido que inyectarse penicilina. Yo he gastado más en pruebas de embarazo, y exámenes de enfermedades de trasmisión sexual, que en condones.

– ¿Quieres mas café? Pregunte, mientras me levantaba del sillón.

– No, prefiero que me lleves a la habitación, sin antes y ¿Si no es mucha molestia? Me prestes el baño, ya que se me hace imposible, dormir sin bañarme antes.

– Claro, deja y te consigo un paño.

La lleve a donde quedaba el baño, le di el paño y un jabón nuevo, sin antes asegurarme que no hubieran bellos tirados por el piso. Al cerciorarme, del aseo del baño, la invite a pasar.

– Te espero, estaré en la cocina tomando café. ¿Tienes hambre?

– No, no te preocupes.

Me serví otra taza de café. Me senté en la mesa a analizar lo que estaba sucediendo, justo cuando el tubo del baño empezó a sonar. Algo me hizo levantarme de la mesa e ir a la pared donde se que se cuelga un cuadro hecho, hace décadas por mi madre, lo quite, y ahí estaba aun el hueco, por donde hace mucho tiempo espiaba a mi prima Inés. Mi ojo se acerco al agujero, mi alma pendía de un hilo, a lo mismo que mi moralidad. La empecé a observar cómo se enjabonaba, todo su firme cuerpo, sus senos eras fuertes, aun no habían cedido a la gravedad, su piel morena, brillaba al caerle el agua tibia. Mi corazón latía como caballo de carrera, mi ojo se abría en el deleite del cuerpo desnudo más hermoso que haya visto, jamás. Detuve mi observación, cuando el alma me revolcó en culpas y prejuicios. Así que de nuevo coloque el cuadro de mama y volví a la mesa por el café. Pasaron unos minutos, cuando ella salió. Me busco en la cocina mientras aun se secaba un poco el pelo. Me dio la toalla, sonrió y me agradeció un poco mas confiaba.

– Entonces ¿Dónde Dormiré esta noche?

– Deja te llevo.

Ella cerró la puerta, yo volví al escritorio, a la maldita hoja en blanco. Trataba de escribir, pero el recuerdo de aquel cuerpo desnudo, me desconcentraba. Empecé a recordar aquel instante, donde mi ojo ultrajaba su intimidad. Me olvide de la moral. Recordaba el agua recorrerle el cuerpo, sus pechos firmes, su pelo mojado adherido a sus hombros. Y junto con el maullido de un gato, empecé a masturbarme, en nombre de los recuerdos, más sucios hacia mi media hermana. Justo cuando el vacio en el estomago se hace real, y las imágenes con los ojos cerrados se convierten en espejos. Sentí una presencia justo en mi espalda, y era ella. Detuve abruptamente el acto, muriendo de pena. Me tape con prisas, y ella en lugar de marcharse, se acerco diciendo:

– ¿De modo que así es como escribes? Por un momento pensé que utilizabas otro tipo de teclado.

Mi silencio se hizo abrupto. No quise voltear a verla. Sentí que no tenía cara.

– ¿Sobre quien escribías? – Dijo mientras se acercaba.
Asustado la mire y con la luz del monitor del escritor, vi que su bata estaba un poco destapada. Coloco sus dos manos sobre mis hombros.

– Dale dime, ha quien iba dedicado ese escrito de respiración y placer.

– A ti – Dije con la voz más valiente que encontré, mientras miraba sus flamantes ojos, casi mis ojos.

– ¿A mí, tu media hermana? No eres más que un maldito escritor, enfermo y pervertido.

Sus labios se unieron a los míos. Sentí levitar de mi silla. Se me olvido, la moralidad, la decencia. Solo abrí mi boca y sentí el fuego de su lengua. Mi mano se metió debajo de su bata, y su cuerpo tibio, puso piel de gallina. Mis dedos recorrieron los contornos de sus nalgas firmes, mientras ella desabrochaba mi pantalón, sacando al aire mi enfatizada erección. Se sentó sobre mí. Mientras mi miembro la fue penetrando, su rostro se perdió en un gemido cerca de mi oído. Mientras yo miraba en la pared de la sala, el cuadro de papa y su perro. La cabalgata se hizo cada vez más intensa. De un momento a otro se detuvo, se levanto, me tomo de la mano y me llevo a la habitación de visitas. Se coloco de rodillas sobre la cama, apoyándose con sus manos. Me miro levanto su bata, dejando ver aquella flor hecha aroma, húmeda y deliciosa. Me invito con la mirada más infernal que la poseyera. Así lo hice. Empujaba con la fuerza necesaria de traspasarla. La tomaba fuerte de su cintura torneada, luego mis manos acariciaban el bamboleo de sus senos por mi ímpetu. No halle diccionario para narrar aquel momento. El concierto de gemidos, espantaron el maullido de los gatos, el sudor goteaba sobre la sábana blanca de lo imperdonable. El incesto hacia una fiesta, en un lago incandescente del pecado. Todo acabo en una explosión de placer y dos cuerpos agotados, llenos de sudor, abatidos por un deseo carnal. Así nos quedamos dormidos. Soñé con un taxi, que estaciono una noche en mi calle y traía consigo una mujer con una maleta, que dentro levaba un regalo brindado por Satanás.

Al despertar ya no estaba. Era de día y me di cuenta que ya no alcanzaba ir a trabajar. Me levante desnudo y confundido. Las ganas de orinar me llevaron al baño. Al pasar por la cocina la mire. Tenía servidas dos tazas de café. Leía el periódico y había preparado el mejor de los desayunos. Así que desnudo me senté en la mesa. Ella llego a la cocina, hizo el café, me preparo el mejor gallo pinto, que haya probado en mi vida. Sigilosamente tomó su café, sin importarle que estuviera desnudo. Al terminar el desayuno, me dio un beso en la frente y se marcho.

Fui al cuarto de visitas, vi una tarjeta alusiva al día del padre. La tome en mis manos y me fui a la sala de la casa, me senté en el sillón, mientras apreciaba el retrato de papá y su perro, sonreí levemente.

– Ojala mi padre hubiera estado para conocerla, es muy bella – pensé mientras, trataba de recordar, hace cuanto mi padre había marchado, con el pretexto de sacar al perro a pasear.

Desde ese día, cada vez que llueve de madrugada, salgo al corredor a fumar, y esperar que un taxi estacione, y que de el descienda, ya sea mi padre con el perro o alguna media hermana que aun no conozco.

Mi padre, siempre supo hacer bien las cosas.

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