En una cantina forastera

En una cantina forastera

Diego Lopez

 

Por momentos creo, que solo tenemos dos cosas seguras en el camino, el dolor y el placer. Por eso cuando el placer roza mis labios, me vuelvo un terrorista del dolor. Aunque los besos sean amargos, y el placer una ilusión. De nuevo en mis pies, amontonado, el calor errante.

Visite aquel lugar abandonado, la cantina era de madera, rustica. Escapaba de los problemas, los mismos que busco con premeditación, o los que la suerte deja debajo de la puerta. La luz era tenue. La cantinera al verme, camino hacia mí con lágrimas en los ojos. Me dio un abrazo efusivo.

– ¿He hecho falta? – pregunte sonriente.

– Todos los días te pensamos poeta – dijo, la cantinera aprisionándome contra su cuerpo.

– Lamento defraudarte con lo de poeta – dije mientras tomaba una cerveza de la cámara fría.

Era prohibido fumar, dentro de ese lugar. Así que constantemente salía. Todo el tiempo era anochecer y no sé porque. Niños jugaban futbol en una plaza, la gente estaba feliz, parecía que el mundo se iba a acabar, justo en esa noche. Me distraje con el cielo sin estrellas, la parada de autobús, con el itinerario retrasado, la cerveza tibia, y el tabaco culposo. La cantinera me pedía canciones, ese pueblo, no era mi pueblo, y la gente que miraba no conocía. Tampoco estaba seguro, si estaba en ese pueblo por, un viaje de negocios, o una huida de mis terrores. Al menos en ese sitio, no me sentía odiado.

Me senté en la barra, adornada con las sonrisas de todas las cantineras, que en algún momento sirvieron cervezas conmigo. Una se acerco con una cerveza, invitación de la casa y dijo:

– No Diego, no estás loco, solo escribes, sobre tu dolor. Créame que sé, que te ha dolido. Te amo por lo que haces.

– Salud por eso – dije, deseando llevarla conmigo a escribir erotismo.

Un viejo cansado se sentó a mi lado. Se quito el sombrero, pidió un whisky en las rocas y del sacó, saco tres fotografías, que puso triste en la barra, y luego sonrió. Eran tres retratos en blanco y negro. Tomaba un trago y acariciaba un rostro, tomaba el otro y acariciaba el otro. Lloraba y la lágrima caía justo en el rostro de la dama del tercer retrato. Luego el viejo se esfumo.

Apareció un chico, algo falso, con una guitarra. Pidió una cerveza y entono dos o tres canciones. Las cantineras morían por él, yo tenía celos, el ego se sintió herido. Una de las canciones, era mi última canción de amor. Sentí desprecio. Luego pidió otra cerveza, y otra, y otra más. Luego dejo la guitarra en mi regazo y se fue. Lo vi desaparecer por la puerta de la cantina.

Mientras intentaba saber qué era eso que hacia mis manos, con la guitarra, sin poder recordarlo. Se sentó a mi lado una puta. Se parecía tanto a mí, que por momentos pensé, que aquello era un reflejo femenino de mí.

– ¿Cuánto por un rato? – pregunte confundido con el parentesco.

– Tú me tienes todas las noches, o ya se te ha olvidado.

– Nunca olvido el placer.

– Conmigo te distraes del dolor. Mira a la cantinera, es así como la deseas, no como yo, una puta, que es tu mismo reflejo femenino. Deja de ser tan narcisista, y busca esos placeres vacios. Al final de cuentas, todo vaso se llega a vaciar, siempre, siempre. Todo termina en un insípido recuerdo y nada más. Debe ser un horror, sentir por dentro tanto dolor, y no querer expresarlo.

Me invito a una cerveza y se fue. Dejando su aroma de sobaco de puta tatuado en mi nariz. De pronto, no había nadie en la cantina. Nadie, ni las cantineras, ni el viejo, ni el músico, ni la puta. Solo un espejo grande al frente, con mi reflejo borracho. Me quede mirándolo largo tiempo, estudiándome, pero me aterre y justo cuando me iba a levantar el reflejo del espejo hablo:

– ¿Huyes de ti maricon?

– ¿Me estoy volviendo loco?

– No, simplemente estas aprendiendo a verte a ti mismo. En forma de personajes, algunos tristes con fotografías, o como músicos que cantan canciones de amor, o una puta que sabe cumplir con su trabajo de alquilarse, para olvidar el dolor. Ahora soy tu reflejo, este eres tú, sé que no logras ver mucho, pero algo observas. ¿Dime que ves?

– Un tipo que buscara otra cantina, a nadie le importa lo que albergo en el baúl de mis pensamientos.

– En todos los lugares hay espejos.

Salí del bar, y aun era atardecer, el bus hacia mi pueblo había marchado ya. Los niños seguían jugando en la plaza, la gente era feliz y el cielo seguía sin estrellas, mejor me puse a caminar, sin antes patear tres retratos en el suelo, con forma de recuerdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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