El gato de Rebeca

“Mientras camino, intentando ordenar los estragos de mi vida, viene detrás de mí, la libertad desordenándolo todo. Me detengo, la miro, ella hermana, me mira y pregunta: – ¿Qué, es así como lo querías? – sonrió, y sigo caminando”

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El gato de Rebeca
Diego López

Rebeca, mientras dormía en su cama, sentía a alguien acostarse a su lado. Sus ojos se abrían, la oscuridad no la hacía ver más, que el ventanal y unas cuantas estrellas en el horizonte. Sentía como una mano tosca, de dedos grandes, se metía debajo de sus cobijas, acariciándola con fuerza entre su entrepierna. La respiración en su nuca, la hacía morir de asco. Aquel movimiento avasallante, lograba que su alma muriera a poco de pánico. Como las anteriores noches deseaba que ese momento pasara fugaz, mas se le tornaba eterno, en su deseo de escapar.

Esa noche fue diferente a otras noches, aquel viejo, en medio de una respiración cortada y excitada, le dijo al oído:

– Esta noche, serás la hijita de papa –

Rebeca, se aferro a su almohada, como si fuera su miedo el último suspiro. La mano tosca, de gruesos dedos, bajaron sus calzones. Aquel asqueroso miembro erecto, la empezó a poseer de la manera más vulgar, con la fuerza necesaria que para cada empuje, Rebeca deseara morir. La niña no alcanzo más que sollozar, y esperar que la eternidad acabara. Aquel viejo – que no era su padre, mas si el marido de su madre – gemía como lobo hambriento en su cuello, haciendo que la niña, yaciera paralizada en el temor. Fue hasta que en un momento no pensado, la espalda de Rebeca fue bañada de un semen culposo y asqueroso.

– No quiero nietitos por el momento – le dijo la bestia sonriendo, a la niña que aun no podía contener ni sus lágrimas, ni su temor.

Nunca más su sonrisa fue la misma, ni sus noches tranquilas. Guardo silencio de esos actos, como un secreto el cual quería, por siempre olvidar. Algunas noches, se obligaba a no dormir, pues las pesadillas, se convertían, en dolorosas realidades. Se sentía muerta, marchita, desterrada de la vida. Cuando el recuerdo era insoportable se cortaba a la altura de las muñecas, y se acostaba a dormir en su sangre. Nunca las heridas fueron tan profundas como para matarla. Se entrego, a cuanto placer encontró, trataba de saciar aquella culpa, otorgándole sus dones, a los mortales que le ofrecían un poquito de “amor”. Sus medicinas eran las pastillas de dormir de la abuela y las botellas de licor que se agenciaba, noche tras noche, y ocultaba debajo de la cama. Esto hacia que las visitas del viejo indecente fueran, un poco menos dolorosas. Hasta que un día, no soporto más. Y mientras el viejo, se debatía en el gozo y el placer, sintió un furibundo botellazo en la cabeza, haciéndolo caer de la cama empapado en alcohol. Rebeca sentándose, en su pecho y colocándolo el pico de la botella en el cuello le dijo:

– ¡Viejo maldito! Esta será la última vez que me toca, o yo misma te matare. Por el amor que le tengo a mi madre no abro mi boca, pero te juro, que si me vuelves a tocar te mato –

Como todo cobarde, cuando la presa logra defenderse, la dejo en paz. Solo la molestaba cuando, le lanzaba aquella sonrisa pestilente. Justo a la hora de la cena. Donde rebeca con el cuchillo para carne, y sin quitarle la mirada de los ojos, imaginaba como cercenaba sus entrañas, y lo veía morir, de la forma más sangrienta, cruel y necesaria. Pero antes de que eso ocurriera, Rebeca se fue de casa, con aquel tipo de la moto, que le ofreció escape de sus infiernos, en lugar de su sexo. Se fueron a vivir a un distrito de la ciudad, donde la luna de miel, tan solo duro dos días. Convirtiéndose el lecho extramarital en un ring, de golpes, insultos, donde el único consuelo llegaba con el sexo.

Aquello duro poco, a los meses Rebeca quedo embarazada, y el príncipe azul de la moto, empaco sus cosas, dejándola abandonada en aquella cabaña. Rebeca tuvo el valor de iniciar su vida sola, y por el momento se negó volver a casa.

Agenciándose sus trabajos allá en las montañas, llevo con éxito su embarazo. Siempre era presa de su soledad, sus recuerdos y sus pesadillas. Trato de ocultar el dolor a su hija, en el fondo, ella creía que la inocente criaturita, no merecía, que la viese en sus delirios. Algunas noches se encerraba en el baño y se cortaba las muñecas, de manera que esta no las matara, pero sí, que la sangre derramada la hiciera sentir viva.

A los años volvió de nuevo a la ciudad. La encontró diferente, supo por otras fuentes que aquel asqueroso que le robo la inocencia, había sido asesinado por un tipo que intento asaltarlo. Así que una tarde decidió visitar a su madre. Esta la recibió con una lista de reclamos y llantos, le ofreció de nuevo su alcoba, pero aquella casa estaba habitada por un millar de demonios y fantasmas que la hacían morir de nuevo. Pero si dejo a su hija, su madre se hizo cargo de la nieta, mientras Rebeca se dejo seducir, por los placeres de los muchachos, que con halagos a su belleza, le subían un poco su inexistente autoestima, y ella a cambio le daba una de sus noches más calientes. Pero luego de los clímax, los orgasmos, la pasión de una noche, quedaba envuelta en la sabana de su cama, desnuda, mirando por la ventana, las estrellas en el cielo, y sintiendo el mismo pánico que sentía las noches que era visitada, por su padrastro. Sentimiento que solo podía sosegar, vaciando botellas y botellas de alcohol, que era casi lo único que había en la alacena de su apartamento.

Una tarde, la madre sin avisar llego a visitarla. La puerta estaba abierta mas no hallo a nadie, ni en la sala, ni en la habitación. Pero al ingresar al baño, miro alarmada a Rebeca tirada en un charco de sangre, con las muñecas cortadas y una botella vacía de alcohol y unas cuantas pastillas para dormir, que el farmacéutico le regalo a cambio de un poco de placer. La madre apresuradamente la llevo al centro médico, los doctores, dijeron que gracias al cielo, las heridas no eran profundas como para matarla, pero que si su estado de auto destrucción, hacían que fuera referida una temporada al hospital psiquiátrico nacional.

Fue sedada y encerrada en una fría habitación. Mientras diariamente llegaban enfermeras con altas dosis de medicación, para mantenerla tranquila. No tenía con quien hablar. La dejaban salir al patio a fumar, siempre escoltada por dos corpulentos hombres de seguridad. No tenia con que cortarse, ni que beber. Por eso cuando sus demonios y fantasmas la visitaban, hacían que pasara las noches temblando, en vela, con un llanto, que creo que era su única compañía. Su madre por tal, de no verla en ese estado se negó a visitarla todo ese tiempo.
Rebeca negó tomarse la medicación, así que cuando la enfermera venia y se la daba, ella la escondía debajo de la lengua y tomaba solo el agua. Luego tiraba la pastilla al escusado. Una noche en su ansiedad, temor, decidió distraerse autosatisfaciendo sus deseos carnales.
Estaba ahí presa, de su deseo, moviéndose agitadamente por su cama, cuando en medio del placer, vio como era observada por uno de los miembros de seguridad. Así que ella lo invito a pasar y poseerla. El tipo de seguridad no pudo negarse, y ese fue el jueguito de varias noches, hasta que fueron, pescados por una de las enfermeras. Está reporto el hecho a la dirección del hospital, despidieron de su cargo al miembro de seguridad, y a Rebeca la mandaron una temporada, a máxima seguridad del hospital. No hubo más permisos para fumar, ni visitas guiadas a los parques del hospital, ni ningún consentimiento en especial. Haciendo que Rebeca sin poder cortarse, sin fumar, sin beber, y sin fornicar, volviera a ser presa de sus demonios y fantasmas, que la acompañaban desde su niñez.

Una noche, mientras yacía derrotada en su cama, miro en la habitación una sombra diminuta. Era un gato negro, con unos ojos brillantes y lo mas particular del animal, era una mancha blanca en forma de corazón, que tenía en su frente. Rebeca, se levanto de su cama, y capturo al gato. Lo llevo a dormir a la orilla de su cama. Desde esa noche nunca más tuvo pesadillas, ni temores, ni noches de insomnio. No volvió a necesitar, de cortarse las muñecas, ni de beber botellas de alcohol. Mucho menos sintió la necesidad de apagar el fuego de su interior, así que dejo hasta de autosatisfacerse. La terapia mejoro muchísimo, tanto que a los días, la volvieron a transferir al pabellón de mínima seguridad, y poco después, le dieron de alta, con una dosis relativamente baja, para sus problemas de auto destrucción.

Según parece, que algún poder sobrenatural del gato hizo que Rebeca tuviera una impresionante mejoría, frente a sus demonios. Aunque en el hospital: ni las enfermeras, ni los doctores, los miembros de seguridad, los conserjes, ni las otras pacientes del pabellón vieran nunca al gato negro, de ojos brillantes y una mancha blanca con forma de corazón en la frente.

Rebeca volvió a su apartamento, llevando una vida normal, sin demonios, ni fantasmas. No volvió a cortarse las muñecas y ahora consume cantidades moderadas de alcohol. No volvió a necesitar del sexo complaciente. Sus demonios se quedaron dormidos, ahora coge solo cuando tiene ganas. Vive tranquila en compañía de su gato. El cual ni su madre, ni su hija ha visto jamás en sus periódicas visitas.

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Esta historia me la conto Rebeca mientras nos tomábamos un litro de cerveza un domingo por la noche. Debo confesar que mi curiosidad me hizo explorar su casa, en todas las habitaciones y doy fe, de nunca haber visto el gato negro de ojos brillantes con una mancha en la frente, en forma de corazón. Alejándome de la manía del gato, invite a Rebeca a bailar una canción conmigo, luego le di un beso tímido en sus labios de fuego. Me invito a quedarme a dormir en su casa. Nos acostamos en la oscuridad de su habitación, y antes de quitarle la ropa, trate de darles unos besos a sus viejas heridas de las muñecas.

Quite sus ropas y me deje seducir por el más ardiente de sus sexos. Fue una noche agitada de deseo, alcohol y desenfreno. Me capturo la mañana, la desperté con un beso en la frente. Le pregunte sobrio, sobre la existencia del gato, a lo cual me dijo:

– Solo aquel que vive, al borde de sus propios demonios puede verlo.

Sonreí, me despedí con otro dulce beso, le deje dos cigarros en su mesita de noche, me acompaño a la puerta. Me despedí mirándola a los ojos. Deje que cerrara la puerta, y me dedique a marchar. Justo cuando escuche un maullido en el techo del apartamento, volví a ver curioso y ahí estaba, un hermoso gato negro de ojos brillantes con una mancha en forma de corazón en su frente.

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