Parece que fue ayer

Parece que fue ayer

Diego López

 

 

 

 

 

Despierto, justo cuando el sol se está ocultando. Firmando la bitácora de otro día ausente, tan cotidiano que es innecesario lamentarlo. Me repongo de a poco en la cama, refunfuño con la resaca, mientras busco mi cigarrillo de “desayuno”. Acomodo un poco el retrato de Elena, que yace desde su muerte, adherido a mi mesita de noche, frio y muerto como un bello recuerdo. Era tan bella, radiante, leal. Parece fue ayer que se me adelanto al viaje, dejando aquí un pobre anciano huérfano de cariño, llegar a la soledad a los 75 años no es tarea fácil. Si acaso me atacara al menos la demencia senil, serian menos pesados, estos días que inician de noche, con todos estos recuerdos. A veces, me cuesta entender los planes de Dios. Viejo, desgastado, casi ciego, lento y alcohólico, y sin mi Elena, era mi poca dosis de cordura, parece que fue ayer apenas que se fue.

Salgo de mi habitación, y ahí está mi sobrino. Un adolecente que me llama abuelo. Buen muchacho, le toco la tarea más difícil del mundo, cuidar de mí, durante los últimos días. Fue una decisión fácil. Al marcharse mi hermana con aquel gringo adinerado, el no tenia donde ir, y yo no tenía con quien morir. Así que se decidió quedarse conmigo, no me molesta en lo absoluto. Vivimos bien, con mi pensión, y los pocos dólares que le manda mi hermana, pagando la maternidad. Me ve bajar cansado, deja de comer, se levanta y dice:

– Buenos días Abuelo, deja te sirvo de cenar.

– ¿Qué hora es Javier?

– 6:15 de la tarde – me sirve un exquisito gallo pinto, sabe que me encanta eso como primera comida.

– ¿Qué tal el día?

– Cotidiano, nada que contar, solo que llegaron los recibos de agua y luz, pero ya los pague. Lave tu saco, creo que ya está seco.

– Gracias niño, no tenias que. Cada vez que lo lavas pierdo más el estilo.

Sonríe tímidamente, es bueno sentir que alguien te quiere al menos un poco. El sale a cumplir sus deberes, estudia medicina, pide fervientemente, que este vivo para su graduación, si al menos hubiera elegido una carrera más corta. Se despide con su tradicional palmadita en la espalda y se va. Tranquilo pues me dejo cenado (desayunado).

Así que me dispongo libre a hacer lo que hago siempre, ponerme el saco de la depresión y caminar. Al pasar por la sala siempre hago lo mismo. Contemplar el retrato de Elena, dedicarle unos cuantos versos como en los viejos tiempos, y encenderle la velita; misma que hace que su rostro alumbre, con esa luz que me enamoro a mis 17 años.

– Elenita, Elena. Parece que fue ayer – le digo a un retrato colgado en la pared.

Camino unas cuantas cuadras de mi casa al bar del Chino. En el trayecto, noto ilusionado el brillo de las estrellas, y la leve claridad del oeste, misma cual, que después de unos segundos, se convierte en la más oscuras de las noches.

– Siempre le agarro las nalgas a los días – digo para mis adentros, mientras sonrió, y enciendo otro cigarrillo.

Entro al bar quitándome el sombrero, lo coloco en la barra, mientras Chino pone en ese justo momento, mi whisky doble como todos los días.

– Doble y en las rocas como te gusta abuelo –dice Chino con su acento oriental.

– Gracias, hijo. Analizo fielmente la idea de adoptarte. ¿Ha llegado Glorieta?

– No aun no.

Me dirijo con mi paso lento a la rocola, y le hago sonar la misma canción de todas las noches. Esa canción de la cual nunca te aburrirás, la que te dibuja en el alma, la melancolía necesaria, para desear solo no mas que llenar, este cuerpo de alcohol, el sedante perfecto, de tanto dolor, de tanta espera y tanta amargura. Porque un viejo casi solo, es la peor agonía.

La noche danza siempre de la misma manera. Un trago más, una historia, jóvenes pidiendo consejos, análisis etílicos sobre política, otro trago, otro cigarrillo, el futbol, la lotería, la religión, otra ronda, otra canción en la rocola, boleros para complacer al viejo. Haciendo de aquel bar el único calor familiar vivo, en medio de la soledad. Si tan solo a Javier le gustara tomar, pero no, su sueño de gabacha blanca lo hace que pase tan disperso todos los días. Solo lo veo los ratos de la cena y cuando vuelvo a casa borracho. Pero pensándolo bien, es mejor que se aleje de esta bohemia, de estas compañías tan decadentes, de este ambiente tan viciado, de estos amigos tan falsos, de esta acostumbrada perdición.

Así paso sentado todas las noches, mirando partidos diferidos en un viejo televisor, con la misma compañía. Ebrios decaídos, celebrando goles añejos. Aceptando las constantes invitaciones, que le lanzan al abuelo. Adolecentes programando boleros en la rocola y acercando sus bancos, para que yo cuente, siempre las mismas historias, de prostitutas que costaban dos pesos en aquellos tiempos, de las bananeras y los platales que se ganaban, de las serenatas. Anécdota, tras anécdota, que ellos escuchaban atentos, como las historias que le cuenta el abuelo a sus nietos.

Esperar fielmente, que alguien se acuerde de la tristeza, y programe “Los Cinco centavitos de Jaramillo” y que ese ingrato de los sentimientos, llegue y le de las palmaditas a mi espalda diciendo siempre el mismo discurso:

– ¡Lloré viejo, Lloré! Como solo los hombres saben llorar –

Mientras Chino, llena los dos vasos de whisky ardiente, y yo dejo que mis lágrimas; ni el recuerdo las seque. Al menos ese joven, siempre termina pagando esa ronda, mientras le juro que el hielo en el vaso, junto al whisky lagrimeado, dibuja el rostro de Elena, la que se fue apenas ayer.

A las 2 de la madrugada, el bar vuelve a cerrar.

Tambaleándome me levanto de mi banco compañero. Siempre varios samaritanos, ofrecen llevarme a casa inútilmente, pues prefiero caminar los peligros de la madrugada. Tal vez algún día, algún drogadicto ansioso me ahorre la espera. Pero termino siempre en el mismo callejón, escuchando la misma historia de aquel, que me intento asaltar una vez, y al ver mi frialdad, se gano mi respeto. Siempre me detengo a conversar un rato con él. Me encamina algunas cuadras, me cuenta siempre las mismas historias, me invita a unos cuantos cigarrillos y me lleva hasta aquel mal oliente motel.

Como todos los días, el portero me da las llaves de la habitación número 3, donde desde hace mucho tiempo vive Glorieta, prostituta pensionada de 53 años, que a los pocos días de la ausencia de Elena, se convirtió en mi amiga, confidente y amante. Ella, que a veces me vista al bar y cuando no, se que estará en su habitación esperándome, con el mismo tocadiscos, los mismos tangos, la misma botella de whisky. Conserva un poco la belleza de su juventud, el mismo fuego y candor. Es la dosis de aventura, que a veces pienso, que es lo que conserva a un viejo como yo. Es tan especial. Bailamos con el mismo romanticismo, que solo los viejos podemos sentir, y cuando el cuerpo puede, nos amamos como dos adolecentes sedientos de placer, pero en un ritmo lento, erótico, bello, como el último suspiro.

Cuando salgo de esa habitación, siempre dejo; lo que no es una paga, sino una ayuda económica a su pensión. Me despide con un fuerte abrazo, un beso cálido y dulce en la mejilla, persignando y bendiciendo mi camino a casa. A veces me dan ganas de dejarle todo a Javier, y venirme a vivir con ella, pero no podría jamás abandonar al muchacho. A veces creo que lo de Glorieta, es lo que más se me acerca al amor, después de Elena. Camino mirando mi reloj de bolsillo y acomodando mi sombrero, mientras el horizonte dibuja las mismas claras del amanecer. Paso por la panadería y compro el pan diario de cada día, el periódico cargado de malas noticias. Saludo al verdulero que apenas va abrir su tramo.

Con el cantar de los pajaritos, y en los primeros rayos de sol llego de nuevo a casa. Javier que fielmente sale al escuchar el portón, corre a mi encuentro, a recibir el pan, montar al hombro mi borrachera y llevarme a mi habitación. Me acuesta lentamente en la cama, ayuda a quitarme mi pantalón, acomoda el retrato de Elena, que yace radiante en la mesita de noche. Baja por la taza de café, que tiene siempre recién hecho. Cuando vuelve, siempre me encuentra igual, con el retrato de Elena en mi pecho y unas cuantas lágrimas en mis mejillas. Siempre hace lo mismo extiende el café, se sienta en el borde de la cama, mirándome con lastima dice:

– Fuerte como te gusta Abuelo.

– ¿Fue apenas ayer que Elena se fue verdad?

– No Abuelo. No fue ayer. Mañana cumple quince años. Si Abuelo Quince años. Hace quince años, Elena se fue. Yo apenas tenía 8. Desde ese tiempo estoy aquí, cuidando de ti. Desde ese tiempo siempre sales al mismo lugar. El asaltante amigo tuyo tenía 13 años cuando te intento asaltar y termino siendo tu amigo. Y se reúne contigo y te cuenta las mismas historias. Hace quince años que te llevo por primera vez donde su madre, Glorieta, prostituta de 38 años, en su apogeo de la profesión. Hace quince años abuelo, que no fallas una noche donde el Chino, y que cuentas las mismas historias. Quince años que mamá se fue, dejándome aquí. No a tu cuidado, si no abandonado igual que usted. Abuelo no fue ayer.

Se levanta sonriente, me da un beso en la frente.

– Abuelo cenamos como siempre a las 6  – dice con el cariño de un hijo – ¿Te lavo el saco?

– No hijo, deja así.

– Duerme bien abuelo. Aunque era un niño de 8 años, me acostumbre a tu ausencia y a tu parranda, y créame, te quiero, te quiero mucho. Me gustaría que fueras como eras antes de la partida de Elena, pero tal vez, no hubiera podido adaptarme a tu felicidad.

– Que Dios te bendiga Javier.

Se marcha a sus deberes, y yo me quedo ahí. Mirando el retrato de Elena, sintiendo fielmente en el alma, que eso ocurrió ayer, no hace quince años como dice el chico. Poco a poco me voy quedando dormido, siempre deseando dos cosas:

O que no me despierte más y al fin descanse esta ardiente agonía. O pasar toda la noche soñando con Elena, escuchando esos boleritos de Jaramillo que nos hacían morir de amor, detener las noches, jurándonos el amor eterno que solo yo he podido atestiguar todo este tiempo.

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Un pensamiento en “Parece que fue ayer

  1. Conmovedor y triste. Me gusta que el escritor logra meterse en la piel del protagonista. Es un cuento que se nutre de la realidad de un número cada vez mayor de personas. Aquí vejez es siempre igual a soledad y pienso en una frase de García Márquez:” el secreto de una vejez feliz es un trato honesto con la soledad”, claro que tampoco estoy muy convencida de esta receta.¡¡¡Felicitaciones!!!!

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