Feliz Cumpleaños

Cumpleaños Feliz

Estaba tan borracho, que al oírlo cantar, la envidia creció como una llama en mi pecho. Mi mano apretó el vaso queriéndolo quebrar. Me pare frente al pequeño escenario improvisado del bar donde cantaba y le dije:

— Yo ya he estado en ese lugar. No trates de impresionarme, con lo que yo, ya lo hice muchas veces. Tendrás por un Dios alguna novedad.
¡Sí! Soy ese pobre de los mortales, el sinónimo del fracaso, el sentido de tus burlas; ¿Pero vos quien eres? El monologo de lo repetido, el ego de la nada, la tristeza de la fama insulsa.
¡Sí! Puede que sea envidia; rabia de que a ti todo te toca fácil, todo estuvo en tus manos. No pongo en tela de duda tu talento. Pero para mí solo eres la fiesta de los tontos, el monologo de lo repetido. Tienes en tu poder sombras, que brillarían si estuvieran lejos de ti, lástima que no puedan ver. Simplemente eres el que le da vida a este gallinero. –

Después de terminar mí discurso etílico. El, detuvo la canción a medio terminar, coloco la guitarra sobre el pedestal y se alejo del micrófono. Con un gesto de resignación me invito a tomar el escenario.
No hubieron aplausos, un silencio invadió aquel lugar. Decidido rasgue las cuerdas con la fuerza necesaria como para reventarlas; pero esa guitarra era resistente. Mi voz, era una mezcla de: ronquera, tabaco y alcohol; que desentonaba cualquier armonía, sentí sangrar la guitarra, me detenía a tomar cerveza, reía de manera ridícula, se me olvidaba la canción. Todo era un caos, gritaba, aullaba, los coyotes de Berlín se escondieron, pues creyeron que mi voz, era un gigantesco cazador que se acercaba.
No trascurrieron 10 minutos, para que todos los clientes pagaran sus cuentas y se fueran. El administrador se acerco con un miembro de seguridad, me quito la guitarra y me mando a echar del lugar. Uno de sus empleados le rogaba a Ricardo que retomara su recital. Otro convencía a algunos clientes para que se quedaran.
El empujón que me dio aquel tipo, me hizo rodar varios metros en la acera. Repuesto, me sacudí las ropas.
Recostado en las cortinas metálicas, había un chico, que inhalando fuerte de su llave me miro, sonrió y dijo:

— Tienes estilo para salir de un bar. ¿Quieres? — Me dijo ofreciéndome la llave cargada.
— No gracias; tengo otras adicciones – conteste.
— Sabes, lo poco del estridente rock and roll que escuche, me hizo sugerir que eres de esos, que eyaculan en el “solo” de una guitarra, haciendo mojar los deseos, de cualquier niña que anda buscando esa trillada personalidad – decía mientas volvía a aspirar fuerte de la llave.

Ese comentario sentó bien a mi simpatía. Así fue que tome de su llave, la cargue y inhale fuerte por mi nariz, agregando:

— No te equivocas hermano, mi extraña forma de ver la música, me hace sentir erecciones (literalmente). En esas melodías siento, que si una mujer tuviera su boca cerca, le colmaría su lengua del peor de los besos, con el aliento mas fétido, que te puedas imaginar. Haría que sus calzones se mojaran con el contonear de mis cejas, pero, no. Ya las niñas no mueren por el rock and roll, prefieren lo plástico, lo maleable, optan por usar sus cortas enaguas que solo me hacen sentir lujuria. Se maquillan y junto a su rímel y delineador dejan el cerebro. Se descalabran en cotidianidades, se venden por unos tragos y no alzan a ver a un pobre pordiosero como uno.
Sin embargo; las que si se fijan en nosotros, no son tan arregladas, no huelen tan bien. Son de una personalidad salvaje, la mayoría llegan a ser el mejor sexo que te puedas encontrar en toda esta puta ciudad. Pero, están tan ocultas. Deben de estar en sus casas leyendo o mejor aún, en una reunión dogmatica, donde el tema a debatir es la superación espiritual y el arte; temas que tampoco me llegan mucho a interesar. Por eso es que no tengo ilusión de hallarlas en estas ratoneras –

Aquel chico no agrego más. Sonrió, encendió un cigarro, le dio unos golpecitos a mi espalda y se marcho, dejando una estela de humo en mi cara. Estoy seguro que mi discurso no lo alarmo, se que él ha vivido aquí abajo más tiempo que yo, ha tenido más experiencia. Nunca lo volví a ver. Tal vez solo fue un espectro en mi borrachera.

Me dedique a caminar, ya no tenía mucho que hacer. Las altas horas de la madrugada es ese lapso donde ni los sapos aparecen. Doblé justo en la esquina de Carretas, fue cuando mi mirada tropieza con una chica morena. Minifalda negra, senos voluptuosos, una blusa escotada, vestía elegante. Sus piernas eran descomunales, matiz perfecto para aquella lujuria que me sucumbía.
Ella iba lento, como ignorando los peligros de la ciudad. Tampoco les temía a los drogadictos; que justo a esa hora evocan los dioses de la desesperación. Su rostro, traía una imagen de desencanto y melancolía.
Reflejaba un vacio triste. Yo en cambio, cargaba con la peor de las borracheras, haciendo que mis pies se enredaran, mi imagen era ridícula.
Nuestras miradas se toparon, no nos saludamos. Solo sentí el aroma de su cabello, aprecie su belleza y seguí mi camino. Pensé que era una prostituta. Comprobé que no había otro bar abierto, así que me fui a dormir.

Al despertar, un insoportable dolor de cabeza sucumbía mis sienes. Encendí un cigarro, me senté en el derruido sillón, tome la guitarra e intente cantar; pero esta vez mi garganta era: tabaco, flemas y resaca. Fue imposible, encontrar adorables armonías. Vencido tome lapicero y papel, queriendo versear alguna historia. Pero mis manos temblaban de manera incontrolable, la jaqueca nublaba mi mente. Decidí mejor, salir a caminar, bajo el calcínate sol de Volver.

En el parque, todo transcurría normal, estudiantes escapados de sus clases, sentados en medias lunas, fumando sus primeros cigarros. Borrachitos, pidiendo monedas, para salir del infierno de las resacas (aun no he caído a eso; pero no tardare). Uno que otro ciudadano, transitando, criticando la decadencia, maldiciendo la ineptitud. Miraba con la ciudad se desmoronaba en su globalización.
Me recosté en una media luna, cuando paso un colegial con una guitarra.
— ¡He chico préstamela! – le dije.
El chico me mirada con susto y desconfianza. Mi semblante tenía tatuado, el exceso de la noche anterior. No era nada agradable.
Sin mucha gana me la dio, quedándose mirando con inquietud. Entone algunos acordes sinuosos, buscando el regresar de la voz. Deseaba descargar a manera de canto mi alma. Pero fue inútil. Mi voz seguía maltrecha, el chico me miraba con desidia. Temía por la avasallante ira de mis dedos.

En medio de la frustración, las melodías destruidas y la mirada vigilante del chico. Me desatendía con el caminar de la gente.
De pronto, la misma minifalda, con las mismas piernas de la noche anterior se dejo ver, en el medio del trajín urbano. Su gesto seguía siendo el mismo, a diferencia que esta vez el sol se estrellaba en su rostro. Sin embargo, nuestro encuentro de miradas esa vez no fue frio, se quedo mirando los acordes. Se detuvo un instante a escuchar. Cuando sospeche que una lágrima estaba por derramarse detuve mi canción y pregunte:
— ¿Qué quieres escuchar preciosa?
Mirándome, con un gesto de melancolía me dijo:
— Estoy tan decepcionada de los músicos de este pueblo; que se me hace imposible apreciar la belleza de cualquier canción. —

Devolviendo la guitarra al chico; que también le miraba con lujuria sus senos y piernas, causándole prematuras sensaciones, le sugerí:
— Entonces. Vamos a un bar, te invito a una cerveza; así me cuentas que despecha de los músicos de este pueblo. –
— Esa cerveza me rescataría del tedio de esta ciudad que apenas conozco. – dijo sorprendiéndome su respuesta.

Nos fuimos para el primer bar que encontramos abierto, eran apenas las 3:30 de la tarde, el sol ya no quemaba tanto; pues llegaba una fresca brisa de verano.
Entramos, nos sentamos. Pedí dos cervezas, nos mirábamos con cierta timidez.
— ¿Que te trae por aca? – pregunte, rompiendo el hielo.
— Un idiota, que no sabe que quiere, que se deja llevar por la crítica, que me culpa de su falta de creación, no sabe surgir con el talento que tiene. Lo tiene en sus manos y aun lo quiere más fácil. –
— ¿Un músico? ¿Quién es? –
— No vale la pena mencionarlo. – dijo mientras tomaba un fuerte trago de cerveza, que termino ahogándola. Reí un poco burlista. Ella también sonrió.
–Entonces mejor olvidemos el tema, tranquila. Tu sonrisa es bella, le da claridad a esta barra sombría, me quedo con ese placer. – ella volvió a sonreír.

–¿Eres músico? – preguntó mucho más cómoda en la conversación.
— No; soy un fracasado, que trata de desahogarse por medio de gritos y guitarras, me gusta de vez en cuando componer, o escribir algo que se parezca a un cuento. Pero eso de vivir de la música es solo para los que le sobra el tiempo para lamentos; como en el caso de tu novio. –
— El no es mi novio. – Dijo, poniéndose seria y mirándome a los ojos.
— ¿Pero hasta anoche lo era? – Pregunte, insistiendo.
— Si. – Dijo, mientras tomaba otro fuerte trago que vaciaba su vaso.
Yo pedí dos cervezas más.

Cuando el cantinero puso las bebidas sobre la barra, ella se levanto, rumbo al baño. Yo le aprecie su trasero. Hubo un deseo de mordérselo. Durante el tiempo que tardo. Observe de reojo el periódico que estaba a un lado.

Leí el encabezado de la noticia principal – “Hoy vamos con todo” – decía haciendo alusión a algún tema deportivo. Observe la fecha y me di cuenta hasta en ese momento que era mi cumpleaños.
Ordené dos guaros solos, como para intentar probar si yo estaba dispuesto a ir con todo. El cantinero los puso en la barra justo cuando ella volvía.
— ¿Que celebramos? — pregunto mientras de nuevo se sentaba y cruzaba la pierna.
— MI cumpleaños.–
— ¡No te creo! – dijo admirada.
— Yo tampoco lo creí; vi la fecha en el periódico y lo recordé.
Brindamos, chocamos las copitas. Así que pedí dos más.
— ¿Quieres emborracharme? – Pregunto con la mas picara de las sonrisas.
— No, los actos de la inhibición del alcohol, hace que la mañana siguientes sea una liturgia de lamentos. Además se que eres atrevida. Eso de pasearte en la madrugada por un pueblo que ni conoces, tan tranquila como si estuvieras en una iglesia, me hace ver de ti una chica que le encantan los riesgos. Mírate tomando en un bar con un completo desconocido, es para pensar que tu cabeza no anda nada bien. Ah por cierto Andrés Nostalgias – termine diciendo mientras le tendía la mano.
— Alicia Badilla. He escuchado hablar de ti.
— ¿Que dice tu novio de mi?
— No es mi novio. Dijo ahora con más confianza y sonriendo levemente mi necedad

Después de varias cervezas y varios tragos. Volvimos a brindar, sentíamos como los cuerpos se desinhibían, la mente se tornaba turbia. Ella se hizo una cola en el pelo, yo encendí un cigarro, nos deleitábamos con la música. Hasta que ella pregunto:
— ¿Como piensas celebrarlo? Si es tan cierto que hoy es tu fecha. —
— Ya lo estoy celebrando. – Dije agregando. – Que mejor que pasar la tarde de mi natalicio, con una sonrisa tan perfecta como la tuya, unas piernas digna de escultura y ese escote que me puede hundir en cualquier infierno. –
Sin que ese comentario, la intimidara. Se acerco, apoyó sus manos en mis rodillas y con una voz suave y seductora dijo:
— Pues me tocara darte el primero de los tres regalos que mereces por tu cordial amabilidad. —
Me beso. Los labios más dulces que no había probado en mucho tiempo. Su boca era tibia, divina y majestuosa. Correspondí, mientras sentía que mi cuerpo levitaba. Intente pedir dos cervezas, pero ella interrumpió diciendo, con cierta excitación en el respirar.
— No las pida. Vamos a un lugar más tranquilo. El segundo regalo estoy segura que te gustará. Y no puedo dártelo aca –

Pedí la cuenta, no sabía tan siquiera donde llevarla. Solo quería probar sus labios, una vez más. Fue cuando pensé, que mi casa sería el mejor lugar. Pasamos por una licorera, compre un litro de guaro y seis cervezas.
– Te llevare al palomar de mis deseos – dije mientras pagaba.
– Llévame donde quieras, pero llévame – respondió ella mientras me volvía a besar.

La emoción se hizo grande, tomamos un taxi. Alquilo una habitación en una segunda planta, lo arrendadores viven abajo. Una pareja de maestros pensionados, que me tratan con una especie de paternidad. A veces creo que les recuerdo un hijo, que se les había marchado, hace mucho tiempo.

Con el cerrar la puerta, hubo un banderazo de salida para nuestras ganas. Los besos fueron una batalla de lenguas y vulgaridad. Las caricias un avasallante ataque de histeria, nos arrancamos las ropas con violencia, una sombra de lujuria se postro sobre nosotros.
La respiración era fuerte, ella gemía justo en mi oído. Cada momento que pasaba me excitaba más y más. El tiempo parecía detenerse, ese placer pernicioso, era un manjar que tenía mucho tiempo de no probar.
Mi boca se estrello con su cuello, su aroma era fresco. Bese sus senos, me di la tarea de sentirlos con mi boca. Recorrí su cuerpo con mis labios. Mi cara se perdía en el medio de sus piernas. Sus uñas hacían un mapa con arañazos en mi espalda. Cabalgamos en un sexo frenético. En la disputa de dos cuerpos y el deseo, tardamos más tiempo de lo normal, al final nuestras siluetas se desplomaron sobre la cama, empapados de sudor, cansados después de ese arrebato de lujuria, se me olvido por completo la resaca que sufría.

Me encendí un cigarro, mientras ella me abrazaba. El olor a sexo aún estaba en el aire
– ¿Te gusto el segundo regalo? – pregunto, besándome nuevamente.
– No tengo con que compararlo – le dije mientras le agarraba una nalga.
Seguí fumando mi cigarro, ella se quedo dormida, al rato yo también me dormí.

Despertamos dos horas después, ya era de noche. Ella se levanto y se vistió. Yo me di la tarea de apreciar tan linda escena. Llenarme de morbo nuevamente.
– Levántate, vístete que tenemos que salir por el tercer regalo. – me dijo.
Con incertidumbre de lo que podía venir, me levante y me vestí. Salimos de mi habitación, sentía la brisa de la noche. Caminamos hasta el “Piano Bar” como siempre había algún músico del pueblo dando un recital. Ingresamos, un brillo en mi cara resplandecía a los mismo que me habían visto borracho la noche anterior. Nos sentamos en la barra, pedí dos cervezas, intente besarla, pero ella me esquivo. Un poco confundido quise preguntar, el porqué del rechazo, pero preferí concentrarme en la cerveza, meditar sobre el tiempo que acaba de pasar y las veces que desearía repetirlo.
– Aquí viene tu tercer regalo – dijo interrumpiendo mi meditación.

Venia llegando “el monologo de lo repetido”. El mismo chico que la noche anterior me había cedido la guitarra. Abrazó a Alicia, se miraron con cierto gesto de disculpa. Se besaron apasionadamente, como si yo no estuviera ahí. Me di vuelta seguir con mi cerveza. Fue cuando Alicia tomo mi hombro y dijo.
– Mira Ricardo un nuevo amigo que conocí hoy, se llama Andrés y esta de cumpleaños.
– Mucho gusto. – dije extendiéndole la mano.
– Ya tenía el gusto de conocerlo – dijo mientras me estrechaba la mano y la miraba a ella.
– ¿Nos vamos? – le pregunto.
– Si ya es tarde. – dijo ella.
Se tomo un trago rápido de su cerveza, me dio un beso en la mejilla.
– Fue un placer conocerte y feliz cumpleaños Andrés.
Se marcho, me dejo con una sonrisa irónica en los labios – ¡Vaya regalito! Marcharse. Ya quería pasar una temporada con ella – dije para mis adentros, me tome la cerveza de un solo trago. Pedí otra.
– Hoy no estoy para espavientos. – dijo Sergio el dueño del bar, yo sonreí.

Al tiempo Ricardo se marcho para siempre de Volver, encontró en la capital una gran trayectoria como cantante. Alicia lo había dejado. Tenía en la actualidad una novia, que según los rumores es una de las más bellas modelos de la capital. De Alicia nunca más supe nada.

Desde aquella vez, cada vez que estoy en el parque y miro al niño de la guitarra se la pido y me deja tocar algunas canciones; ahora al menos me sonríe y me pide cigarros. Toco su guitarra, mirando los pasos de la gente, buscando dos hermosas piernas, pero creo que ese tipo de suerte solo ocurre una vez en la vida. O tal vez hasta cuando vuelva a cumplir años.
Otras veces me da ganas de ir a la capital, buscar el bar donde Ricardo este cantando; atacarlo con mis discursos etílicos. ¿Y por qué no? Conocer su nueva novia y preguntarle si no tiene unos dos regalos para mí.

Diego López.

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