¿Qué era aquello que hacían sus manos?

¿Qué era aquello que hacían sus manos?
Diego López

Cuando Andrés se distrajo un poco de ese “sueño” de ser escritor, después de no tener dinero para fumar, comer, beber, ni amar, le ofrecieron un bonito trabajo, de ocho horas, seguro social, y “garantías” sociales. Andrés en la desesperación de intentar la normalidad, acogió la oferta sin pensarlo dos veces.

– A la mierda la poesía, a la mierda las historias. Quiero, prosperidad, “normalidad” y amor, en una casa pequeñita con chimenea, y una linda damita como esposa, quizás dos hijos para que ninguno de los dos crezca solito. Me cansé de los besos vacíos, la resaca, las faltas de ortografía y la falta de lectores. Así que dónde firmo.

El robot – que a partir de ese momento iba a ser su patrón -le paso la hoja de contrato. Andrés tomo el lapicero, y mientras escudriñaba su firma -la misma que soñó en utilizar, firmando autógrafos- todo se empezó a tornar gris a su alrededor, dibujándose en su rostro una amplia sonrisa fingida.

Al otro día ya todo era normal. Le sirvieron un caliente desayuno, algo nuevo para Andrés, se olvido de fumar al despertar, se baño y se vistió de robot. Al llegar a la fábrica de consumo, le colgaron un gafete en el pecho que decía “compañerito número 5” le dieron un pequeño tour, por toda la fábrica. Más que todo para explicarle las reglas del juego: no puedes hacer esto… no puedes hacer lo otro…lo que sí puedes hacer es, darte a esta empresa, que tú le debes agradecimiento, mientras tanto no puedes hacer esto… no puedes hacer lo otro…y ahí iba la sonrisa cada vez mas fingida.

Durante la hora del almuerzo, se reunió felizmente a hablar con el compañerito número 7. Éste, en medio de un almuerzo de microondas, le preguntaba.

– ¿Te gusta el trabajo?

– Claro cómo no, es un bonito cambio – decía Andrés, mientras tomaba un vaso de gaseosa.

– ¿Qué hacías antes compañerito número 5?

– No lo sé. Desde ayer no recuerdo nada del pasado

– Es raro – dijo el compañerito número 7 – deberías visitar al médico, pero no se te ocurra incapacitarte, el robot general no permite, ese tipo de permisiones en los 3 meses de prueba.

– No tranquilo – decía Andrés echándose a la boca un pedazo de plátano frito – el pasado ya no interesa mucho.

Las conversaciones se extendían por todo el rato, Andrés nuevamente olvidaba de fumar bajo el sol de medio día. Una estridente corneta hacía recordar, que era hora de ponerse en la posición tradicional de trabajo. Ésta consistía en agacharse un poco, parecido a cuando te agachas para que te pateen el culo.

Las tardes eran eternas, no se sabía si llovía o hacia calor, no había noticias, ni música, ni nada. Solo un zumbido creado por las máquinas, que hacían que todos los compañeritos, sintieran extraños mareos, alrededor de las 4 de la tarde. Una vez intentaron pedirle al dueño de la empresa, audífonos para sus trabajadores, pero esto no se les permitió, ya que las ganancias de las empresas aún no han llegado a la meta del 1001% de producción, además ya es gasto suficiente, comprarles el costoso uniforme de robot, cada 3 años.

Al final de la jornada laboral, Andrés volvía a casa, cansado. La esposita lo recibía con una suculenta cena caliente, comían amenamente y se actualizaban de las funciones del día, pues no había mucho qué contar. Miraba las noticias, algunos deportes; se olvidó de leer. Pero por sobretodo, notaba que en la habitación de descanso, siempre yacía una hoja en blanco, una computadora con un documento de Word abierto y un bolígrafo, sin tinta. Se quedaba largo rato mirando esos objetos, sin poder recordar para qué los usaba. Confundido se acostaba en la cama matrimonial, con su compañía, ponía el despertador a las 5:30 am y a veces le hacía el amor a su esposa, a veces al dolor de cabeza, otras veces a la menstruación.

Luego el otro día, era igual. Y el otro, y el otro, y el otro…

Poco a poco el cansancio se fue acumulando en su espalda. Endureciendo sus músculos, tornándolo de mal humor, perdiendo la audición. Le aterraba sentir, un cúmulo de sensaciones, que el doctor de la empresa etiquetó de ataques de pánico, diagnosticándole “estrés”. Haciéndolo tomar pastillas, que le bajaban su poca función sexual. Esto hizo que la esposita se fuera sintiendo más aburrida de la rutina, las deudas, las cuentas, y la inservible mesa con una computadora, una hoja en blanco y un lapicero sin tinta. La cena se enfriaba en medio de las discusiones, Andrés sentía que estaba fuera del charco. La esposita se acostaba a soñar con sus dos hijos para que uno no se la pase tan solito, mientras Andrés descubrió un lugar donde poder dejar parte de su salario. Este era un bar que estaba encima de un cerro, alto muy alto de la ciudad. Allá donde ni siquiera el ruido podía llegar.

Siempre se sentaba en la mesa que daba vista a la ciudad. Solo pensaba en la mesita con la computadora, trataba de recordar qué más hacían sus manos, antes de firmar aquella hoja que lo convirtió en robot, mas no lo lograba, sus manos solo pedían cerveza y cerveza. Lo apañaba la madrugada, volvía con su esposa, en una gran cama matrimonial vacía, se acostaba, casi se podía jurar que con la soledad.Pasó de dormir 8 horas a dormir 7, luego 6, luego 4. Su rendimiento en la fábrica de consumo se vio afectado, así que un día mientras estaba agachado, como cuando uno lo hace para que le pateen el culo, se acercó el gerente robot.

– Compañerito número 5 ¿puedes pasar por mi oficina apenas termines eso?

Andrés asentó con la cabeza. Se dirigió apesadumbrado, entró a la oficina. El gerente robot lo recibió, extendiéndole la mano e invitándolo a sentarse en aquella silla metálica. Mientras él se tomaba un sorbo de café, aclarar la mente y prestarse a dar uno de sus cuantos discursos. Siempre con una sonrisa fingida en su cara.

– Como puedes ver compañerito número 5. En esta empresa siempre tendrás las de ganar. Así que lo mínimo que te pedimos es rendimiento. Pero estamos altamente preocupados de tu productividad, cosa que nos aterra. Pues compañerito número 5, eres un excelente peón. Te garantizamos la sonrisa fingida, por eso nosotros solo exigimos interés, el cual se ha venido abajo. Así que esta conversación solo es para, pedirte de la manera más cordial, que no descuides tu función, y si estás de acuerdo, me firmes esta carta de amonestación, que no es nada grave simplemente un aviso.

– ¿Cuántas me quedan? – Preguntó Andrés mientras firmaba.

– ¡JA JA JA! Buen chiste compañerito número 5, me gusta tu sentido del humor.

Andrés simplemente se quedo mirando al robot general un poco confundido, pues él hizo la pregunta con toda la seriedad del mundo. Volvió a su posición tradicional, pero esta vez no sentía que le fueran a patear en el culo, sino que le iban a bajar el pantalón, para que el miembro más gigantesco de la ciudad lo “ascendiera” de rango. Esa misma noche rumbo a su hogar, mirando la ciudad en blanco y negro, pensaba que el único consuelo era, los lindos momentos con su esposita, pero al llegar a casa, se encontró, solo un ropero vacío, la luz de la cocina apagada, y una nota que decía “Te dejo solo en tu infierno, no podría confiar jamás en alguien que tiene una mesita con una computadora, una hoja en blanco y un bolígrafo sin tinta”. Andrés se quedó ahí, petrificado, no había nada, ni cena, ni perro, ni gato, ni esposa. Así que se dirigió al bar, allá alto en un cerro. Pidió una cerveza, mientras se concentraba mejor en la tarea de averiguar qué hacían sus manos.

Las semanas pasaban cada vez más lentas, los ataques de pánico eran más recurrentes, el pecado capital de la pereza su único pan de cada día, y el salario en la caja del bar de allá arriba en el alto de un cerro. Un día no soportó más perder y perder, así fue que decidió dejar la llave del gas abierta, en su casa, subió al bar pidió una cerveza, mientras adivinaba donde podía verse su casa, se sentó en la mesa a esperar. De un pronto a otro un destello se vio en la ciudad, una gran llama se alzo justo donde estaba su casa. Los clientes salieron corriendo a ver qué era lo que pasaba, unos llamaban a los bomberos, otros comentaba lo sucedido. Andrés se quedó sentado en su mesa, sintió que la sonrisa ya no era fingida. Le pidió a la salonera un lapicero con tinta, en una servilleta escribió algunas palabras, luego en otra y luego en otra, hasta que por fin se dio cuenta qué era lo que hacían sus manos en el pasado. Pagó la cuenta y se perdió en un camino oscuro.

Al otro día el compañerito número 5 no fue a trabajar. Cuentan que lo han visto, con la sonrisa sincera, escribiendo y escribiendo, tranquilo. Allá en un bar alto, en el cerro.

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