Cybersexo

Cybersexo

“No lo es tanto, empeñarse en el auto-aborrecimiento.
Supongo que es mi adicción. “
María Genérica.

A veces. Creo yo, que la libertad, deja muchos heridos en el camino, pero el egoísmo es un tirano. A veces los corazones en la soledad, buscan diferentes maneras para seguir latiendo. El frio y los aguaceros son depresores de la ilusión, solo queda en una mesita de noche un libro derrotado, un cenicero repleto, y el insomnio contando mil historias, todas aburridas.

Derrotado, de la misma manera que en mis sueños, decidí hipotecar el corazón, en el solo de la guitarra eléctrica de aquel aprendiz de rocanrolero. Decidí volver a patear las historias, dibujadas en las hojas secas de un invierno eterno. Resolví, no vender más mi mala fama, ni la crueldad, ni la frialdad, ni la mierda. A veces creo que no nací para ciertos sitios, pero si, para la apuesta y la derrota. Cuando gano algo, siempre me asusto. Las ganancias las despilfarro en las deudas adquiridas por el juego.

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La encontré detrás de un giro de literatura, donde las pupilas aburridas buscaban un espejo, para no creerme la soledad, en la manera de conjugar palabras con sangre, semen y sudor. Se escondía detrás de un nombre falso, o genérico quizá. Así que me la imagine de la peor manera existente. La sospeche como la hermana perdida, en la literatura de lo real. La dibuje como una musa poco bella. Al menos tuvo la voluntad de sacarme un rato de la ansiedad. Cada oración mal elaborada, era un suspiro a mi hiperventilación. Nos empezamos a escribir misivas al estilo del siglo 21. A conocer las partes difuminadas del dibujo, a compartir los criterios, algunos falsos, otros creíbles. Hermana incestuosa, de morbo pintado de libertad, escarbado en el falso sexo de la distancia, el onanismo; que es a veces lo único rescatable del hambre y la sed.

No fuimos involucrando, en el mar de las preguntas indiscretas. Hicimos del instante un confesionario sin penitencias, reímos cada quien en su silla, cada quien en su estigma, cada quien en su locura. Escudriñe los acordes más dolorosos de mi guitarra, abanique la voz en un tono débil y desahuciado, cante las mismas canciones que había dado por perdidas. Al acabarse mi repertorio, decidí cantar sin la armonía de nylon. Desempolve al Gabo, recorrí los mismos infiernos del 2008, me desato ver el orgasmo dibujarse en su rostro, en los pilares perfectos de sus muslos, y luego la confesión de que fue alguna vez porrista, pero le termino excitando más, el afán por crear poemas. El contorno de sus pechos y los 12 años de diferencia, fue impulso a la mano anicotinada,, para no detener el orgasmo singular de la pronta madrugada.

Sexo sin látex, no tuve que aborrecer de nuevo el preservativo. Derribe las murallas de la desconfianza, me cale, en los gemidos que no escuchaba, el movimiento de una almohada folladora, que era yo. La euforia fue tanta, que me hizo buscar con la mirada la dosis olvidada de la lorazepam, que guardo en algún rincón del suicidio. Choque ancestral de narcisismos, dos ególatras masturbándose en algún rincón de la desesperación. Un cuadro digno de la desaprobación.

Tuve la certeza de que sorteé la suerte a mi favor, y me gane dos instantes gratis en un paraíso pecaminoso del mismo Onan. Fui seducido nuevamente por la tecnología, y una webcam, por una desconocida, tan conocida en sus exquisitos relatos. Una diosa que cautivaba con sus ojos profundos sin lentes, por los senos: duros, torneados, voluptuosos y excitados. Pero muy por encima, seducido, por la intelectualidad, que no se encuentra ni en el fondo de las botellas, ni los monólogos en voz alta que se dan a veces en una habitación sin visitas. Todo esto fue consumado, por un chorro de semen regado por entre mis dedos. De nuevo, se marchitaron, las rosas, el anillo de compromiso, los matrimonios y todo el romanticismo de Ricardo Arjona. En el quinto infierno de Dante volví a ser, un adolecente feromonal de 32 años.

Luego ella se soltó a llorar.

Su llanto era de dolor y vergüenza, la vulnerabilidad de una escritora, presa de la erección del demonio de los poemas sucios. Eran lagrimas suicidas entre el dolor y el vacio. Me petrifique, no puede ser posible que me pase tantas veces. Ya no habían poemas, ni canciones, ni movimientos, ni almohadas folladoras… solo un dolor extraño que no sabía cómo leer. Me prometió que no fue por mí.

No encontré la explicación, entre mis dedos empapados de semen, para hacerle entender, que no fue mi intención nunca, usarla como clip pornográfico de un misógino adicto a la masturbación. No pude darle a entender que lo que me sedujo mas, no fueron sus tetas, ni sus muslos, ni su boca de mamona; sino, la forma de cavar sus palabras, para hipnotizar los lectores aburridos de éxito. Que eso para mí no es un juego, sino una extensa condena de culpas y recuerdos escabrosos, pero que al final de cuentas, el placer paga las deudas, que después podre ahogar en alcohol. No pude dar explicación alguna, sobre las pesadas cadenas de la culpa hicieron ruido debajo de mis pies. Agarre las cadenas, me las coloque de collar, me tome la diazepam y me acosté a dormir forzadamente. Hecho mierda otra vez.

Al despertar solo me encontré, junto a la jarra cervecera de café, un cuento escrito en mi honor (nunca nadie me ha escrito, ni una carta de rencor) me dibujaron como un déspota, titiritero de las imágenes desnudas, me fume un cigarro, sonreí levemente. Seguía sintiéndome mierda, dormir no ayudo mucho. Fue cuando mi padre cerrando el periódico y en medio del desayuno pregunto:

– ¿Qué es esa vaina del cybersexo?

Solo alcance a sonreír, y levantar levemente mi ceja izquierda.

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