Calor errante

Calor errante

Algunas mañanas despertaba en el quinto infierno de la resaca, con un aliento a oxido con nicotina en el paladar, y una banda entera de bombos retumbando en mi cabeza. En mi cama, donde me había tirado, pues en ciertos estados se hace imposible acostarse. Batallaba con las ganas de vomitar, el sudor acido, y la amnesia de los últimos momentos de la noche anterior. Alguien sigilosamente subía las gradas que daban a mi habitación, con la mirada entre abierta. Siempre la silueta de mi madre rompía la ausencia. Con la misma taza de café, de no sé cuantas veces, se sentaba al lado de la cama, me acariciaba mi pelo pegajoso. Me reincorporaba un poco, ella me alcanzaba la cajetilla de cigarros, me daba el café, sonreía con la dulzura del amor y decía:
– ¿Por qué te gusta tanto meterte en problemas? Las respuestas no están en el fondo de la botella, eres el hombre más bueno que he conocido en mi vida, tienes la sensibilidad de sentir cosas que los mortales no sienten. ¿Por qué borras esa imagen con tu eminente autodestrucción? ¿Cuál es la respuesta que no logras hallar? No estaré contigo para siempre, y eso me aterra. ¿Quién subirá a alcanzarte los cigarros, traerte el café y acariciarte el cabello? ¿Quién se preocupara por ti? Nunca en tu corta vida, has dejado que alguien bueno se te acerque para quedarse, no los protejas de ti mismo, yo que te parí se que eres un ser sensacional, tanto al punto de vender esta imagen que no te pertenece. Las tristezas nadan en alcohol, las muy malparidas.
Se levantaba, abría la ventana para que entrara el sol.
– Te dejo el almuerzo listo en la mesa, baja cuando quieras.
Meterme en problemas. Mi afición favorita. A veces lo hago sin culpa, otras veces con toda la premeditación del mundo. Los sentimientos a veces se tornan en una gigantesca casa de sustos. Yo mismo muero de terror a veces, tratando de hacerme el invisible de mis fantasmas. Miedo perpetuo al rechazo y la desaprobación. Adicto a los diferentes anestésicos de la angustia y la derrota. Ya sean, los labios abiertos, las erecciones espontaneas, la cónyuge sonrisa de mis payasadas, el poema borracho, el acorde desafinado, la voz desentonada. El exceso, la malformada sensación de libertad. Aficionado a lo pecaminoso.
Una enorme armadura de hierro, que me fabrique. Para que los mortales no puedan ver las heridas, que noche a noche, sano en el silencio de mi cuarto, en la hoja en blanco, en el verso que no termino, en el cuento que se pierde de tiempos, el poema que detesto o la canción que dejo a medias y después invento. La que disfrazo pidiendo otra ronda, mojando la mirada en lo mundano, escarbando en el piso del fondo, yendo a la habitación que no me conviene, sorteando las calles de la conveniencia.
En el fondo, soy un buen chico, que analiza el rodar en el fondo de un café negro. Que se pierde y se vuelve, en el nadar de sus propias respuestas. Que cuando se olvida por un momento de quien es, se desnuda frente a algún espejo sin reflejo, camina de madrugada, diciéndole que si, a toda propuesta extramatrimonial. Que empapa los teclados con sangre, pues escribe con los dedos del corazón.
Perdí a mi madre una madrugada en la sala de un hospital. Mientras la tomaba de la mano de su agonía, le decía:
– Tu trabajo ha concluido madre. Quería de mi un hombre, pues aquí lo tienes, vete, no te amarres a esta cadena, fuiste todo para todos menos para ti. Aquí estoy, no te prometo dejar de meterme en problemas, pero si pensarlo si lo quiero o no, te extrañare todas las mañanas, se que serás esa luz, que me abrirá la ventana de mi cuarto para que entre el sol, vete que me mata verte sufrir así…
Se fue.
Ahora sigo despertando, en el quinto infierno de la resaca, las respuestas siguen sin aparecer en el fondo de la botella, a veces pienso que le mentí a la mano agónica de mi madre y que aun no estaba preparado para su partida, ya no me sirven el café, ni me alcanzan los cigarros. Nadie abre la ventana, y cuando logro abrirla esta aun nublado. Sigo con el afán de meterme en problemas, cada vez que puedo, a veces sin culpa otras con toda la premeditación del mundo. A veces, cuando el recuerdo se hace interminable, me acurruco en posición fetal y término sintiendo frio. ¿Un problema? La emoción de sentir calor, ¿Falso? Calor al fin.

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Un pensamiento en “Calor errante

  1. Este es un círculo imperfecto: termina donde empezo con un trayecto torcido, además lo deja vacío al círculo así como al personaje tan hecho mierda que quedo después de todo eso.

    “Que empapa los teclados con sangre, pues escribe con los dedos del corazón.” Que metáfora tan horrible (eso es bueno).

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