Pintando arcoíris en blanco y negro

Pintando arcoíris en blanco y negro

Aquel tipo se le acercaba, lo tomaba por detrás con fuerza, lo empujaba hacia él, lo acariciaba un tanto salvaje, le pasaba la lengua por el cuello, se la metía húmeda en su oreja, le decía palabras lascivas, obscenas. Mientras lo restregaba de forma vulgar. Aquel chico sentía una mezcla de gusto y temor, le agradaba que la mano de aquel señor le tocara de esa manera su pene apenas en desarrollo, sentía una púbera erección al sentirle la barba rasparle el cuello. Temblaba de miedo, pero deseaba que ese momento no acabara.
La confusión lo acompañaba, todas las madrugadas, soñaba con aquellas manos, aquella fuerza, aquel ímpetu. Quería dejarse llevar hacia todas las vulgaridades existentes – mismas que el tipo le decía de manera obscena en el oído – pero, la mala educación familiar lo hacía pensarlo dos veces. Así que se dormía soñando encuentros y secando lágrimas en la almohada.
Agustín, nació en una familia con creencias religiosas y sociales muy arraigadas. Su madre fielmente rezaba el rosario a las seis de la tarde, todos los días, mientras su padre terminaba el jornal en la cantina del pueblo. Así que aquel chico crecía sin padre hasta las 9 de la noche, cuando aquel señor con personalidad de “Macho que se respeta” llegaba a casa, borracho e imponía ley, con un zurdazo furibundo siempre al ojos de derecho de su esposa, pateaba a su hija, empujaba a Agustín, se sentaba en la mesa y exigía la cena que casi nunca había. Comía plácidamente, mientras Agustín, su madre y sus dos hermanas, lloraban sentados en el sillón sin decir media palabra. Solo la madre susurraba otra ave maría.
Don Agustín, era asi como le decían a su padre en el pueblo. Llamaba al pequeño hijo mayor, con una áspera y endemoniada voz:
– Ven acá muchacho, ven que te digo, siéntate.
Agustín tembloroso con los ojos mojados se sentaba siempre con la mirada agachada y escuchaba siempre la misma retahíla.
– No llore maricon. En esta casa se hacen hombres, no mariquitas lloronas, ya tengo suficiente con estas tres carteras. Recuerda, el hombre fue hecho para el campo, para ser fuerte, y hacer lo que se le da la gana, se les es prohibido sentir, llorar o cualquier otro tipo de pendejada. Así que si sigues llorando te golpeo cada vez más fuerte, para que llores por algo MARICON. Espero hacerte macho.
Agustín solo acataba a tragar grueso. Bajar más la mirada y siempre agachar la cabeza, sintiendo entre el pánico, aquel fuerte manotazo que le hacía arder el odio.
– Y no me agache la cabeza cuando te hablo, mírame a los ojos, serás el hombre de esta familia cuando yo falle, así que tienes que ser HOMBRE entendió HOMBRE…
Esa palabra le retumbaba en la confusión, “¿Qué diablos significa ser hombre? Mierda”. Siempre se pensaba, cuando Se iba a la cama, adolorido por los manazos y el maltrato, se dormía llorando, soñando con las manos de aquel otro viejo, que en lugar de golpes le daba algo que más o menos se acercaba al cariño.
Una tarde el señor de las caricias apareció muerto en un gallinero, según cuentan lo mato Juan, un adolecente presa de sus perversiones. Lo degolló a machetazos. Cuando el pueblo entero, se acerco ver tal escena, solo pudieron ver a aquel tipo ahogado en su propia sangre, con muchas heridas traspasando su cuello. Juan esposado a un árbol para que no escape y le diera parte a las autoridades. El rumor, que el acto fue provocado por un constante abuso sexual, iba tomando cada vez más fuerza. Comentarios iban y venían entre los habitantes del pueblo. Unos recriminaban el salvajismo, pero perdonaban el hecho, otros solo llegaban miraban el acto y se tapaban los ojos. Don Agustín solo alcanzo a decir:
– Esta bueno por maricon, Dios salve que de mi familia salga un solo pendejo, si fuera así yo mismo lo mataría.
Aquellas palabras, calaron un eterno temor en el pensamiento del chico. Y así fue creciendo, reprimiendo cada día aquel deseo de sentir atracción por las manos fuertes en su cuerpo. Asco por los golpes y el olor a borracho de su padre, y lastima por su madre siempre rezando y sus dos hermanas siempre llorando. Se marcho del pueblo, dejo atrás todo el infierno de su adolescencia, se instalo en una universidad e inicio sus estudios en mercadeo. Se hizo de una novia, lo cual lo llevo a una de esas iglesias, lejos de los rosarios y las misas, las cuales se rigen por un capitalismo religioso dotado por el mismo diezmo, esto en conjunto con sus estudios, hicieron que en la mente de Agustín viera la fe como un prominente negocio, así que se compro una biblia, y unos cuantos seguidores. Y se compro una iglesia propia y un muy buen prospero negocio.
Poco a poco los caudales, basados en una mala interpretación del diezmo, fueron engordando la cuenta bancaria. Tanto fue que le alcanzo para casarse, comprar un último modelo, de esos que se les puede personalizar la placa, tener hijos y formar una familia, e incursionar en la política. El pasado había quedado en el olvido, solo que el odio permanecía en algún lugar.
Seguía reprochando las palabras de aquel viejo, frente al cadáver del de las manos exquisitas. Comenzó a ver aquellos episodios de su niñez fuera de toda naturaleza, no quería permitir que nadie cayera en sus tentaciones. Empezó a ver aquellos deseos como confusiones de placer, y logro achacar con su poder, el odio y la intolerancia. Comenzó sin remedio a pintar el arcoíris de blanco y negro.

Se interno en un centro psicológico para curarse de sus miedos internos y lo logro de tal manera que pensaba que ese deseo “no natural” era curable. Y todos sus seguidores iban con él, izando la bandera de la intolerancia. A la mierda el pueblo, cabía más su temor, su odio, su educación. No le impactaban las noticias de muertes, basadas en el odio de lo “no natural”, no le importaba que el amor se manifestara aunque fuera de esa manera, simplemente perdió el juicio y trato de volver vulgar el sentimiento. Aunque algunas veces llegaba a casa, se quitaba la corbata, la camisa, el pantalón, se metía en la cama con su esposa y recordaba, el rosario de su madre, el llanto de sus hermanas, los golpes de su padre; mientras las delicadas manos de aquella mujer lo abrazaban hacia sí. Haciéndole recordar aquellas manos fuertes que lo hicieron sentir “confundido” en su púbero crecimiento. Algunas lágrimas se estrellaban en la almohada sin darse cuenta. ¿Tristeza o no?, quien sabe, era para él, algo “no natural”.
Qué lejos nos ponemos a veces del amor.

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Un pensamiento en “Pintando arcoíris en blanco y negro

  1. como dice la canción
    “… odiame sin medida ni clemencia,
    odio quiero más que indiferencia
    que tan solo se odia lo querido”

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