Cagado de risa

Cagado de risa

Cada vez que miro el rostro de alguna chica, alcanzo a imaginar su gesto, ya sea llorando o cogiendo o mamando. No me gusta imaginarlas sonriendo, prefiero ser yo el ladrón de las sonrisas. Conocí a Pilar un mal día. Me la tope a bordo del autobús. Desde el momento que la vi, no podía entender, el porqué sonreía de manera tan estúpida, para mi mala fortuna el único espacio desocupado era, a su lado. Mientras me sentaba, sentía su mirada en mi rostro. Podía escuchar su maldita sonrisa.
– ¿Qué pasa? ¿Tengo algo en el rostro? ¿Se me está saliendo un moco? ¿Qué te produce tanta risa?
– No para nada, creo que eres un chico lindo, eso me da risa.
– ¿Te da risa? Debes estar lunática.
– Mucho gusto Pilar.
– A mí que me importa, borra esa sonrisa imbécil de tu rostro por favor.
Su sonrisa se convertía por momentos en carcajadas. Supe en ese momento, que como la mayoría de las veces, mi viaje en autobús iba a ser bastante largo. No dejaba de sonreír con la mirada clavada en mi cara. La miraba de reojo e intentaba imaginarla cogiendo, llorando, comiendo, mamando, pero todo era imposible, todas las visiones me llevaban a su risita.
– Mierda – dije acabándose la tolerancia – que necesita, un pene que te borre la sonrisa.
– No chico lindo, la verdad que tu pene me haría aun más feliz.
– La idea es quitarte la felicidad.
– No lo lograras, nunca he llorado, nunca he estado triste, nadie nunca me ha borrado esta sonrisa de mi rostro.
– Pues deberías darme un chance.
– Esta bien, bajémonos en El Puerto, buscamos una cabina y haces conmigo lo que quieras, estoy tan feliz que me siento completamente mojada.
En ese mismo momento, me guinde del mecate que le hace parada al autobús. La tome de la mano, nos bajamos en medio de la nada, la lleve por un charral, la puse contra un árbol y me dedique a culiarla. Nadie nunca nos podría ver. Asi que eso, no era mi preocupación, empujaba, empujaba, cada vez con más fuerza. Lo que si me preocupaba era que su rostro no paraba de sonreír, y en lugar de gemidos, lo que escuchaba eran carcajadas, las más chocantes, estridentes, locas. Me regué en medio de la frustración.
– Vistes, sigo feliz, más sonriente que nunca.
– ¡Estás loca! – me dispuse a marcharme y dejar a esa demente tirada en ese lugar, tanta felicidad no me puede traer nada bueno.
– Sabes, no te puedes ir.
– Usted vaya a comer mierda, usted está loca, yo me voy.
– No chico lindo, tú ya me tomaste a tu manera, ahora me toca a mí, tomarte a mi manera, es de caballeros conceder esa parte del trato.
Pensándolo bien, la nena esta, aparte de demente, tambien esta como quiere, así que le tome la palabra. Se fue a la orilla de la calle y empezó a hacer “ride”. Trate de acercarme.
– No imbécil, contigo a mi lado, cuesta más que alguien se detenga, escondete.
Se detuvo un tráiler que iba rumbo a la frontera. Vi a Pilar negociar con el camionero. Luego me volvió a ver e hizo un gesto que la siguiera, abordamos el tráiler, ella quedo en el medio del camionero y de mí.
– Linda sonrisa bebe – dijo el camionero.
– Mierda no – dije en voz alta.
– De verdad no le hagas caso a este loquito, anda un poco amargado – le dijo ella al camionero.
– Bueno princesita ¿Cumplirás tu parte del trato? – dijo el camionero.
– Claro – dijo ella.
Pilar se inclino a chupar la picha de aquel camionero, no quiero imaginar cuanto tiempo tenia sin bañarse.
– Sabes – me dijo el camionero – llevo tres días sin parar en camino, sin comer, sin bañarme, a temperaturas realmente altas, y que esta dulzura aliviane el camino de esa manera no tiene precio. Pero lo más impactante amigo mío, es que no le importe, el olor a mufla descompuesta que puedo traer en las pelotas.
– Esta realmente sabe a verga – dijo Pilar en medio de una carcajada.
La situación era tan desesperante, que decidí relajarme. El camionero nos dejo justo en el centro del puerto, pude ver la misma sonrisa imbécil en el rostro de aquel malnacido.

– Adiós señor, gracias por el levantin.

– No mamita, gracias a ti. Has alivianado el peso del trabajo. Espero seguir encontrando la tarifa es la misma.

Pilar le guiño un ojo, el camionero, que se reía como loco, como si algún espíritu de felicidad lo hubiera abordado en ese momento. Pilar empezó a caminar, yo no tenía afán por seguirla.

– Vamos chico lindo, tienes que cumplir con la parte de tu trato recuerdas.

Derrotado la seguí. Fuimos hasta las cabinas, nos recibió una señora morena y grandota, se comía un vigorón gigante, cuando miró a Pilar la reconoció en el momento.

– Pilarcita mi vida, tanto tiempo sin venirme a visitar. Veo que traes compañía. ¿Otra víctima más de felicidad?

– Si Doña Cristina, pero este, está realmente difícil, no le he podido sacar nada aun.

– Bueno, el cuarto esta tal como lo dejaste.

– Gracias Doña Cristina.

Pilar me tomo de la mano, me llevo hasta la habitación número 5. Abrió la puerta. La cabina era realmente tenebrosa, llena de cuadros de payasos, todos riendo, fotos de gente carcajeándose. Encendió la radio, y en lugar de música, sonaban, risas, carcajadas, chistes. En la televisión solo habían videos de momentos jocosos, realmente me aterre, pero antes de reaccionar, me tomo de la mano y me arrojo a la cama, bajo con rapidez mi pantalón, se quito sus ropas y se sentó a cabalgar sobre mí. No puedo negar que su manera de coger era increíble, estaba tan asustado que aun si podía mantener la erección.

– JA JA JA JA dame mas, si JA JA JA JA dame eres mío.

Era todo lo que alcanzaba a escuchar de su boca, su rostro era una carcajada completa. De pronto mi cuerpo empezó a sentir que lo abordaba una extraña sensación. Mi estomago empezó a temblar, mi respiración se entre cortaba, mi boca empezó a tener voluntad propia y cuando me di cuenta, estaba sonriendo, mientras ella más me cogía, mi sonrisa era risa, y sin darme cuenta estaba revolcándome en la cama cagado de risa. Ella se vistió y se marcho. Dejándome ahí, en la cama de una cabina en El Puerto cagado de risa.

Sin poder reponerme. Salí de aquella habitación, Doña Cristina mientras clavaba la mirada en mis ojos murmuro.

– Otro pobre que cayó.

La volví a ver como sabiendo que ella tenía la explicación de mi locura, pero en lugar de decirle alguna palabra, solo me reía como imbécil. Camine varias cuadras, la gente se me quedaba viendo, de seguro me miraban la estupidez de reírme de la nada. Ese montón de felicidad era asfixiante. Intentaba imaginar a las mujeres que me topaba, mamando, cogiendo o llorando, pero era inútil, la única forma que tenia para imaginarlas era riendo. Luego, todos a mi alrededor se reían conmigo, las carcajadas eran perturbadoras, en el fondo quería terminar con tanta felicidad. Así que desesperado me fui corriendo a la casa de Doña Cristina.

– Sabia que regresarías – dijo Doña Cristina, con un gesto de lastima y preocupación.

– Puedes ayudarme – dije cagado de risa.

– Mientras Pilarcita no se entere, pues me tiene amenazada con la maldición de la felicidad.

Me llevo a un cuarto oscuro, me sentó frente a un televisor y tomo el casette de un VHS, encendio un viejo televisor a blanco y negro y comenzó a proyectar una película.

– Mírala completa.

La empecé a mirar. Era un video sobre mis momentos más tristes, mis derrotas, mis fracasos. Poco a poco la carcajada empezó a mermar su intensidad. Yo seguía viendo aquella película sobre lo más triste de mi existencia, lo que había olvidado hace mucho tiempo, los llantos de mi infancia. Mis preguntas más oscuras. Cuando me di cuenta, mis ojos estaban bañados de lágrimas, ya no había sonrisa en ninguna parte, me volví a sentir “normal”. Doña Cristina volvió al cuarto y me dijo:

– Ven tenemos que hablar.

Me sentó en una mesa a la orilla de la playa.

– No sé quién eres, pero por tener toda una vida de conocer a Pilarcita, me doy cuenta que eres una persona, que tienes la estúpida creencia de que tu felicidad le compete a otra persona. Chico déjame decirte que el único dueño de tu felicidad eres vos y nadie más. Nunca vuelvas a caer en ese error. No curo a todo el mundo, la gran mayoría de las victimas de Pilarcita, creen tanto en que alguien de afuera les dará la felicidad, que prefieren vivir esa hipocresía y no su propia felicidad. Así que sería en vano curarlos. Al verte salir de la cabina, con tu carcajada fingida, vi en tus ojos sinceridad, así que decidí enseñarte este secreto. Ahora márchate, y recuerda la felicidad de cada quien es labor de cada quien, no de alguien que llegara a tu vida y te la ofrece con miles de placeres, para luego marcharse y dejar tatuada la mentira en los labios. La gente te puede hacer sentir feliz, pero nunca hacerte feliz, sentir y hacer son cosas distintas…

Se levanto de la mesa y se marcho, justo en ese momento una joven bella paso al lado. Me sonreía, me la imagine chupando un pene y lo logre. Luego paso una dama un poco feliz, trate de imaginarla llorando, y lo logre. Me dibuje una sonrisa en los labios, me levante de la mesa y camine por la playa, disfrutando por primera vez mi propia felicidad.

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2 pensamientos en “Cagado de risa

  1. Le diría que me sacó una sonrisa, pero sería ambiguo de mi parte.
    Como siempre, una lectura que vale la pena degustar.

  2. Esta lectura fue un recorrido, me cayo mal Pilar, sonreí y al mismo tiempo me imagine mamando, me agueve y al final sonreí de nuevo pero no con mis labios. En resumen me sentí hombre al leerlo.

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