Crucigrama

Crucigramas

Esa tarde, caminaba presa de la derrota. El sol reflejaba mis lentes oscuros. Cada paso una pregunta. Las palabras se escapaban lejos, a lugares donde no podía alcanzarlas. Se convertía cada vez mas tedioso, el asalto de vida o muerte entre la página en blanco y este adicto a la derrota. Cargaba con la resaca de borracheras no concluidas, un aliento metálico a nicotina y una apariencia que desgarraba la voluntad. Estaba perdido en un punto de la ciudad, donde no encontraba en camino de retorno.

Con la mirada ausente, solo buscaba las respuestas, en el viento, en los autos, en el lado oscuro de una realidad. No encontrando una mierda. Me metí en la cafetería más concurridita de la ciudad. Aunque hubiera preferido quizá un putero, me deleite con un café. La salonera puso junto el café el periódico, como si la frustración no fuera suficiente peste.

– ¿Algo mas señor? – pregunto con la mas forzada de las sonrisas.

– No gracias. Dije quitándome los lentes. Abrí el periódico buscando el crucigrama, mientras la salonera  recogía algunas cosas de la mesa.

– ¡Que picha! Alguien se adelanto al crucigrama – refunfuñe.

– Disculpa, es mi entretenimiento en la hora del almuerzo – dijo la chica ahora con una sonrisa de soberano placer.

Correspondí la sonrisa mientras me imagina esa boca alrededor de mi pene.

– Descuida tienes sonrisa, de palabra coloquial y vulgar de ocho letras (mamadora)

– Bueno señor. Cualquier cosa estoy para servirte – volvió a sonreír mas relajada y se marcho.

Junto con la primera erección del día, estuve dispuesto a tomarle la palabra al pie de la letra. Pero no duro mucho para que las historias no escritas empezaran de nuevo hacer su escaramuza. Algunos piensan que escribir es una labor fácil, los invitaría a colocar palabras tras palabra y sentir que el fracaso es lo único seguro. Como no tener esa sensación, me he dedicado a vivir con la mayor cantidad de faltas de ortografía en cada decisión. Me tiene sin cuidado en que punto de la sensación utilizo el acento, lo que más se me parece a una tilde es la erección de mi pene durante la masturbación, eso sí es acento puro. Esta labor a veces parece un puto crucigrama.

La salonera volvió a la mesa, sirvió más café, me dio una hoja de periódico doblada.

– Es el crucigrama de ayer, no pude hacerlo, pensé que si te robe el de hoy, te puedes entretener con el de ayer.

– Todos cometemos ese vicio, entretenernos con el pasado.

– Debe ser, que las respuestas que hoy no nos sabemos, mañana la misma circunstancia no las da.

– ¿Entonces mis respuestas de hoy, las tienes vos?

– No todas, solo te ayudare con las fáciles.

– Vamos a ver. Veinticinco horizontal.  Fuerte inclinación de la voluntad hacia el conocimiento, consecución y disfrute de algo. Cinco letras.

– Deseo.

– Precisamente, deseo.

– Es fácil a veces sentir el deseo, solo basta con fijar la mirada en los ojos del que desea, se siente hasta el calor. Por esa facilidad de tus ojos fue que te ayude. Suerte, volveré en un rato a ver cómo te va.

Nunca nadie había elogiado mi mirada de esa manera. Siempre me reclaman que antes de ver los ojos miro los escotes. Seguí la tarea del crucigrama sin esforzarme mucho, necesita todas las de la ayuda esta tarde. Pasaba de pregunta a pregunta, respuesta a respuesta. Una pista por acá otra por allá, no tardo en volver.

– ¿Alguna fácil para mí? – pregunto la joven jugando con el lapicero y su boca.

– Si tengo una. Diecinueve vertical. Que mama fem.

– Mucho gusto, me llamo Priscila – dijo sonriendo –  Pero sospecho que esa pregunta la has inventado.

– Así es. Pero obtuve la respuesta que quería.

– Lastima, mi boca esta entregada a un solo pene.

En ese momento vi el brillo dorado de su anillo de matrimonio. Volví mi mirada a su cara chispeante, imaginando un kamasutra de gestos.

– Pues bien, hoy cuando tu marido te haga un masaje de glándulas con el virtuoso pene, yo estaré imaginando esa boca jugando con algo más que un lapicero.

Se sonrojo y se marcho. Durante el resto de la tarde no volvió más. Al pedir la cuenta la trajo el encargado. Me marche de ese lugar, volví a casa, escribí un buen cuento sobre crucigramas. Después de conocerle su boca juguetona, tengo la buena costumbre de tildar más las cosas.


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