El día que conocí a un cantante con botas vaqueras.

El día que conocí a un cantante con botas vaqueras.

 

A Juan.

 

 

 

 

 

 

Durante un tiempo trabaje en algunos hoteles. Sirviendo tragos a una cantidad considerable de extranjeros. A pesar de que mis amigos decían, que era un trabajo con clase, la verdad ¡era un asco! La etiqueta forzada, ser la alfombra tercermundista de un montón de adinerados, soportar el hecho de no entender lo que intentaban decir en español (aunque algunos hablaban español). Realmente quería morirme. Al menos la paga era decente. Se lograba vivir bien con el hospedaje, desayuno, agua caliente, y a veces cena. Las habitaciones eran compartidas con otro compañero. Me toco vivir con Jairo. Un pobre chico, unos años menor que yo. A él, le costaba vivir conmigo. No soportaba el humo del tabaco, odiaba las tardes que tocaba  la guitarra, sentía difícil lidiar con mi lenguaje soez. Pero lo que más detestaba era mi xenofobia turística. Su sueño, cogerse una viuda adinerada, ya fuera gringa, europea o asiática, con dinero, y vivir mantenido el resto de su vida. Era un completo perdedor. Pero buena gente, me hacía reír sus sueños ilusos. Los ratos que coincidíamos en la habitación, tenía que mamarme sus historias: de actores y actrices de Hollywood paseando por el hotel, la crema y nata del rock and roll destruyendo habitaciones, hijas de los presidentes coqueteándole en el bar. Todas, historias, ilusas e inventadas. En mi caso nunca vi una celebridad, puede ser que casi ni las conocía, o no estaba al tanto de ellas.

Una noche caminaba cansado rumbo a mi habitación. Había sido un día extenuante, perturbador. Mas que todo, por un grupo de chicos mal olientes que se creían los Red Hot Chili Peppers. Solo deseaba llegar a mi habitación, quitarme este maldito disfraz de pingüino, abrir una cerveza, encender un cigarro, música suave, y lograr, no pensar en nada. Era una tarde perfecta, hasta que unos chiflidos, interrumpieron mi planeamiento.

– ¡ANDRES! ¡ANDRES! – gritaba Jairo. Lo espere, corría desesperado. Me alcanzo y dijo:

– Andrés ¿Su guitarra? ¿Puedo agarrar su guitarra?

– Pero usted no sabe tocar.

– No es para tocarla yo, es para un tipo que acaba de conocer en el bar. ¡ES FAMOSO! Te hable de ti, te quiere conocer, le dije que según creo, usted toca algunas de sus canciones, quieres que te lo presente.

– No, tengo mejores planes para la noche. Anda agarra la guitarra, cuidado le hace algo, o le arranco los huevos.

– Gracias Andrés, seguro lo llevare a la habitación.

– Preferiría que no, pero si insistes, lleva cervezas.

Aquel pobre chico corría, como si alguien lo esperara para darle un millón de dólares. Llegue a mi habitación. Me bañe, me quede en bóxer, fui por dos cervezas, me recosté en la cama, abrí una, encendí un cigarro, y al fin con Cash en la radio, me empecé a relajar. Observe el clavito donde siempre cuelgo mi guitarra, recordé a Jairo – si al menos se ligara un buen culo, ese pobre maricón – dije sonriéndome. Poco a poco me fui quedando dormido.

Me despertó el dulce sonido de mi guitarra. Sonaba muy bien. Ejecutaba una pieza clásica – buen estilo – dije. Me levante, camine a la sala. Buscaba con curiosidad aquel sonido, lo primero que vi fue el rostro de Jairo. Tenía una maldita cara de orgasmo. Su sonrisa era realmente patética. Al frente, un tipo alto, con solo verlo, lo reconocí y se me revolvió el estomago. Tenía botas vaqueras, pantalones vaqueros, una faja vaquera, pero no era vaquero. Era un  tipo, que ha tenido mucho éxito últimamente. Me ofendió la camiseta de Bob Dylan.

Aquel tipo al darse cuenta de mi presencia, respetuosamente, dejo de tocar MI guitarra, se puso de pie un poco impactado, al verme en bóxer.

– ¡Andrés! Gusto en conocerte – dijo, ofreciéndome su mano – Jairo me ha hablado mucho de ti.

– Bien – dije solo dándole mi mano.

Habían traído cervezas, solo por eso me senté con ellos. Hubo un extraño silencio. Jairo comenzó, su lavadera de huevos.

– Dice Don Ricardo, que está enamorado de Costa Rica.

– Mientras no se le ocurra venir a vivir aquí – dije mientras encendía un cigarro.

– Linda tu guitarra – dijo Ricardo, tenso aun por el comentario.

– Si, me gusta su sonido, a pesar, de que ya esta vieja.

– ¿Está en venta?

– Siendo yo, te la regalaría – dijo Jairo.

– ¡Jamás! – dije mientras quería asesinar a Jairo con la mirada.

– ¿Es un regalo de un ser querido? – pregunto Ricardo.

– No, simplemente no la vendo. No todo en esta vida, se puede comprar. Ese es el problema de los exitosos vendidos, después creen que todo se vende, como sus carreras.

– Todo tiene su precio.

– ¡No está en venta! – levante la voz.

– Don Ricardo, Andrés toca bien la guitarra – dijo Jairo, con un tono adulador, bajando un poco la tensión.

– ¿De verdad? – dijo Ricardo ofreciéndome la guitarra a manera de reto.

Tome la guitarra. La sentí contaminada, olía a perfume caro. La descanse en mi muslo y seguí tomando cerveza.

– Toca algo conocido – sugirió Ricardo.

– ¿Has escuchado “D +”?

– No, en realidad, no. ¿Tienen éxitos en la radio?

– No, pero si mucho más calidad que muchos que si suenan en la radio – lo mire a los ojos.

– Bueno, ¿Algo de Dylan?

– Me gusta Dylan, pero no para andarlo en una camiseta.

– ¿Algo mío?

– Señor lo siento – perdí el control, no podía soportarlo más – NO ME GUSTA USTED, NI SU MUSICA, realmente creo que todo usted es un asco.

– Bueno Jairo – dijo Ricardo poniéndose de pie – tengo que descansar, mañana me presento en el estadio nacional.

– Lo sé, Don Ricardo y disculpa a Andrés, está un poco tenso por el trabajo.

Ricardo se puso de pie, volvió a ofrecerme la mano, estaba asustado. Le correspondí la despedida.

– Bueno chicos, realmente ha sido un placer. Jairo te dejare dos pases para el concierto de mañana en recepción.

– Ahí estaré Don Ricardo – dijo Jairo, en un orgasmo emocional, a punto de llorar, como chiquilla adolecente.

– ¿Don Ricardo te tomarías unas fotografías conmigo?

– Claro Jairo.

Me levante, tome las cervezas que ellos habían traído y volví a mi habitación. Colgué la guitarra en el clavito de la pared. Me recosté, me encendí otro cigarro, abrí una de esas cervezas que salieron gratis – no te lo volveré a hacer – le dije, con culpa a mi guitarra.

– La próxima, tendrías la molestia de ser un poco más amable – dijo Jairo ingresando a la habitación bastante molesto.

Sonreí, apague la luz, mientras escuchaba los sermones de un chico bastante molesto por la cruda sinceridad de un músico al borde del fracaso. Me dormí casi de inmediato. Jairo seguía sermoneando.

Ricardo el otro día lleno el estadio nacional, Jairo estuvo allí. Aquel guatemalteco, siguió vendiendo millones de discos.  Yo seguí sirviendo tragos, dejando el “hobbie” de la guitarra, cada día mas olvidado. Al tiempo deje los hoteles. Volví a mis raíces de atender borrachos nada famosos, tener el privilegio de limpiar sus vómitos.

Me contaron, que Jairo puso una pulpería en su pueblo natal – sería bueno ir a comprarle cigarrillos – pensé alguna vez.

Ese pobre chico sigue imaginando que, las celebridades pasan por su  establecimiento y le compran sardinas, papel higiénico, peines y café. Tiene la foto que se tomo con Ricardo en el Facebook y la caja registradora. No falta el día que le cuente a alguna ama de casa, aquella noche que conoció a Arjona y este le dio pases para un concierto en el estadio nacional.


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Un pensamiento en “El día que conocí a un cantante con botas vaqueras.

  1. Historia bien trazada, envolvente, llena de momentos, figuras, autodignidad, y que comparte la misma animadversión por Arjona de la que adolece el suscrito. Buen cuento, Diego!!

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