Un viejo gordo que decía ser santa

Un viejo gordo que decía ser santa     

Me senté con temor a escribir aquella noche. Algo presentía. Mi mente buscaba alguna razón, no hallaba una mierda. Después de varios papeles arrugados por toda la mesa de escribir, adornando la tétrica imagen de la inseguridad, el fracaso y el terror. Descanse de la mala costumbre de forzar las palabras – la inspiración, es algo que no terminare de entender –  pensé, mientras me recostaba y encendía un cigarro. Me quede dormido, hasta entrada la madrugada. Al despertar volví a  la mesa, y otra vez lo mismo, medio párrafo, la hoja arrancada, arrugada, haciendo bulto con las demás. Empecé a sentir rabia. Deje caer la cabeza sobre las hojas en blanco. Justo en ese momento. Algo entro por la ventana, quebrado el vidrio, haciendo un soberano estruendo

– ¡QUE ES ESTA MIERDA! – grite.

La cabeza de un venado entro rodando a mi habitación, pringaba de sangre la sabana de mi cama. Rodo por el piso y se detuvo justo en mi pie. Le di una patadita, mientras pensaba en el estúpido, capaz de semejante bromita. No salía de la impresión, cuando, un viejo gordo, con una tupida barba blanca, ojos y mirada simpática, ingresaba con miles costos por la ventana. Venia en bóxer, unas enormes botas negras, una camiseta blanca con vomito fresco y un abrigo rojo desabrochado. Estaba completamente borracho, las manos empapadas de sangre. Maldecía el esfuerzo, de pasar como 300 kilos por la ventanita. Se detuvo justo al frente mío, tomo aire en su barrigota y grito.

– ¡JO JO JO FELIZ NAVIDAD!

– Que navidad, ni que ni mierda, viejo loco estamos en octubre.

Aun agitado y un poco desorientado, se sentó en mi cama tomando aire nuevamente. Quiso gritar de nuevo, cuando miro la cabeza del venado.

– Viste Rodolfo, eso te iba a pasar si no te dejabas coger. Chico – dijo dirigiéndose a mí con esfuerzo – ¿Tiene leche y galletitas para el bajonazo?

– Mae no. Veré que encuentro.

Estaba realmente asustado. Fui al refrigerador a ver que tenia para darle. Pensé que era un mendigo loco, que se creía santa. Solo encontré cerveza, lleve dos, le destape una y se la di.

– Magnifico, esto es mejor que la leche y las galletitas.

Le dio un fuerte trago, eructo y se volvió a vomitar encima. Se cago de risa. Me miraba con cierta paternidad que me aterraba.

– ¿Así que quieres ser escritor?

– Al menos se intenta. Y vos ¿pretendes ser santa?

– Yo soy santa.

– Déjate de mierdas viejo playo, además si eres santa ¿Cómo que se le perdió la época, no?

– Es que ahora con tanta fecha por celebrar ahí que empezar desde antes con esto de publicidad engañosa. – Le dio otro trago a la cerveza, volvió a eructar.

– Vea gordo feo, no me vengas con que eres santa. Por el amor al cielo, en este país, nos hicieron hacerle mas caso al niño que a vos. Así que no me trago esa historia. Así es, que me dice quien eres, o lo hago sacado por la ventana a punta de caite.

– ¡No me lastime! – dijo levantándose de la cama asustado –  de verdad soy santa. Este venadito era Rodolfo.

– Entonces enséñame un enano.

– ¿Un enano?

– Si.

En ese momento se bajo el bóxer dejando a la vista su  pene. Diablos era más pequeñito que el mío.

– Mae, no ese tipo de enano, sino de esos que te fabrican los regalos, en el polo norte o sur – dije riéndome (no podía evitarlo)

– ¡Ah! No son enanos, son duendes. Además ya no utilizo duendes. Ahora encontré mano de obra más esclavizada y barata. Los juguetitos ahora los fabrican: chinitos, japonesitos, latinitos, inditos coreanitos… ¿entiendes? Hay que globalizarse.

– Bueno, supongamos que eres santa – dije, sintiendo que me estaba convenciendo – ¿Qué hace santa en mi habitación?

– Leí tu carta. Y aunque no eres un lindo angelito, quiero concederte tu deseo.

– ¿Mi carta? Nunca le he escrito una carta a santa.

– Claro que si aquí la tengo.

De su bota negra saco una hoja arrugada.

– te la voy a leer.

Aclaro la vos y leyó.

– “Querido Santa, quiero decirte en esta carta, que soy un niño que descubrió lo que quiero ser cuando crezca. Estoy aprendiendo a escribir, curso el segundo grado de la escuela, en los dictados siempre saco cien. Así fue que pensé que para diciembre, solo me gustaría pedirte, que olvides la bicicleta, el nintendo y el televisor a colores. Te pido con todo el corazón que me des el “don” de ser escritor. Ser el mejor escritor del mundo, hacer que mis historias de: magos, vampiros, y adolecentes. Vendan millones de libros y hacerme muy millonario. Ver como mis cuentos, llegan al cine, y que todos mis compañeritos de la escuela les gustara ser como mis personajes. Te cuento que empecé a escribir algo, no sé cómo ponerle, puede ser: peñasco, atardecer, anochecer, entre luces, ocaso… creo que con el “don” de escritor ganaría millones. Quiero comprarle una casa a mi mamá, con toda la plata que me den por las películas de mis libros, pero necesito de ese “don”. Dejare sobre la mesa, galletitas y leche. Espero que no te cueste mucho dejar el “don” debajo del arbolito que decoro papá. Santa, se despide con mucho cariño… Paulo C*.

Mierda. Después de escuchar semejante carta… no puedo aun creer en santa. Mi madre desde chamaco, me inculco pedirle las cosas al niño. Aunque a muy temprana edad, nunca vi un niño dejando regalos en mi casa, sino a mi tata comprando las varas, justo después de las cogidas de café. Después, nunca he escrito una carta, menos de niño. Pero ese tipo desorientado y visco me daba pena. Así que decidí acabar esta comedia de una vez.

– Lo siento señor, sea quien usted sea. Ese chico no soy yo.

– ¿No? – dijo el viejo sorprendido.

– No de verdad – le dije acercándome y poniendo una mano sobre su hombro – primero que no me llamo Paulo C*, además que no me hubiera gustado, haberme hecho escritor a base de un “don” pedido a santa por cartas.

– Pues es extraño – el viejo se torno melancólico – creo que me equivoque. ¿Quieres el “don” de todos modos?

– No, gordo, santa o quien seas. Prefiero creer más en el aprendizaje, que en los dones recibidos. Mejor anda, busca a Paulo C*, el debe de estar esperando el “don” con ansias, su madre debe de vivir en una pocilga.

Ese viejo sonrió y se marcho. Con la misma dificultad con la que ingreso por la ventanita del cuarto, salió. Me asome, para asegurarme que no venía en trineo, pero no. Lo que vi, fue el tronco de un venado muerto, y a aquel gordo montándose en una motocicleta Vespa. Acelero lento, gritaba su patético JO JO JO FELIZ NAVIDAD, la condenada moto se mecía de un lado a otro en la carretera. Sonreí.

Luego me dedique a limpiar su vomito, cambie las sabanas de mi cama, junte la cabeza del venado, le envolví en una de las sabanas sucias y la tire por la ventana. Al rato en la madrugada vi un grupo de mendigos llevarse el venado y planear la parrillada de varias noches. Luego, otra vez estaba en mi mesa de escribir, otra vez un constate pleito con las historias. Otra vez un montón de hojas arrugadas, la depresión, la desidia – me hubiera dejado el “don” algunas noches – pensé, mientras me acostaba derrotado por la literatura.

Al tiempo, por mediados de enero. Salí por algo que desayunar. En la soda, junto a la taza de café colocaron el periódico. No soy de leer periódicos. Solo me gusta ojearlos cuando estoy cagando. Ese día al no llevar un libro conmigo, no me toco más, que ojear el periódico aunque no estuviera cagando. Abrí el suplemento cultural y aquel titulo inmenso me encandilo…

PAULO C*: ESCRIBIR PARA MI ES UN DON…millones de libros vendidos.

– Mierda.

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