La sombra; que me brindo dos opciones

Desperté, el café del desayuno estaba frío. Mis cuentos seguían sin gustar, miré el horizonte por la ventana. Caí en la certeza que no soy un buen ciudadano, y que de nada sirve, ser un buen ser humano. Una sombra apareció detrás diciéndome:

– ¿Bello el panorama?

– Si – dije dándole un sorbo al café – Cuando no está nublado se puede ver el borde del Volcán Poás.

– ¡No ése, imbécil! Tu panorama.

– ¿A qué te refieres?

– Ya las diste, mírate, tus sueños se frustran, el despertador te saca de la cama, el café se te enfría, nadie te lee, ni a tu madre le importa lo que escribes. Eres el peor de los ciudadanos, no encajas en el sistema, has escogido la peor de las profesiones, y estás fracasando en todo.

– ¿Fracasando yo? Escribo todos los días, cosas de verdad, me leen unos cuantos, nadie tiene mi potencial.

– Unos cuantos… ése es tu problema, has llevado tu vida al borde del conformismo, y sorteas la suerte, haciendo equilibrio en ese abismo – la sombra se acercó y puso una mano en mi hombro – mira, está nublado y lo único que alcanzas a ver es un supermercado.

– Algún día seré grande.

– ¿Y si no? Seguirás este ritmo, de desolación, ganas y pereza.

– A todo esto – dije mirándola – ¿Quién diablos eres?

– Créame que eso, ahorita, no importa.

Dejé de mirarla, de verdad era aterrador. Encendí un cigarro, me dirigí al baño, vomité. Me miré en el espejo, estaba pálido. Tomé un baño, el agua estaba realmente helada. Me sentía cansado y asustado. Sentado bajo el chorro de agua, solo deseaba que el tiempo pasara, pero transcurría muy lento. Así que desistí de la idea de esconderme; desnudo volví a mi cuarto. Aún estaba ahí la sombra.

– Y para colmo eres un fracaso con el pene pequeño – dijo la sombra- mientras se burlaba.

La ignoré nuevamente y me vestí con la paciencia de siempre. Ella siguió, uno a uno, todos mis movimientos. Mi piel era un retrato del escalofrió. Recogí mis llaves, el celular, y la esperanza; las metí en el bolsillo. Me dispuse a salir de la casa cuando la sombra dijo:

– No me rehúyas cobarde, no quiero terminar de hacerte mierda. Solo vine a ofrecerte una proposición.

– ¿Sexual?

– No. Déjalo todo, deja de trabajar, despréndete de tus lujos. Para vivir solo se necesita respirar. Olvídate de las deudas, de los pagos mensuales, dormí en los parques, comé de los basureros; yo te proporcionare, lápiz y papel para que escribas. Eso es lo único que deseas. Pero si no puedes vivir, sin tus lujos, sin tu dinero, tu teléfono, deudas, pagos y recibos de servicios, te dejo sobre la mesa de noche, tu segunda opción.

Colocó en la mesita, un revólver tan negro como la misma sombra.

– Ésta es la salida de los derrotados – dijo mientras se me acercaba – Tienes al frente las dos soluciones, ya la decisión es tuya. También… tienes la opción de buscar otro recurso.

La sombra me traspasó, en ese momento sentí que el tiempo se detuvo unos segundos. Fue escalofriante. Desapareció por la ventana, en forma de brisa.

Salí de la habitación veloz. Mi corazón temblaba a ritmo de tambor, mis manos sudaban, sentía que mi cuerpo se desprendía. Crucé las calles corriendo, solo escuchaba los frenazos y las bocinas de los autos, mas no podía ver, no más que un manto blanco, en los ojos. Sentía como si un avión se fuera a estrellar justo en mi espalda. Tenía ganas de llorar, gritar, desaparecer, desmayarme. Corrí, corrí, corrí. Llegué a la casa de mi mejor amiga, toqué la puerta con violencia. Salió Alejandra.

– ¿Andrés que pasa?

Mi voz no salía. Me desvanecí. Ella me levantó con cierta dificultad, me sentó en el sofá, preguntóo:

– ¿Te sientes bien?

– La sombra, la sombra.

– ¿Qué sombra?

– La maldita sombra que dejó un revólver en mi mesita de noche.

– ¿De qué hablas Andrés?

La madre de Alejandra trajo una taza de café, me miraban extraño, pensaron que estaba drogado.

– Ya está pasando – dije reponiéndome de a poco.

– Andrés te vez mal.

– No, no. Debe ser una alucinación.

De pronto la imagen de Alejandra se empezó a difuminar. Rápido, pronto su piel se fue oscureciendo, al igual que las paredes de la casa, todo el entorno. Alejandra se convirtió, en una sombra. Me abrazó y me dijo:

– Tienes que dominar tu miedo. Si no, recuerda la solución de tu mesita de noche. Donde vayas ahí estaré, no te será fácil huir de mi, cobarde.

– ¡ALEJATE MALDITA! – grite.

La sombra carcajeaba. De nuevo el corazón se aceleró, corrí, pero esta vez todo era negro, en mi espalda, todo se destruía, apenas quitaba mis pasos. Corría con toda la fuerza, la sombra en forma de brisa, hacía maromas aéreas, reía, volaba. Yo corría.

De pronto me detuve. Mi corazón quería explotarme, la sombra se posó al frente, casi no la podía distinguir, porque todo estaba muy oscuro. Sacó de su manto un rollo de hojas, que eran mis cuentos. Las empezó a romper una a una. Mientras me miraba a los ojos. Me hinqué. Estaba agotado, miraba los pedazos de páginas caer al suelo, podía leer las palabras de algunos trozos. Al terminar de destrozar la ultima página, sonrió, me guiñó un ojo y volvió a desaparecer a manera de brisa.

La ciudad volvió a hacerse luz, era un día normal y cotidiano, un auto me pitaba con violencia. Yacía hincado, en medio de la carretera principal. Me levanté y me puse a caminar buscando mi hogar. Sentía muy cansados los pies; mi cuerpo estaba débil, mi cara demacrada. Observé a muchos ciudadanos, caminado y sonriendo, con el estrés del sistema totalmente disimulado. Vi a un ser humano tirado en la acera extendiendo la mano con algunas monedas. Desvalijé las bolsas de mi pantalón, se lo di todo. Llegué a mi casa, entré y cerré con llave, busqué mis escritos, y no estaban. Me acosté en la cama. Miré hacia mi mesita de noche, y ahí estaba ese revólver oscuro, pesado, cansado. Lo tomé, apenas tenía fuerza para sostenerlo. Lo coloqué en mi boca, recordé de nuevo las dos opciones y…

Me preparé, para apretar el gatillo.

Diego López

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