Estrellando palabras de miron

Estrellando palabras de mirón

         Diego López

 

 

 

 

 

Era la más bella del colegio. Aunque su gusto se enfoco, en el más estúpido del cuarto año. De verdad era bella. Su cabello era una cascada de aromas, ojos relampagueantes, vivos, ardientes. El único defecto de su belleza, era aquel soberano estúpido, sin arte, sin instrumento, sin historias. Lo único que el impertinente ese tenía era; la frondosa billetera de papa y una lástima tan triste como las noches sin estrellas.

En cambio yo, si tenía que brindarle. Por ejemplo: cumplir la promesa, de matarme a golpes con cualquiera, con el fin de poder, dormir unos segundos, en aquellos bellos senos adolecentes, firmes, voluptuosos, ardientes. Le podría brindar mis escritos, bañados en erotismo, mojando con las palabras, cada uno de sus deseos.

Pero triste, solo tenía. Un cumulo de inseguridad, que asustaba hasta a la valentía misma. Una gigante timidez, que me hacia el chico invisible del quinto año. Unos cuantos papeles cargados de pornografía, en forma de palabras. Una guitarra afilada de oscuras letras, pero sin voz. La erección permanente cada vez que la miraba.

Una tarde entre el recreo de 20 y el cigarro en la soda abandonada del colegio, nuestras miradas se encontraron. Entre el humo del tabaco, yo estrellaba palabras en un papel en blanco. Ella se dejaba meter la mano entre su pantalón, a la danza de un ritmo de lenguas, besos en el cuello y gemidos.

Nuestras miradas chocaron, mis pupilas se dilataron al punto de una mirada perdidamente excitada. Ella así lo sintió. Pues sus ojos se clavaron en los míos. Dibujo una sonrisa perversa, mientras la mano hurgaba en su vagina. Su cara de placer, dibujo una imagen realmente bella.

Seguí mirándola, hasta que su rostro se convirtió en orgasmo. La mano de aquel estúpido (que era tan disperso como para no darse cuenta de este espectador) salió empapada de néctar. Yo me moría por olerlo. Mi pene iba a reventar. Se marcharon, ella me volvió a mirar y sonrió.

Esa misma tarde, en clases de estudios sociales, mientras explicaban la caída de Constantinopla, pedí permiso para ir al baño y me masturbe, hasta el sonar del timbre de salida.

Desde aquella tarde, y durante todo el semestre de invierno, me convertí en el mirón de la nena bella y el estúpido de la billetera gorda. A ella le excitaba mi papel, yo lo disfrutaba como nadie. Salí de clases durante: el feudalismo, Gutenberg, la colonia, Cristóbal Colon y Juan Vázquez de Coronado.

Fue el mejor de los inviernos. Ya por fin para alguien, no era un desconocido. Si no el mirón que estrellaba palabras en un papel en blanco cada vez, que una mano estúpida se empapaba de placer, néctar y morbo.

Una tarde de tormenta, el calor de los encuentros fue más allá. El pene de aquel tipo se dejo ver. Lo vi solo unos cuantos segundos, antes de que se perdiera entre la boca de aquella belleza. Su cabeza danzaba, como sube y baja de parque infantil. No sé cuánto tiempo duro aquel espectáculo, solo sé que, me di cuenta del final cuando, un semen blanquecino, le pringaba a gotas, la punta de su nariz. Nunca su mirada se despego de la mía. Le excitaba que yo estuviera mirándola. Mande a la mierda que Colon haya llegado a las indias, pues sucesos más importantes marcaban mi aprendizaje.

Pasaba el invierno y tristemente llegaba el fin de semestre. Llego el baile de fin de año, en seis años de colegio nunca había ido. Fui solo, bueno me acompañaron dos pachas que logre colar en mis pantalones. La melancolía del año terminado no era tanta, como la tristeza de pasar las vacaciones sin nada que mirar.

Estaba de pie, parado cerca de los baños del salon. Estaba mareado por tanto tomar gaseosa adulterada. Cuando ella se acerco.

– Disfrute de tu mirada este último semestre.

– Disfrute el trabajo de la mano húmeda este semestre.

– Pensé que disfrutabas mi placer.

– Pues no. Ese lo disfrutaba en el baño, cuando salía en medio de la clase de estudios sociales.

Hubo un silencio con sonrisas tímidas. Sonaba en los parlantes, “persiana americana” (bonita coincidencia) los estudiantes, brincaban, celebraban sus vacaciones. Yo sentía melancolía. Ella tomo mi mano y me llevo al centro de la pista. Justo en ese momento la canción cambio, a la melodía de “Bella Idiota”.

– Te acordaras siempre de mi, cada vez que escuches esta canción – dijo en mi oído y agrego – te acordaras de mi vagina húmeda, de mi mirada en tus ojos, de mi boca llena, de mi placer perdido. Revivirás mi libido con tu mano, todas las madrugadas. Seré en tu mente lo que tú quieras, llenaras tus papeles en blanco con mi nombre, con tus palabras perversas y estrelladas.

Paso su lengua por mi cuello, sonrió y se marcho.

Hoy 20 años después, aun pido esa canción en los bares. Recuerdo, su mirada, su boca, su nariz pringada de semen, su sonrisa, su cabello, su aroma. La melodía siempre está acompañada de aquel beso en mi cuello, físicamente fue lo único que obtuve.

Aquel estúpido había muerto de una sobredosis, la billetera gorda de papa no pudo salvarlo. De ella no volví a saber nada. Solo queda una canción que evoca el recuerdo.

De qué sirve contar, que tuve que repetir año. Ya que se me hizo imposible aquel semestre aprobar estudios sociales.


 

 

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