Mojado; con la mirada caída en el suelo

Mojado; con la mirada caída en el suelo

Diego López

Ese sábado, era bastante extraño. El amanecer fue con muchas nubes y frio, después un calor insoportable. La tarde inicio con un imposible aguacero, antes del atardecer, había neblina. Durante la neblina estaba acostado, con el televisor encendido, viendo nada. El teléfono no paraba de sonar, y sonar, y sonar. Nunca conteste; bien sabia que eran malas noticias. Le debía dinero a mucha gente. Solo quería seguir ahí, acostado, tratar de no saber la hora. Lo único que conocía con certeza, era que debía mucho dinero, y entraba a trabajar a las 6 p.m. y que la ausencia más importante no era el dinero; sino la voluntad.

– ¿Quieres hacer el amor? – dijo la voz de la mujer que estaba a mi lado.

¿Cuánto cansancio emocional, debí tener?. Para que entre mis deudas y el pecado capital de la pereza. No le estuviera dando importancia, a esa estupenda mujer, exquisita. Que había decidido compartir su vida, con la mía. Procurando día a día, no cansarse, de mis sueños, mi personalidad, ni de mí.

La bese muy lentamente. Aparte mis problemas y me entregue por completo a ella. Su juvenil belleza, hizo un puño y tiro por ahí, a mis deudas. Me amo con fuerza, con mucha fuerza. Paralizo la desidia. No sé como lo hace, pero cuando ama, logra detener el tiempo.

“¿Qué podrá sentir una mujer tan estupenda?” me pregunto cuando la veo tan bella, radiante y desnuda.

Como no iba a ser estupenda; perdonaba que me perdiera, en mis mariconadas, en los cuentos que no escribo,  en los que no he leído. Aun así tiene fuerza de tomarme, enseñándome que soy pequeño a su grandeza. Yo a ella la amo con mucha intensidad. Pero ningún mortal podrá alcanzar la fuerza, con la que ella cuenta al amar.

Tristemente, ella tenía que trabajar y yo también. No teníamos la valentía de mandar a la mierda nuestros trabajos y quedarnos unidos. Salimos de la habitación, yo recogí el puñado de deudas del suelo, sin que ella se diera cuenta,  los metí en la bolsa del pantalón y deje que me siguieran jodiendo la vida. Nos despedimos con un beso. Ella camino hacia el sur, yo hacia el norte, nos sonreímos mientras nos dábamos la espalda.

Cruce varias calles, mientras mis deudas se burlaban de mi, hechas un puño en mi bolsillo. Tenían toda una fiesta las malditas. Llegue hasta el hospital, pensé seriamente consultar.

“No debe ser difícil, fingir una depresión, cuando se está deprimido” me pensé. Pero cuando termine de cavilar la opción, ya iba dos cuadras lejos del hospital.

– ¡Hijueputa moral! – Dije hablando solo – ¿Cuándo será el día que deje de ser tan suave? Me caería bien ser un malparido de vez en cuando.

El clima estaba realmente espantoso. Se acercaba una tormenta. Sentí las primeras gotas en mi cabeza, justo cuando pasaba por la cárcel. En la malla, que da al patio, había una señora de esas que cargan la cruz con la cara gritándole a su hijo.

– ¡Papito mañana cumple años tu hija!

– ¿Cuál hija? – respondió el hombre, triste, preso flaco y sin esperanza.

– Amorcito tu hija, tu hija Libertad.

– Ah ¿Cuántos cumple? ¿15?

– No papito, mañana ya cumple 32.

– ¡Mamá no puede ser! Tenía 14 cuando me encerraron aquí.

– Si, pero mañana cumple 32.

– ¿Y ella va a venir a visitarme?

– Mi ángel usted sabe que no; pero te manda muchos saludos.

– Pero… la última vez que me visito, tenía 14. Fue el día que me encerraron aquí –

Aquel hombre, perdió la vista en la desesperanza. Simplemente sus ojos se cayeron al suelo, mientras una lagrima le rodo la mejilla entera. La señora se enjuago sus ojos con las lágrimas. Lo santiguo a la distancia, y camino rezando un Ave María. Fue en ese justo momento que empezó a llover.

– ¡Diablos! – Dije mientras miraba aquel preso – y aun me falta caminar un kilometro.

No quería formar parte de aquel infierno. Así que me detuve a fumarme un cigarrito, en una de esas parada de buses distritales. Tampoco podía dejar de ver al preso. Agarrado de la malla, totalmente empapado, con su mirada hecha pedazos en el suelo, llorando, sin esperanza ni perdón. Me daba pánico.

Un auto se me detuvo al frente. Era Esteban, mi compañero de trabajo.

– ¡Andrés póngale ya es tarde, güevon!

– ¿Qué hora es?

– 6:15 p.m.

– No es mucho –  me subí al auto.

– Entonces que Andrés ¿Qué hizo ayer?

– Mae quede leyendo en la casa.

– Que mala nota. Yo Salí a darme una vuelta. Me encontré con Natalia ¿Te acuerdas? Aquella zorra… vieras el modo de mamada, lo mejor del mundo, usted no se imagina…

Solo asentí con la cabeza. Esteban sería el mejor escritor erótico –      pornográfico, con más potencial del mundo. Ya que todos los fines de semana, inventa dos o tres historias diferentes, de zorras que cogen como putas sin cobrar, que maman como maquina dental de succión, que después del primer orgasmo se enamoran de él. Lo malo del asunto es que todas esas noches, se suele ver en los bares, con más compañía que su fantasía, y una permanente llave en su nariz.

Durante todo el trayecto, la misma historia de siempre. El porqué se cogió a Natalia, donde, que la pobre zorra esta súper enamorada, las posiciones, el sudor, hasta el destino final de su eyaculación (siempre es en la boca). Al menos me hizo corto el trayecto al trabajo.

En nuestro trabajo nos topamos con la misma situación de siempre. La limpieza de los orinales, ese olor acido, rancio. Los escusados de las damas, sus residuos de menstruación, aquel particular olor, los basureros llenos de mierda. Renegar el aseo, para que luego durante 8, 9 o 10 horas de trabajo el guion nunca cambie. Las infidelidades, las barras empapadas de historias, los ebrios interesantes (algunos), llantos a lo macho ranchero, el estrés, los jefes, la madrugada, las horas más largas de todo el día, el sudor y todo ese alcohol que, mientras trabajemos no nos podemos tomar.

En medio de todo ese ajetreo de música fuerte y luces locas, me avisan de otra vomitada en el baño. Mientras la limpio recuerdo, a aquel preso, mojado con la mirada caída en el suelo. La culpabilidad de sentirme identificado me abofetea. Ya que, por momentos siento un trabajo así como una cárcel. Disculpen. Pero sé que todos ustedes me entenderán, cuando ya después de varias noches sin poder escribir, me siento, como agarrado de una malla metálica, mojado con mirada caída en el suelo.

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