A la espera de la muerte, mientras cocina un picadillo de chayote.

Ángela siempre ha sido una buena amiga. Mi mejor amiga. Siempre me protegió en mi momentos más malos. Cuido de mis ataques de pánico, me llevo al doctor cuando llegaba a mi casa y me miraba, tirado en mi cama enfermo de tristeza. Me aceptaba tal cual yo era, y yo en cambio la amaba tal como era.

A los ojos no era nada bella.  Pero si la mirábamos más allá, era una mujer realmente estupenda. Su vida sexual había muerto. Ni tan siquiera su novio se acostaba con ella. Porque si, a pesar de todo, tenía un novio. Era un buen chavalo.  La amaba a su manera. No era la mejor manera, pero ¿quién es quién? para juzgar nuestras formas de amar. El sexo era un insulto. Me veía como su mejor amigo siempre me aceptaba, a cuanta, bella, fea, zorra, loca, santa o demoniaca, mujer que yo le presentaba como mi novia. Nunca tuvo celos, nunca me vio más allá.

Nunca se metió con mis vicios, no le importaba cuantas cervezas me tomaba la noche anterior, o si amanecía con una chica diferente, si despertaba bajo un charco de mi propio vomito. Ella, siempre llegaba a mi cuarto, me hablaba ignorando cualquier suceso, hacia un poco de aseo, y si realmente me veía enfermo, esta vez de resaca. No me llevaba al doctor. Sino que licuaba un huevo con un poco de café negro y me obligaba a beberlo, a mí y a mi compañía, fuese quien fuese. Antes de irse dejaba una sopa sobre la mesa.

– Tómesela mientras esté caliente.

Como no iba a amarla.

Ella vivía en el departamento contiguo al mío. Su compañía la mayoría de las veces era su novio, que pasaba horas y horas mirando deportes en la televisión. Dos protegidos, que no sé a ciencia cierta que parentesco tenían con ella. Una nenita de 13 años, más dulce que la miel. Y un adolecente rebelde, que hacia sus primeros pasos con la marihuana. Muchas veces sentía miedo, que alguien le turbara la paz, pero después me preguntaba ¿Habrá tenido paz, en algún momento de su vida?

Yo nunca salía de la habitación. Lo odiaba. Si no tenía que trabajar, podría pasar los días enteros sin saber de nadie. Pero con ella era diferente, disfrutaba llegar a su casa. Mirarla haciendo un picadillo de chayote, servirme un vaso de café, conversar de cualquier tema. Mi visitaba nunca duraba 10 minutos, me molestaba verla como, una perpetua sirviente, de su novio y sus protegidos.

– Deberías comprarte un vestido y salir a pasear al parque.

– No tengo tiempo para ese tipo de banalidades.

– Te están robando tu vida por Dios.

– Eso es lo que parece, pero no es así. Disfruto cada momento que pasa, además si no los cuido yo, ¿Quién los van a cuidar?

– ¡No puedo soportarlo!

– ¿Por qué sufre usted?

Nunca logre expresar que la amaba. Siempre me tomaba de un sorbo el café. Me encerraba de nuevo los días enteros en mi apartamento, con la rabia, de ver como las sanguijuelas se guindaban de su yugular, secándola de poco a poco. A los minutos, llegaba, me abrazaba. Hacia un poco de aseo, no me tocaba el tema de la discusión. Hablamos de algo diferente, se marchaba, dejando en su conciencia el alivio de que yo ya no estaba molesto.

Poco a poco la empecé a notar enferma. Perdía peso de manera fugaz, su piel se tornaba cada vez más pálida.

– ¿Te sientes bien?

– De maravilla.

– Te noto enferma.

– ¡Uy por Dios! Nada pasa tranquilo.

– ¿Te llevo al hospital?

– ¿Para qué? ahí solo van los que esperan la muerte, no tengo necesidad de que revisen lo que está bien, este tranquilo. No me pasa nada.

Era una mujer realmente valiente. Ocultaba el dolor con cierto arte. Pensaba si verla enferma era parte de mi imaginación, el afán psicótico de querer protegerla. Ya que sus protegidos ni sus novios le preguntaban nunca por su estado de salud. Nunca notaban lo pálida de su piel, solo ordenaban su exigencia y se marchaban dejándola ahí con su soledad en compañía. Puede que solo sean ideas mías, pensé.

Una mañana iba rumbo a mi trabajo. Pase por la casa de Ángela, no la mire en la cocina donde siempre solía estar. Me serví un café, me encendí un cigarrillo y la empecé a buscar por las habitaciones.

La halle en su cama, estaba llorando, no se había levantado en todo el día, revise mi reloj, y eran las 10 a.m.

– ¿Qué pasa?

No decía palabra alguna, sabía que algo le dolía. También sabía que lo que la hacía llorar, no era el dolor. Si no, la depresión de que un dolor la hiciera una mujer inútil.

Solo cuando ese momento la agobiaba, pedía que la llevaran al hospital. Ya que tenía la esperanza y la fe, de que los doctores la aliviaran pronto, y ella volver a hacer su perfecto trabajo de sirvienta por compañía. La lleve al hospital, la internaron 15 días.

Durante su estancia, solo la visitamos, su novio y yo. Nos dejaba instrucciones específicas a cada uno. A mí me tocaba cocinarles a sus protegidos. Santiago se encargaba de la limpieza de la casa. Este después de escuchar las instrucciones, se marchaba a visita los demás enfermos, yo me quedaba solo con ella en la habitación.

– ¿Cómo te sientes?

– De maravilla. Solo espero que me saquen de este infierno.

– Pero aquí estas mejor, te cuidan, te sirven, te protegen.

– No puedo soportarlo, si no me dejan marchar en tres días, me voy sola.

– ¿Tanto te duele que alguien te sirva? Y descansar de ese afán de morir por una manada de mal agradecidos.

Nunca logre que me respondiera a esas preguntas. De nuevo caía en la certeza de que, para ella estar acostada es un sentimiento de inutilidad, que le mutila de a poco su autoestima.  Me entere con solo verla que pasaba las madrugadas llorando por la depresión de no estar a mano de aquellos, que la miraba como la abastecedora de necesidades. Le dolía no ser la mamá gallina de sus polluelos.

– Bueno me marcho.

– Gracias Andrés; y por favor ayúdame con la comida de los chiquillos.

– Si está bien.

– Ya seguro el jueves estaré en casa.

– Ahí te esperaremos cuídate.

Mientras caminaba por el pasillo del hospital un doctor me detuvo.

– ¿Eres familiar de la paciente de la cama 17?

– Se puede decir que sí.

– Que bueno. Es que el otro que la visita no me da confianza. Me gustaría decirte algo.

– Adelante.

– Bueno a Ángela le daremos de alta el jueves, pero su salud no anda bien. Le encontramos varios padecimientos, que irán deteriorando su integridad de manera irreversible. Al menos, que se tome una variedad de medicamentos que le vamos a recetar y siga un control exhaustivo de su salud. Sería bueno a pesar de la salida que se quede unas semanas en reposo absoluto, una recaída sería algo sumamente peligroso

– Perfecto, gracias.

– Hasta luego.

El doctor se marcho revisando los expedientes de sus demás pacientes. Yo me quede frio al conocer a Ángela tan bien. – Unas semanas de reposo – ni en sueños me dije.

No duro dos días en su reposo absoluto. Una mañana llegue como siempre a visitarla y la vi en su afanosa tarea del “crea ser” domestico, cocinaba un picadillo de chayote.

– ¿Cómo sigues?

– Bien.

– Me  lo prometes.

– Si.

Me preocupo que no me dijera “De maravilla”. Así que encendí un cigarrillo y escurridizamente me fui al cajón donde guarda sus medicinas. Estaban intactas. No se había tomado una sola. Volví a la cocina.

– Entonces, ¿Te tomas el tratamiento al pie de la letra?

– Claro, todos los días en las horas que indican.

– Me alegro.

Justo en ese momento, un dolor le penetro las entrañas. Se tuvo que sostener de la lavadora para no caer desmayada. Yo sentí que me descocían el alma, sentí rabia y dolor. Fui a sostenerla y su frente esta empapada en sudor.

– ¡No te estás tomando una mierda! – le grite.

– ¡No Andrés, no me grites, mi vida la vivo como yo quiera y de la manera que yo quiera, nunca me he metido con tu alcoholismo ni con tus zorras, por el amor de Cristo no te metas con mi forma de vivir. Si me tomo o no los medicamentos es mi problema y no el tuyo!

– Pero te vas a morir.

– Todos tenemos que morir en la vida Andrés. Todos.

En ese momento supe que si alguien le temía a la muerte era precisamente yo. Tanto que en ocasiones; me olvido de vivir. Sus protegidos no más escucharon la discusión y siguieron en lo suyo, ninguno me apoyo. Me fui y me encerré varios días en mi habitación. Un día llego con una sopa caliente, la dejo sobre la mesa. Hablamos de unas cuantas cosas sin relevancia y se marcho.

Otra vez se fue con la conciencia tranquila de que ya no estaba enojado.

Sigo pasando a tomar café y fumarme un cigarrillo, mientras cocina. Reviso el cajón de las medicinas, y siguen intactas. Me siento y la observo profundo, ella me mira de reojo y sonríe. Sigue picando hortalizas, mirando por la ventana. Su mirada se pierde en las montañas, y yo, ya lo sé.

Se queda a la espera de la muerte, mientras cocina un picadillo de chayote, y yo aun no encuentro el valor de decirle que la amo.

Vuelvo a mi habitación a llorar la tristeza que me da verla –su vejez debería tener más calidad de vida – me digo, mientras me tapo los ojos y sigo llorando.

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