Dialogos

Diálogos
Diego López

– Andrés, mataron la esperanza.
– ¿Cómo eso no era un grillo?
– No estúpido, que me mataron la esperanza.
– ¿Así se llamaba su perra?
– No, mae la esperanza de ser el mejor escritor del mundo. Andrés, dime la verdad. ¿Quieres publicar algún día?
– Zadiel, a veces lo único que deseo, es lograr escribir algo, que me golpee el alma.
– ¿Entonces no eres escritor?
– Claro que lo soy, y el mejor del mundo.
– Andrés, no te entiendo.
– A veces yo tampoco me entiendo, por eso escribo, y he topado con gente que no comparte, mi manera de ver las cosas, eso no quiere decir amigo, que soy el peor de los escritores, ni que me encierro solo en mis escritos.
Me gusta lo que escribes, y a vos te gusta lo que escribo. Que a algunos cerebritos, no les guste nuestra forma de ver las historias, no quiere decir que no seamos unos escritores extraordinarios. De preocuparse seria que Hollywood quiera hacer una película adolecente con nuestra literatura, ahí si deberías sentir que te matan la esperanza de decir las cosas sensatas, de manera directa y sin vaselina.

Me pregunto una vez un tipo.
– ¿Eres poeta?
– Creo que sí. Aunque primero quise ser músico, vivir del rock and roll. Llenar estadios, que las mujeres murieran por mí, que mis canciones trascendieran las fronteras.
Fue cuando la cuarta de la guitarra se reventó, y la inspiración se empolvo de las ilusiones y enfermo los sueños que perseguía. La canción que no termine, renuncio y empaco sus cosas, el mismo día que me preocupo más, llegar puntual a mi trabajo, que quedarme en casa a elaborar un poco su estrofa de desamor y dolor.

Esperaba en la estación de autobuses, el próximo que me llevara lejos. Una dama se dirigió a mí diciendo.
– El día esta triste, apenas para un cuento.
– Lo escribí hoy en la mañana – Le respondí.
– ¿Eres escritor?
– El mejor del mundo sabes.
No me hablo mas, le molesto mi arrogancia. Seguro pensó que yo le quería echar el cuento.

Un profesor de filosofía almorzaba en el restaurante en que trabajaba. Lo atendí con amabilidad, ordeno un suculento arroz con pollo. Entre platica, cliente-empleado, salió a relucir la literatura.
– ¿Te gusta escribir? – Pregunto.
– Si, pero lo que escribo no es para todo el mundo. No quiero que mis personajes sean Harry Potter, ni vampiros que enamoran minifaldas. Ya no quiero hablar de lo bonito que fue el pueblo donde vivo. Ni creerme que nací en un pueblo de poetas. Si no, relatar lo que vivo, noche a noche. Mis personajes, inhalan cocaína, se suicidan porque nadie los comprende, toman guaro, son pervertidos adictos al sexo, y seguro estoy que en mis novelas morirían de una venérea. Me cansan las burdas historias de amor, quiero abrirles los ojos a mis lectores y decirles, que esta es la realidad de la mayoría jóvenes, y que yo no mas soy el testigo de la decadencia de este pueblo colmado de poesía; pero que es presa de la debacle globalizada de la ignorancia. Es hora de que alguien cuente lo feo, denunciar que aquí hay tanta pestilencia como en cualquier parte del mundo.

Pago la cuenta y se fue; el ama tanto este pueblo como yo.

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