Agorafobia

Agorafobia
de Diego Lopez, el Viernes, 29 de julio de 2011 a las 15:44

Agorafobia

Diego López

Mientras compraba los tiquetes del autobús, recordé lo insoportable que se me hace en lo personal viajar. El ruido y el olor de la capital me quitan la paz, una hora y media, encerrado sin salida, me causa claustrofobia. Mire alrededor, y la imagen era como un reflejo de mi espejo, gente a sus trabajos, estudiantes con preocupaciones por el porvenir, uno que otro a hacer mandados, otros que volvía de un picnic a su amada capital, en fin. No llevaba nada para leer, ni tampoco música para escuchar. Fue un descuido grande, pero pensé que podía sobrevivir.

Mas que una fila, para abordar el bus, la imagen parecía, un grupo de sentenciados a muerte. El acomodador se limpiaba el sudor de la frente, y con una voz de estrés gritaba:

– Por acá, por acá; una sola fila por favor, en orden por favor, usted con esa maleta no puede subir, va para el maletero, salga de la fila le buscaremos lugar.

Me sentí un personaje más del holocausto judío, la gente se amontonaba, empujaba, como si la precisa los hiciera tomar un cómodo asiento, sin tomar en cuenta, que en un autobús no existe un asiento agradable.

Cuando ingrese ya estaba ansioso, mi respiración era agitada y fuerte. Escogí un asiento, cerca del centro, abrí la ventana lo mas pude, trataba de respirar. Fue cuando me di cuenta que estaba siendo atacado por una crisis de ansiedad, estaba hiperventilado, las manos me sudaban, la cabeza me dolía. Por un momento pensé en la idea de abortar el viaje y quedarme en cualquier cantina quitándome el estrés de un acontecimiento que ni tan siquiera empezaba.

Sentí que alguien se sentó a mi lado. Era una chica con un pelo de colochos bello, un aroma increíblemente fresco, una silueta de portada de revista, un escote que hicieron olvidar de forma inmediata mi ansiedad. Me miro, y seguro noto el susto en mi rostro.

– buenas tardes – dijo con el carisma, y la simpatía de seducir a cualquier mortal.

– buenas – respondí mientras sentía que mi alma volvía al cuerpo.

Pensé que viajar no sería tan malo, no extrañe mi lectura, tampoco iba a hacer falta mi música. Si esta belleza me iba a acompañar todo el trayecto a la capital, con su figura, su aroma y su voz, el viaje si quiere puede durar mil horas.

Fue cuando en el intento de hacerle conversación, subió una señora de unos 45 años, delgada y con una voz estridente que decía.

– ¡Por Dios Santo! Me quitaron los asientos del centro, atrás no puedo viajar, me dan nauseas, vomito, que va a ser de mi vida, hubiera alguien que me cambiara el asiento, les ruego el favor por el amor de Dios.

De todos los caballeros que íbamos en ese autobús, aun no pude entender ¿porqué ninguno fue amable? Yo si tenía mi razón y era la dama que iba al lado mío, pero, ¿Los demás? Fue cuando escuche la frase que mas dolió en esa tarde.

– Señora, quédate con el mío yo me marcho para atrás – dijo la joven del lado, haciendo que mi respiración se volviera agitar, justo en el momento que la señora se sentaba a mi lado, me miraba y me sonreía de una manera picara y seductora.

– ¡Uy buenas! – dijo tomando el asiento y acomodándose en los regazos el bolso que cargaba, con unas incontables bolsas con pastillas.

Yo ni tan siquiera conteste el saludo, no por ser descortés, sino porque, el ataque ansiolítico volvió con más fuerza que me robo hasta la voz. Volví mi rostro hacia la ventana para tomar aire, en el preciso instante que el autobús iniciaba su recorrido.

Después de un poco de camino, sentía la batalla de mis manos sudadas, la opresión en el pecho. Cerraba los ojos y lo único que podía imaginar, era todo lo que faltaba para llegar a la capital. Solo me tranquilizaba la silueta de la dama que se me había sentado al lado, se dibujaba una sonrisa leve en los labios pero cuando abría los ojos descubría sobre mí la mirada de la señora, y mi cara de pánico, se reflejaba en ella.

– Ay pero no te asustes que no muerdo – dijo mientras daba un golpecito en mi antebrazo – agregando –

– Sabes, eres igual a un novio que tuve en el pasado, ¿Cuántos años tienes?

– 21, señora – mi voz apenas se escuchaba.

– De verdad. Pues esa misma edad tenía yo cuando tuve ese novio, ahora tengo 47, pero mis amigas me dicen que me veo de 30 – Acerco su cabeza a mi oído y a manera casi de secreto dijo.

– y con la fiebre de una de 18.

La verdad, no parecía una mujer de 30, parecía una mujer de 47, lo de la calentura de 18, en los pocos instantes de conocerla no lo puse en duda. Añore mi lectura, deseaba taparme los oídos con música, bajarme del autobús, salir huyendo.

Fue cuando de un momento a otro, un sollozo, interrumpió mi desesperación. Al voltear mi rostro me di cuenta, que dicho llanto, provenía de la señora, quise desentenderme del asunto, pero me fue imposible.

– No te preocupes muchacho – dijo con las mejillas empapadas de lágrimas – añadiendo.

– No sabes lo que siento cuando veo a alguien joven, es ver el reflejo de mi esposo. Partió hace tanto tiempo, dejándome sola en esta vida, sin más fututo, que este cuerpo que desea ser amada.

Le miraba con miedo e incredulidad, me llego a contar del abandono de su hijo, lo duro de la soledad, como hace para vivir con una pensión de estado. Añadió que su única compañía es un perro, que las amigas creen que está loca. Me canto canciones rancheras, me acariciaba la rodilla, se me quedaba viendo con una penetrante mirada que me espeluznaba. Poco a poco se fue tranquilizando, ya no lloraba volvía a sonreír con picardía y me conto varios chistes pasados de tono. Cada vez que una carcajada se desprendía de ella, le daba un fuerte golpe a mi pierna; a mí se me erizaba el pellejo. Cada vez que quería distraerme por la ventana, me halaba por el hombro e iniciaba otra historia, otra canción o otro chiste.

Cuando el bus llego a su estación de chequeo, entro un hombre con dos enormes bolsas en el hombre y un canto en un tono particular que decía.

– Papa, plátano, papa, plátano, lleve su papa plátano – mientras caminaba por todo el pasillo del bus. Se detuvo frente a los asientos de la señora y el mío y pregunto.

– ¿Qué viejito, papitas o plátanos para ti o para tu madre?

En ese preciso momento el llanto de la dama se volvió a dejar sentir, escondió su cara entre sus manos y el bolso de las pastillas. El vendedor me vio con cierta cara de sorpresa y siguió su paso, con su cantito de la venta. El chequeo termino, el bus siguió su curso. Mi cuerpo estaba inerte, impotente a cualquier sensación, movimiento o palabra. Mi corazón latida rápido, mis manos no solo sudaban sino temblaba, aunque no lo pude ver, sabía que mi cara estaba pálida y moribunda.

De un pronto a otro, el rostro de la dama emergió de su bolso y en medio de una carcajada sonora dijo.

– ¡Que yo puedo ser tu mama! Ni que yo estuviera tan vieja, puedo darte de mamar que es otra cosa.

Sentí desmayarme. Toda mi vista se puso negra. Mis piernas no las sentían, tuve ganas de gritar, llorar, decirle al chofer que me dejara en cualquier lugar. Pero en medio de mi desesperación donde no veía, no sentía; la señora volvió con sus canciones rancheras, sus chistes, las historias de sus amantes, hasta llegar a la capital.

Cuando el bus ingreso en la primera parada, me baje de inmediato. Mientras pasaba al lado de la dama para alcanzar mi libertad, esta me toco de manera vulgar el trasero y sugiriéndome que me le acercara pregunto.

– Joven, ¿No sabes donde bajarme para tomar el bus que me lleva al Hospital Psiquiátrico?

– No, señora no sé.

-¿Me Bajo contigo y me ayudas a buscar mi bus?

– No señora, no sería conveniente, yo tengo una cita importante de trabajo.

– Bueno – dijo triste

– Sabes joven, tengo que agradecerte tu compañía espero encontrarnos en San Ramón Pronto – cerro un ojo y me tiro un beso.

Baje desesperado del bus.

Se me había olvidado a que iba, que tenía que hacer, mi corazón volvió a la normalidad, respire, pero, mi mente se enfoco en el viaje de retorno. El miedo seguía latente. Así que hice mis diligencias, y suponiendo una escusa a mi valentía de soportar un viaje de vuelta en autobús, me dirigí, por unas cervezas, y un rato de esparcimiento a un night-club, que me tope en el camino.

Me senté en la barra, en mi mente estaban las rancheras y la triste vida de la señora, de pronto se me acerco una dama, con un diminuto traje de baño, unos ligeros de infarto y el aroma fresco, que había sentido en la tarde.

– Aja pillín, te atrape. Ya sé a qué vienes a la Capital.

Era la belleza que se me había sentado primeramente al lado mío en el autobús, trabajaba como bailarina en dicho lugar.

– Regreso en el bus de 4 AM quédate y nos podemos ir juntos, así disfrutas del lugar, y porque no, hasta te podes ganar un privado gratis – dijo mientras se alejaba, dejando de nuevo el aroma tatuado en mis sentidos.

Me quede en la capital hasta las 4 de la mañana, el retorno en el autobús, fue sin contratiempos, seguí viajando más seguido a la capital, me hice amigo de una bailarina un night-club y me daba bailes privados gratis, ya tenía donde desahogar el temor que me da viajar.

De la pobre señora ni me volví a acordar.

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