Vacas gordas, vacas flacas.

Vacas gordas, vacas flacas.

Un domingo el sacerdote Jacinto daba misa de 11 como todos los domingos, mas por rutina que por devoción. La iglesia estaba repleta de fieles. Hacía un calor insoportable. El sermón hablaba sobre la esperanza, el perdón y la salvación.
Pablo, salió de su casa, con mil turbulentas ideas rodando en su cabeza. Traía consigo una solución en la bolsa derecha del pantalón. Caminaba midiendo cada paso, se detuvo a ver el ventanal de una juguetería, recordó a su hijo, al que nunca pudo perdonarle sus errores, echándolo de casa, haciéndolo rodar por todos los basureros de otra ciudad. Una lagrima bajo tímida por su mejilla, miro al cielo y se santiguo.
El órgano de la iglesia, tocaba la canción del perdón de los pecados. Los fieles pidieron por las almas que ya han marchado. José, el dueño del supermercado. Deposito como todos los domingos 5000 colones a la canasta de la limosna y se sintió desatado de sus pecados. Creyó en la multiplicación de los panes, rezo por las buenas ventas, se levanto y se preparo para su comunión.
Justo en ese momento Pablo visito tal establecimiento. Abordo el refrigerador de los lácteos, tomo un yogurt sin importarle el sabor. Fue a las cajas, la señorita le sonrió, el se sorprendió, tenía mucho de no sentir una sonrisa. Aquella frescura le recordó a su esposa. Tal sensación lo hizo olvidarse del vuelto.
– Señor su vuelto. – Dijo la señorita.
– Gracias – Contesto, apenas si le salía la voz.
Afuera del supermercado, siguió su marcha, sintió el sol quemante en su cara miro el cielo, recordó a su esposa ausente y se volvió a santiguar.
Cuando el sacerdote Jacinto dio la bendición, Pablo yacía sobre el pretil de la iglesia, comiendo de su yogurt. Miro salir todos los fieles, estos si apenas lo reconocieron.
Espero a que no quedara nadie en la iglesia. Antes de ingresar, boto el vaso de yogurt vacio. Ingreso dejándose seducir por el silencio y la paz, si apenas tuvo fuerzas para hincarse, santiguarse y pedir perdón. Otra lagrima rodo por su mejilla. Con las pocas fuerzas que le quedaron se sentó, miro las figuras de mármol, las imágenes, y se dejo desvanecer.
Al rato el sacerdote Jacinto salió del vestíbulo acompañado del monaguillo, al verlo se acerco, le toco el rostro y mando al niño a llamar a las autoridades. Le dio su última bendición antes de que la policía llegara. La solución que traía en la bolsa derecha del pantalón, quedo en el basurero fuera del supermercado.
Esa noche hubo ganancias. José dio gracias al cielo.

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