Se compra una familia

Se compra una familia
de Diego Lopez, el Viernes, 03 de junio de 2011 a las 2:28

Llevaba ya, tres días postrada en su cama. No atendía los teléfonos, que constantemente sonaban, tampoco abría la puerta a los repetidos llamados de ciertas personas. El televisor estaba apagado, al igual que la radio y el despertador. Sólo se levantaba para ir al baño; pero desde la última vez declinó esta opción. Defecándose en sus sabanas, bata y pundonor. Prácticamente estaba muerta; si no fuera porque aún respiraba.

La mansión se desplomaba a pedazos, sólo sobrevivían botellas vacías de Chardonay. Todo olía a mierda. Los cigarros se habían acabado. La comida se pudría en la nevera. Todo era un caos.

Sobre la mesa de noche, había un frasco con 64 pastillas antidepresivas, que una vez un amigo psiquiatra le había recetado, después de unos favorcitos de amistad. Le prometió que en cada pastilla había una dosis de alegría y agallas para los malos tiempos. Ella las aceptó sin saber, que aún no existe fórmula química artificial, para la verdadera libertad.

Parecía que no pensaba en nada, sin embargo no era así.

Algunos instantes, su mente, viajaba hasta su infancia, donde la opulencia le había colmado los caprichosos placeres de la niñez. Hija única de un empresario famoso, el cual, en su tiempo habría perdido parte de su reinado, en fiestas del despilfarro y cabaret.

Su madre procuró enseñarle los mejores principios morales de su época, pero estos se descalabraron justo en su pubertad. Al igual que su salud. Falleció justo cuando Lucia cumplió sus 18 años. Esto, al traste de las manos juguetonas de su padre hasta con ella misma, hizo que de manera obligada, la adolescente tuviera que buscar el porvenir en un país lejano. Su destino, una prestigiosa universidad internacional.

Retornó al país, con un Máster en Dirección de Empresas, una afilada inteligencia, que fue para ese entonces su carta de presentación. Siguió la tradición de su padre, y éste como en un acto de culpabilidad, le cedió los negocios más prometedores e influyentes, y en un parpadeo, la señorita se convirtió en una empresaria famosa y respetada de todo el país.

El dinero pronto empezó a fluir como ríos en sus cuentas bancarias. En medio de su soledad; decidió comprarse un amigo.

Arturo era un amanerado homosexual, con una ternura exquisita y una inocencia inigualable, protector por naturaleza, cautivó todos los sentimientos altivos de Lucia. Él fue su confidente, consejero y hermano. Ella para él, fue la amiga rica que compraba todo tipo de obsequios. El pasatiempo favorito de ambos eran los días completos de compras, todo lo pagaba la buena de Lucia. Durante ese tiempo no se sintió sola. Ella compró en él, lo que muchos buscamos en un lago de decepción y amistad; La conveniencia.

Todo estaba bien. Poseía una lujosa mansión, el mejor de los amigos, la prepotencia que otorga el poder, un cuerpo emblemático y una prestancia sobrenatural, que hacía que nunca pasara desapercibida donde estuviese. Pronto sintió que su vida carecía de romance. Sus relaciones no pasaban de ser: oscuros encuentros sexuales en lujosos hoteles, fantasías tribales en jacuzzis de mármol, vino muy caro y excentricidades. En fin, todo fue un simple acto de saciarse las ganas. Aunque cargaba consigo un recuerdo sexual y doloroso; ya que algunas veces en medio de sus orgasmos, recordaba las asquerosas manos de su padre entre su vagina.

Pero eso no le quitaba el hambre de lujuria. Por su piel pasó toda la crema y nata del mundo empresarial; pero nunca más allá de un negocio, pues no tenía tiempo para los romances plenos, los oficios acaparaban la mayoría de su tiempo. Aunque contó, con uno que otro placer según ella “Bajo Mundo”: un bartender, un vago y un estudiante.

Su apetito libertino la llevó hasta tener una aventura con el buen amigo de Arturo, que a pesar de su homosexualidad, se vio obligado a complacerla en su sed. Fue sólo una vez, que se olvidó rápidamente sin afectar la falsa amistad.

Un día decidió darse un descanso en su vida, y ¿por qué no?, probar las mieles del romance. La pereza la hizo utilizar la misma estrategia que utilizó para todo: se compró un novio.

Lo buscó fuera de sus negocios, leal, fácil de manipular, dócil, ardiente, detallista y con una dulzura que cautive su escaso sentimentalismo. Así dio con Henry Ramón; pintor algo cotizado del medio artístico. Éste con su sensibilidad, colmó todas las expectativas que una “come hombres” como Lucia necesitaba. Ella en cambio, le colmó de todo tipo de regalos: desde un chalet a la orilla del mar donde pintar, hasta un Jaguar último modelo donde lucirla en las ciudades importantes. Henry, sin embargo, nunca imaginó que se convertiría en el trofeo de exhibición más caro, de la persona cuya mente creía, que el dinero todo lo podía comprar.

Por fin su familia estaba completa: un novio apuesto e importante, un amigo que era como un hermano y miembro intimo de su relación. Su imagen radiaba de plenitud. Sus firmes negocios con el auge necesario, el dinero seguía fluyendo rápidamente, los viajes, joyas, lujos, en fin toda esa amalgama de materialismo que conformaba su felicidad.

Un día de noviembre, Lucia tuvo la necesidad de viajar a Europa, a resolver unos negocios importantes. Henry se marchó a la playa a terminar los cuadros para su última exposición. Arturo, se quedó en la mansión, revisando que todo marchara en orden. Fielmente atento al teléfono, esperando las llamadas cotidianas de su “ama”.

Lucia terminó sus reuniones con días de antelación, finiquitó muy buenos negocios. Aceleró su retorno a Costa Rica, pero sin avisar. Quería darle una sorpresa a su galán, llegando con miles de regalos al chalet de la playa. Pensó que nunca tuvo tiempo para ciertos detalles; se dedicó a vivir con sentimiento una vez, al menos en la vida.

En ese mismo instante Henry llama a Arturo, para verificar que todo en la mansión marcha bien. Se sentía sin inspiración y solo, así que le pidió que fuera a la playa, llevara unos lienzos, botellas de vino, y se relajara un tiempo mientras Lucia regresaba. Arturo no lo pensó dos veces en marcharse y en esa misma tarde le pidió al chofer que lo llevase hasta el chalet de la playa.

Lucia supo de la visita de Arturo, lo que la hizo sentir, más emocionada. Así que apenas llegó a Costa Rica, pidió en el mismo aeropuerto, un vuelo privado a la Costa Pacífica. Consigo llevaba: regalos, vino, manjares, en fin todo para un buen festín.

– Encontrare a mi familia completa para celebrar – pensó

Lucia llegó sigilosa, no miró nada extraño, saludó al chofer que limpiaba el auto afuera del chalet. Al abrir la puerta vio un cuadro inesperado.

Arturo yacía medio inclinado sobre el atril donde Henry pintaba. Estaba desnudo y jadeaba de manera fuerte e intensa. Henry en cambio, empujaba con fuerza sobre el cuerpo de Arturo, estaba bañado en sudor, sin camiseta y con los pantalones por las rodillas, la cara colmada de satisfacción, como nunca antes se le hubiese visto. Ese breve instante fue fugaz, pero le dio tiempo para detallar la excitación de Arturo, la vigorosa lujuria de Henry y el sudor de ambos cuerpos escurriendo; lo que hacía confirmar que ese juego llevaba su rato. Lucia dio media vuelta y le pidió al chofer que la llevase a la mansión. No paró de llorar todo el viaje, el chofer no quiso hacer comentario alguno.

Lucia llegó a la mansión, le dijo a la servidumbre que se marcharan y volvieran hasta un nuevo aviso. Se desnudó, se puso una bata y se acostó en su cama.

Ya son tres días los que tiene ahí, cada uno de sus recuerdos le rompe el alma. Tanto es el dolor que no le incomoda el olor de sus propias heces y orina. No se percata de su estado; pero sí se percata de que las cosas que el dinero puede comprar; con el tiempo llegan a fracasar, quebrasen o fallar. Se da cuenta que siempre ha estado sola. Que sus verdaderos amigos nunca fueron Henry ni Arturo, sino una tarjeta Platinum que todo lo podía comprar.

Miró hacia la mesa de noche. Tomó el frasco de pastillas que aquel buen doctor le había recetado, recordó la promesa de la felicidad. Tomó las 64 de golpe. Se recostó y esperó a la muerte. Minutos después, las pastillas hicieron su efecto, la despertaron en su estado, le dio una dosis momentánea de alegría y esperanza. Así que el suicidio quedó a medio palo. Introdujo sus dedos en la boca esperando vomitar su muerte. Le rezó al cielo por otra oportunidad.

Mientras corría hacia el baño vomitando, tropezó con el lavatorio de mármol; con tan mala fortuna que cayó de cabeza en el escusado, con el agua hasta la nuca. Perdió el conocimiento en medio del vómito con la cabeza hundida en el agua.

Su cuerpo fue encontrado cinco días después. La autopsia reveló que había muerto por asfixia en su propio vómito. Arturo y Henry no fueron al funeral; siguieron una vida sentimental y privada. Henry vendió a precio muy caro el chalet de la playa, con el dinero llevó a Arturo a conocer Francia. El resto de sus riquezas volvieron a manos de su padre; las mismas manos que habían acariciado su prematura pubertad. Sobre su lápida se logra leer una leyenda que dice: “La vida consta de pequeñas sensaciones, que el dinero nunca ha podido comprar”.

Diego López.

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