La sombra; que me brindo dos opciones

Desperté, el café del desayuno estaba frío. Mis cuentos seguían sin gustar, miré el horizonte por la ventana. Caí en la certeza que no soy un buen ciudadano, y que de nada sirve, ser un buen ser humano. Una sombra apareció detrás diciéndome:

- ¿Bello el panorama?

- Si – dije dándole un sorbo al café – Cuando no está nublado se puede ver el borde del Volcán Poás.

- ¡No ése, imbécil! Tu panorama.

- ¿A qué te refieres?

- Ya las diste, mírate, tus sueños se frustran, el despertador te saca de la cama, el café se te enfría, nadie te lee, ni a tu madre le importa lo que escribes. Eres el peor de los ciudadanos, no encajas en el sistema, has escogido la peor de las profesiones, y estás fracasando en todo.

- ¿Fracasando yo? Escribo todos los días, cosas de verdad, me leen unos cuantos, nadie tiene mi potencial.

- Unos cuantos… ése es tu problema, has llevado tu vida al borde del conformismo, y sorteas la suerte, haciendo equilibrio en ese abismo – la sombra se acercó y puso una mano en mi hombro – mira, está nublado y lo único que alcanzas a ver es un supermercado.

- Algún día seré grande.

- ¿Y si no? Seguirás este ritmo, de desolación, ganas y pereza.

- A todo esto – dije mirándola – ¿Quién diablos eres?

- Créame que eso, ahorita, no importa.

Dejé de mirarla, de verdad era aterrador. Encendí un cigarro, me dirigí al baño, vomité. Me miré en el espejo, estaba pálido. Tomé un baño, el agua estaba realmente helada. Me sentía cansado y asustado. Sentado bajo el chorro de agua, solo deseaba que el tiempo pasara, pero transcurría muy lento. Así que desistí de la idea de esconderme; desnudo volví a mi cuarto. Aún estaba ahí la sombra.

- Y para colmo eres un fracaso con el pene pequeño – dijo la sombra- mientras se burlaba.

La ignoré nuevamente y me vestí con la paciencia de siempre. Ella siguió, uno a uno, todos mis movimientos. Mi piel era un retrato del escalofrió. Recogí mis llaves, el celular, y la esperanza; las metí en el bolsillo. Me dispuse a salir de la casa cuando la sombra dijo:

- No me rehúyas cobarde, no quiero terminar de hacerte mierda. Solo vine a ofrecerte una proposición.

- ¿Sexual?

- No. Déjalo todo, deja de trabajar, despréndete de tus lujos. Para vivir solo se necesita respirar. Olvídate de las deudas, de los pagos mensuales, dormí en los parques, comé de los basureros; yo te proporcionare, lápiz y papel para que escribas. Eso es lo único que deseas. Pero si no puedes vivir, sin tus lujos, sin tu dinero, tu teléfono, deudas, pagos y recibos de servicios, te dejo sobre la mesa de noche, tu segunda opción.

Colocó en la mesita, un revólver tan negro como la misma sombra.

- Ésta es la salida de los derrotados – dijo mientras se me acercaba – Tienes al frente las dos soluciones, ya la decisión es tuya. También… tienes la opción de buscar otro recurso.

La sombra me traspasó, en ese momento sentí que el tiempo se detuvo unos segundos. Fue escalofriante. Desapareció por la ventana, en forma de brisa.

Salí de la habitación veloz. Mi corazón temblaba a ritmo de tambor, mis manos sudaban, sentía que mi cuerpo se desprendía. Crucé las calles corriendo, solo escuchaba los frenazos y las bocinas de los autos, mas no podía ver, no más que un manto blanco, en los ojos. Sentía como si un avión se fuera a estrellar justo en mi espalda. Tenía ganas de llorar, gritar, desaparecer, desmayarme. Corrí, corrí, corrí. Llegué a la casa de mi mejor amiga, toqué la puerta con violencia. Salió Alejandra.

- ¿Andrés que pasa?

Mi voz no salía. Me desvanecí. Ella me levantó con cierta dificultad, me sentó en el sofá, preguntóo:

- ¿Te sientes bien?

- La sombra, la sombra.

- ¿Qué sombra?

- La maldita sombra que dejó un revólver en mi mesita de noche.

- ¿De qué hablas Andrés?

La madre de Alejandra trajo una taza de café, me miraban extraño, pensaron que estaba drogado.

- Ya está pasando – dije reponiéndome de a poco.

- Andrés te vez mal.

- No, no. Debe ser una alucinación.

De pronto la imagen de Alejandra se empezó a difuminar. Rápido, pronto su piel se fue oscureciendo, al igual que las paredes de la casa, todo el entorno. Alejandra se convirtió, en una sombra. Me abrazó y me dijo:

- Tienes que dominar tu miedo. Si no, recuerda la solución de tu mesita de noche. Donde vayas ahí estaré, no te será fácil huir de mi, cobarde.

- ¡ALEJATE MALDITA! – grite.

La sombra carcajeaba. De nuevo el corazón se aceleró, corrí, pero esta vez todo era negro, en mi espalda, todo se destruía, apenas quitaba mis pasos. Corría con toda la fuerza, la sombra en forma de brisa, hacía maromas aéreas, reía, volaba. Yo corría.

De pronto me detuve. Mi corazón quería explotarme, la sombra se posó al frente, casi no la podía distinguir, porque todo estaba muy oscuro. Sacó de su manto un rollo de hojas, que eran mis cuentos. Las empezó a romper una a una. Mientras me miraba a los ojos. Me hinqué. Estaba agotado, miraba los pedazos de páginas caer al suelo, podía leer las palabras de algunos trozos. Al terminar de destrozar la ultima página, sonrió, me guiñó un ojo y volvió a desaparecer a manera de brisa.

La ciudad volvió a hacerse luz, era un día normal y cotidiano, un auto me pitaba con violencia. Yacía hincado, en medio de la carretera principal. Me levanté y me puse a caminar buscando mi hogar. Sentía muy cansados los pies; mi cuerpo estaba débil, mi cara demacrada. Observé a muchos ciudadanos, caminado y sonriendo, con el estrés del sistema totalmente disimulado. Vi a un ser humano tirado en la acera extendiendo la mano con algunas monedas. Desvalijé las bolsas de mi pantalón, se lo di todo. Llegué a mi casa, entré y cerré con llave, busqué mis escritos, y no estaban. Me acosté en la cama. Miré hacia mi mesita de noche, y ahí estaba ese revólver oscuro, pesado, cansado. Lo tomé, apenas tenía fuerza para sostenerlo. Lo coloqué en mi boca, recordé de nuevo las dos opciones y…

Me preparé, para apretar el gatillo.

Diego López

Estrellando palabras de miron

Estrellando palabras de mirón

         Diego López

 

 

 

 

 

Era la más bella del colegio. Aunque su gusto se enfoco, en el más estúpido del cuarto año. De verdad era bella. Su cabello era una cascada de aromas, ojos relampagueantes, vivos, ardientes. El único defecto de su belleza, era aquel soberano estúpido, sin arte, sin instrumento, sin historias. Lo único que el impertinente ese tenía era; la frondosa billetera de papa y una lástima tan triste como las noches sin estrellas.

En cambio yo, si tenía que brindarle. Por ejemplo: cumplir la promesa, de matarme a golpes con cualquiera, con el fin de poder, dormir unos segundos, en aquellos bellos senos adolecentes, firmes, voluptuosos, ardientes. Le podría brindar mis escritos, bañados en erotismo, mojando con las palabras, cada uno de sus deseos.

Pero triste, solo tenía. Un cumulo de inseguridad, que asustaba hasta a la valentía misma. Una gigante timidez, que me hacia el chico invisible del quinto año. Unos cuantos papeles cargados de pornografía, en forma de palabras. Una guitarra afilada de oscuras letras, pero sin voz. La erección permanente cada vez que la miraba.

Una tarde entre el recreo de 20 y el cigarro en la soda abandonada del colegio, nuestras miradas se encontraron. Entre el humo del tabaco, yo estrellaba palabras en un papel en blanco. Ella se dejaba meter la mano entre su pantalón, a la danza de un ritmo de lenguas, besos en el cuello y gemidos.

Nuestras miradas chocaron, mis pupilas se dilataron al punto de una mirada perdidamente excitada. Ella así lo sintió. Pues sus ojos se clavaron en los míos. Dibujo una sonrisa perversa, mientras la mano hurgaba en su vagina. Su cara de placer, dibujo una imagen realmente bella.

Seguí mirándola, hasta que su rostro se convirtió en orgasmo. La mano de aquel estúpido (que era tan disperso como para no darse cuenta de este espectador) salió empapada de néctar. Yo me moría por olerlo. Mi pene iba a reventar. Se marcharon, ella me volvió a mirar y sonrió.

Esa misma tarde, en clases de estudios sociales, mientras explicaban la caída de Constantinopla, pedí permiso para ir al baño y me masturbe, hasta el sonar del timbre de salida.

Desde aquella tarde, y durante todo el semestre de invierno, me convertí en el mirón de la nena bella y el estúpido de la billetera gorda. A ella le excitaba mi papel, yo lo disfrutaba como nadie. Salí de clases durante: el feudalismo, Gutenberg, la colonia, Cristóbal Colon y Juan Vázquez de Coronado.

Fue el mejor de los inviernos. Ya por fin para alguien, no era un desconocido. Si no el mirón que estrellaba palabras en un papel en blanco cada vez, que una mano estúpida se empapaba de placer, néctar y morbo.

Una tarde de tormenta, el calor de los encuentros fue más allá. El pene de aquel tipo se dejo ver. Lo vi solo unos cuantos segundos, antes de que se perdiera entre la boca de aquella belleza. Su cabeza danzaba, como sube y baja de parque infantil. No sé cuánto tiempo duro aquel espectáculo, solo sé que, me di cuenta del final cuando, un semen blanquecino, le pringaba a gotas, la punta de su nariz. Nunca su mirada se despego de la mía. Le excitaba que yo estuviera mirándola. Mande a la mierda que Colon haya llegado a las indias, pues sucesos más importantes marcaban mi aprendizaje.

Pasaba el invierno y tristemente llegaba el fin de semestre. Llego el baile de fin de año, en seis años de colegio nunca había ido. Fui solo, bueno me acompañaron dos pachas que logre colar en mis pantalones. La melancolía del año terminado no era tanta, como la tristeza de pasar las vacaciones sin nada que mirar.

Estaba de pie, parado cerca de los baños del salon. Estaba mareado por tanto tomar gaseosa adulterada. Cuando ella se acerco.

- Disfrute de tu mirada este último semestre.

- Disfrute el trabajo de la mano húmeda este semestre.

- Pensé que disfrutabas mi placer.

- Pues no. Ese lo disfrutaba en el baño, cuando salía en medio de la clase de estudios sociales.

Hubo un silencio con sonrisas tímidas. Sonaba en los parlantes, “persiana americana” (bonita coincidencia) los estudiantes, brincaban, celebraban sus vacaciones. Yo sentía melancolía. Ella tomo mi mano y me llevo al centro de la pista. Justo en ese momento la canción cambio, a la melodía de “Bella Idiota”.

- Te acordaras siempre de mi, cada vez que escuches esta canción – dijo en mi oído y agrego – te acordaras de mi vagina húmeda, de mi mirada en tus ojos, de mi boca llena, de mi placer perdido. Revivirás mi libido con tu mano, todas las madrugadas. Seré en tu mente lo que tú quieras, llenaras tus papeles en blanco con mi nombre, con tus palabras perversas y estrelladas.

Paso su lengua por mi cuello, sonrió y se marcho.

Hoy 20 años después, aun pido esa canción en los bares. Recuerdo, su mirada, su boca, su nariz pringada de semen, su sonrisa, su cabello, su aroma. La melodía siempre está acompañada de aquel beso en mi cuello, físicamente fue lo único que obtuve.

Aquel estúpido había muerto de una sobredosis, la billetera gorda de papa no pudo salvarlo. De ella no volví a saber nada. Solo queda una canción que evoca el recuerdo.

De qué sirve contar, que tuve que repetir año. Ya que se me hizo imposible aquel semestre aprobar estudios sociales.


 

 

Mojado; con la mirada caída en el suelo

Mojado; con la mirada caída en el suelo

Diego López

Ese sábado, era bastante extraño. El amanecer fue con muchas nubes y frio, después un calor insoportable. La tarde inicio con un imposible aguacero, antes del atardecer, había neblina. Durante la neblina estaba acostado, con el televisor encendido, viendo nada. El teléfono no paraba de sonar, y sonar, y sonar. Nunca conteste; bien sabia que eran malas noticias. Le debía dinero a mucha gente. Solo quería seguir ahí, acostado, tratar de no saber la hora. Lo único que conocía con certeza, era que debía mucho dinero, y entraba a trabajar a las 6 p.m. y que la ausencia más importante no era el dinero; sino la voluntad.

- ¿Quieres hacer el amor? – dijo la voz de la mujer que estaba a mi lado.

¿Cuánto cansancio emocional, debí tener?. Para que entre mis deudas y el pecado capital de la pereza. No le estuviera dando importancia, a esa estupenda mujer, exquisita. Que había decidido compartir su vida, con la mía. Procurando día a día, no cansarse, de mis sueños, mi personalidad, ni de mí.

La bese muy lentamente. Aparte mis problemas y me entregue por completo a ella. Su juvenil belleza, hizo un puño y tiro por ahí, a mis deudas. Me amo con fuerza, con mucha fuerza. Paralizo la desidia. No sé como lo hace, pero cuando ama, logra detener el tiempo.

“¿Qué podrá sentir una mujer tan estupenda?” me pregunto cuando la veo tan bella, radiante y desnuda.

Como no iba a ser estupenda; perdonaba que me perdiera, en mis mariconadas, en los cuentos que no escribo,  en los que no he leído. Aun así tiene fuerza de tomarme, enseñándome que soy pequeño a su grandeza. Yo a ella la amo con mucha intensidad. Pero ningún mortal podrá alcanzar la fuerza, con la que ella cuenta al amar.

Tristemente, ella tenía que trabajar y yo también. No teníamos la valentía de mandar a la mierda nuestros trabajos y quedarnos unidos. Salimos de la habitación, yo recogí el puñado de deudas del suelo, sin que ella se diera cuenta,  los metí en la bolsa del pantalón y deje que me siguieran jodiendo la vida. Nos despedimos con un beso. Ella camino hacia el sur, yo hacia el norte, nos sonreímos mientras nos dábamos la espalda.

Cruce varias calles, mientras mis deudas se burlaban de mi, hechas un puño en mi bolsillo. Tenían toda una fiesta las malditas. Llegue hasta el hospital, pensé seriamente consultar.

“No debe ser difícil, fingir una depresión, cuando se está deprimido” me pensé. Pero cuando termine de cavilar la opción, ya iba dos cuadras lejos del hospital.

- ¡Hijueputa moral! – Dije hablando solo – ¿Cuándo será el día que deje de ser tan suave? Me caería bien ser un malparido de vez en cuando.

El clima estaba realmente espantoso. Se acercaba una tormenta. Sentí las primeras gotas en mi cabeza, justo cuando pasaba por la cárcel. En la malla, que da al patio, había una señora de esas que cargan la cruz con la cara gritándole a su hijo.

- ¡Papito mañana cumple años tu hija!

- ¿Cuál hija? – respondió el hombre, triste, preso flaco y sin esperanza.

- Amorcito tu hija, tu hija Libertad.

- Ah ¿Cuántos cumple? ¿15?

- No papito, mañana ya cumple 32.

- ¡Mamá no puede ser! Tenía 14 cuando me encerraron aquí.

- Si, pero mañana cumple 32.

- ¿Y ella va a venir a visitarme?

- Mi ángel usted sabe que no; pero te manda muchos saludos.

- Pero… la última vez que me visito, tenía 14. Fue el día que me encerraron aquí –

Aquel hombre, perdió la vista en la desesperanza. Simplemente sus ojos se cayeron al suelo, mientras una lagrima le rodo la mejilla entera. La señora se enjuago sus ojos con las lágrimas. Lo santiguo a la distancia, y camino rezando un Ave María. Fue en ese justo momento que empezó a llover.

- ¡Diablos! – Dije mientras miraba aquel preso – y aun me falta caminar un kilometro.

No quería formar parte de aquel infierno. Así que me detuve a fumarme un cigarrito, en una de esas parada de buses distritales. Tampoco podía dejar de ver al preso. Agarrado de la malla, totalmente empapado, con su mirada hecha pedazos en el suelo, llorando, sin esperanza ni perdón. Me daba pánico.

Un auto se me detuvo al frente. Era Esteban, mi compañero de trabajo.

- ¡Andrés póngale ya es tarde, güevon!

- ¿Qué hora es?

- 6:15 p.m.

- No es mucho -  me subí al auto.

- Entonces que Andrés ¿Qué hizo ayer?

- Mae quede leyendo en la casa.

- Que mala nota. Yo Salí a darme una vuelta. Me encontré con Natalia ¿Te acuerdas? Aquella zorra… vieras el modo de mamada, lo mejor del mundo, usted no se imagina…

Solo asentí con la cabeza. Esteban sería el mejor escritor erótico –      pornográfico, con más potencial del mundo. Ya que todos los fines de semana, inventa dos o tres historias diferentes, de zorras que cogen como putas sin cobrar, que maman como maquina dental de succión, que después del primer orgasmo se enamoran de él. Lo malo del asunto es que todas esas noches, se suele ver en los bares, con más compañía que su fantasía, y una permanente llave en su nariz.

Durante todo el trayecto, la misma historia de siempre. El porqué se cogió a Natalia, donde, que la pobre zorra esta súper enamorada, las posiciones, el sudor, hasta el destino final de su eyaculación (siempre es en la boca). Al menos me hizo corto el trayecto al trabajo.

En nuestro trabajo nos topamos con la misma situación de siempre. La limpieza de los orinales, ese olor acido, rancio. Los escusados de las damas, sus residuos de menstruación, aquel particular olor, los basureros llenos de mierda. Renegar el aseo, para que luego durante 8, 9 o 10 horas de trabajo el guion nunca cambie. Las infidelidades, las barras empapadas de historias, los ebrios interesantes (algunos), llantos a lo macho ranchero, el estrés, los jefes, la madrugada, las horas más largas de todo el día, el sudor y todo ese alcohol que, mientras trabajemos no nos podemos tomar.

En medio de todo ese ajetreo de música fuerte y luces locas, me avisan de otra vomitada en el baño. Mientras la limpio recuerdo, a aquel preso, mojado con la mirada caída en el suelo. La culpabilidad de sentirme identificado me abofetea. Ya que, por momentos siento un trabajo así como una cárcel. Disculpen. Pero sé que todos ustedes me entenderán, cuando ya después de varias noches sin poder escribir, me siento, como agarrado de una malla metálica, mojado con mirada caída en el suelo.

Las estaciones del mendigo y el perro.

Las estaciones del mendigo y el perro.

Imagínense “las cuatro estaciones de Vivaldi”.

Ahora bien, quitemos, las realezas, los palacios de Buckingham, la nobleza, al rey y a la princesa, el siglo XVIII, los carruajes, la elegancia y la opulencia.

Transportémonos a Costa Rica, en el mero siglo XXI. La lluvia sobre la montaña, las golondrinas bañándose, los relámpagos, los truenos, la quietud de las plantas de bananos, el rocío de las hojas de caña india, a mí tata tomando café, viendo que sabe que, entre las gotas de la lluvia. Remembrando aquellas décadas de los cuarenta, cuando tan solo era un niño y no existía el asfalto.

Bajen la mirada de esas montañas, mira los autos moviendo sus escobillas, al ritmo de el estrés de los bocinazos. Las personas que matarían por un taxi, el perro que escampa bajo la sombra de alguna casa, en la acera. Observen el semáforo en rojo, el estrés dibujado en los rostros de los conductores, los adolecentes caminando bajo la lluvia, como si poco les importara mojarse.

Ahora miren bien. Ahí está, justo ahí. El andrajoso viejecito, que lee algo en el periódico de hace varios días. Con sus zapatos rotos en el cesante andar al ninguna parte. Maldiciendo el presente, recordando el pasado, no sabe del futuro pues, para el eso no existe. De pronto deja la hoja del periódico que lee. Le toma importancia a las gotitas que se estrellan cerca de sus zapatos. Inclina un poco la vista hacia arriba. Mira como un auto pasa por un hueco de la carretera y le empapa el rostro. Se seca los ojos, pero no siente rabia. Sigue mirando las llantas de los carros pasar y pasar.

Escucha un pitazo, al tono de un re bemol. Los pasos de los habitantes danzan un vals, al sonido del acelerar y frenar de los autos. Levemente sus labios empiezan a dibujar lo que es una leve sonrisa. El semáforo esta en verde. El perro que descansaba en la acera se levanta, se sacude y bosteza. Se acerca. Él lo acaricia, el perro mueve el rabo. Nuestro amigo sonríe. El perro también.

Alza la mirada al cielo. Mira las golondrinas, en vuelos mágicos, al ritmo de un allegro. Ve a mi tata tomar el café, lo saluda con la mano. Ve las montañas mientras la lluvia empieza a mermar. Nota como las plantas de banano lucen cada vez mas verdes, siente el agua escurrir por sus mejillas y esta vez no son lagrimas. Se levanta feliz, el perro mueve la cola. El semáforo cambia a amarillo.

 

Bajo una leve llovizna, comienza a danzar un vals, al ritmo de la música clásica de una desordenada ciudad. Los transeúntes esquivan sus bellos movimientos. El hedor de sus ropas perfuma el cuadro. Con el semáforo en rojo salta a la calle, sigue danzando; liviano como bailarín de ballet. Su rostro es la alegría más pura. Su acompañante ahora es el perro, salta, mueve el rabo, ladra la alegría. Los improperios que le gritan los conductores son ovaciones. Sigue danzando, mientras la lluvia por completo se disuelve. Un rayo de sol pega, justo en el brillo de sus ojos. El semáforo vuelve a verde.

Los carros se aceleran, él ni cuenta se da. Sigue danzando junto al perro. Algunos curiosos lo miran pero no se detienen. Una patrulla se acerca, dos policías se bajan, se le acercan. Toma a un policía de las dos manos y lo invita a bailar. El perro vuelve a ladrar. El otro lo toma por la espalda y lo esposa. Lo meten a la patrulla, acelera aun cuando el semáforo esta en rojo. El perro corre detrás.

Por el parabrisas se escuchan las carcajadas de aquel mendigo, que danzo las cuatro estaciones de Vivaldi, un día que por un momento se olvido de su pasado y presente. Recordándose a sí mismo, que el futuro llega muy de repente.

A la espera de la muerte, mientras cocina un picadillo de chayote.

Ángela siempre ha sido una buena amiga. Mi mejor amiga. Siempre me protegió en mi momentos más malos. Cuido de mis ataques de pánico, me llevo al doctor cuando llegaba a mi casa y me miraba, tirado en mi cama enfermo de tristeza. Me aceptaba tal cual yo era, y yo en cambio la amaba tal como era.

A los ojos no era nada bella.  Pero si la mirábamos más allá, era una mujer realmente estupenda. Su vida sexual había muerto. Ni tan siquiera su novio se acostaba con ella. Porque si, a pesar de todo, tenía un novio. Era un buen chavalo.  La amaba a su manera. No era la mejor manera, pero ¿quién es quién? para juzgar nuestras formas de amar. El sexo era un insulto. Me veía como su mejor amigo siempre me aceptaba, a cuanta, bella, fea, zorra, loca, santa o demoniaca, mujer que yo le presentaba como mi novia. Nunca tuvo celos, nunca me vio más allá.

Nunca se metió con mis vicios, no le importaba cuantas cervezas me tomaba la noche anterior, o si amanecía con una chica diferente, si despertaba bajo un charco de mi propio vomito. Ella, siempre llegaba a mi cuarto, me hablaba ignorando cualquier suceso, hacia un poco de aseo, y si realmente me veía enfermo, esta vez de resaca. No me llevaba al doctor. Sino que licuaba un huevo con un poco de café negro y me obligaba a beberlo, a mí y a mi compañía, fuese quien fuese. Antes de irse dejaba una sopa sobre la mesa.

- Tómesela mientras esté caliente.

Como no iba a amarla.

Ella vivía en el departamento contiguo al mío. Su compañía la mayoría de las veces era su novio, que pasaba horas y horas mirando deportes en la televisión. Dos protegidos, que no sé a ciencia cierta que parentesco tenían con ella. Una nenita de 13 años, más dulce que la miel. Y un adolecente rebelde, que hacia sus primeros pasos con la marihuana. Muchas veces sentía miedo, que alguien le turbara la paz, pero después me preguntaba ¿Habrá tenido paz, en algún momento de su vida?

Yo nunca salía de la habitación. Lo odiaba. Si no tenía que trabajar, podría pasar los días enteros sin saber de nadie. Pero con ella era diferente, disfrutaba llegar a su casa. Mirarla haciendo un picadillo de chayote, servirme un vaso de café, conversar de cualquier tema. Mi visitaba nunca duraba 10 minutos, me molestaba verla como, una perpetua sirviente, de su novio y sus protegidos.

- Deberías comprarte un vestido y salir a pasear al parque.

- No tengo tiempo para ese tipo de banalidades.

- Te están robando tu vida por Dios.

- Eso es lo que parece, pero no es así. Disfruto cada momento que pasa, además si no los cuido yo, ¿Quién los van a cuidar?

- ¡No puedo soportarlo!

- ¿Por qué sufre usted?

Nunca logre expresar que la amaba. Siempre me tomaba de un sorbo el café. Me encerraba de nuevo los días enteros en mi apartamento, con la rabia, de ver como las sanguijuelas se guindaban de su yugular, secándola de poco a poco. A los minutos, llegaba, me abrazaba. Hacia un poco de aseo, no me tocaba el tema de la discusión. Hablamos de algo diferente, se marchaba, dejando en su conciencia el alivio de que yo ya no estaba molesto.

Poco a poco la empecé a notar enferma. Perdía peso de manera fugaz, su piel se tornaba cada vez más pálida.

- ¿Te sientes bien?

- De maravilla.

- Te noto enferma.

- ¡Uy por Dios! Nada pasa tranquilo.

- ¿Te llevo al hospital?

- ¿Para qué? ahí solo van los que esperan la muerte, no tengo necesidad de que revisen lo que está bien, este tranquilo. No me pasa nada.

Era una mujer realmente valiente. Ocultaba el dolor con cierto arte. Pensaba si verla enferma era parte de mi imaginación, el afán psicótico de querer protegerla. Ya que sus protegidos ni sus novios le preguntaban nunca por su estado de salud. Nunca notaban lo pálida de su piel, solo ordenaban su exigencia y se marchaban dejándola ahí con su soledad en compañía. Puede que solo sean ideas mías, pensé.

Una mañana iba rumbo a mi trabajo. Pase por la casa de Ángela, no la mire en la cocina donde siempre solía estar. Me serví un café, me encendí un cigarrillo y la empecé a buscar por las habitaciones.

La halle en su cama, estaba llorando, no se había levantado en todo el día, revise mi reloj, y eran las 10 a.m.

- ¿Qué pasa?

No decía palabra alguna, sabía que algo le dolía. También sabía que lo que la hacía llorar, no era el dolor. Si no, la depresión de que un dolor la hiciera una mujer inútil.

Solo cuando ese momento la agobiaba, pedía que la llevaran al hospital. Ya que tenía la esperanza y la fe, de que los doctores la aliviaran pronto, y ella volver a hacer su perfecto trabajo de sirvienta por compañía. La lleve al hospital, la internaron 15 días.

Durante su estancia, solo la visitamos, su novio y yo. Nos dejaba instrucciones específicas a cada uno. A mí me tocaba cocinarles a sus protegidos. Santiago se encargaba de la limpieza de la casa. Este después de escuchar las instrucciones, se marchaba a visita los demás enfermos, yo me quedaba solo con ella en la habitación.

- ¿Cómo te sientes?

- De maravilla. Solo espero que me saquen de este infierno.

- Pero aquí estas mejor, te cuidan, te sirven, te protegen.

- No puedo soportarlo, si no me dejan marchar en tres días, me voy sola.

- ¿Tanto te duele que alguien te sirva? Y descansar de ese afán de morir por una manada de mal agradecidos.

Nunca logre que me respondiera a esas preguntas. De nuevo caía en la certeza de que, para ella estar acostada es un sentimiento de inutilidad, que le mutila de a poco su autoestima.  Me entere con solo verla que pasaba las madrugadas llorando por la depresión de no estar a mano de aquellos, que la miraba como la abastecedora de necesidades. Le dolía no ser la mamá gallina de sus polluelos.

- Bueno me marcho.

- Gracias Andrés; y por favor ayúdame con la comida de los chiquillos.

- Si está bien.

- Ya seguro el jueves estaré en casa.

- Ahí te esperaremos cuídate.

Mientras caminaba por el pasillo del hospital un doctor me detuvo.

- ¿Eres familiar de la paciente de la cama 17?

- Se puede decir que sí.

- Que bueno. Es que el otro que la visita no me da confianza. Me gustaría decirte algo.

- Adelante.

- Bueno a Ángela le daremos de alta el jueves, pero su salud no anda bien. Le encontramos varios padecimientos, que irán deteriorando su integridad de manera irreversible. Al menos, que se tome una variedad de medicamentos que le vamos a recetar y siga un control exhaustivo de su salud. Sería bueno a pesar de la salida que se quede unas semanas en reposo absoluto, una recaída sería algo sumamente peligroso

- Perfecto, gracias.

- Hasta luego.

El doctor se marcho revisando los expedientes de sus demás pacientes. Yo me quede frio al conocer a Ángela tan bien. – Unas semanas de reposo – ni en sueños me dije.

No duro dos días en su reposo absoluto. Una mañana llegue como siempre a visitarla y la vi en su afanosa tarea del “crea ser” domestico, cocinaba un picadillo de chayote.

- ¿Cómo sigues?

- Bien.

- Me  lo prometes.

- Si.

Me preocupo que no me dijera “De maravilla”. Así que encendí un cigarrillo y escurridizamente me fui al cajón donde guarda sus medicinas. Estaban intactas. No se había tomado una sola. Volví a la cocina.

- Entonces, ¿Te tomas el tratamiento al pie de la letra?

- Claro, todos los días en las horas que indican.

- Me alegro.

Justo en ese momento, un dolor le penetro las entrañas. Se tuvo que sostener de la lavadora para no caer desmayada. Yo sentí que me descocían el alma, sentí rabia y dolor. Fui a sostenerla y su frente esta empapada en sudor.

- ¡No te estás tomando una mierda! – le grite.

- ¡No Andrés, no me grites, mi vida la vivo como yo quiera y de la manera que yo quiera, nunca me he metido con tu alcoholismo ni con tus zorras, por el amor de Cristo no te metas con mi forma de vivir. Si me tomo o no los medicamentos es mi problema y no el tuyo!

- Pero te vas a morir.

- Todos tenemos que morir en la vida Andrés. Todos.

En ese momento supe que si alguien le temía a la muerte era precisamente yo. Tanto que en ocasiones; me olvido de vivir. Sus protegidos no más escucharon la discusión y siguieron en lo suyo, ninguno me apoyo. Me fui y me encerré varios días en mi habitación. Un día llego con una sopa caliente, la dejo sobre la mesa. Hablamos de unas cuantas cosas sin relevancia y se marcho.

Otra vez se fue con la conciencia tranquila de que ya no estaba enojado.

Sigo pasando a tomar café y fumarme un cigarrillo, mientras cocina. Reviso el cajón de las medicinas, y siguen intactas. Me siento y la observo profundo, ella me mira de reojo y sonríe. Sigue picando hortalizas, mirando por la ventana. Su mirada se pierde en las montañas, y yo, ya lo sé.

Se queda a la espera de la muerte, mientras cocina un picadillo de chayote, y yo aun no encuentro el valor de decirle que la amo.

Vuelvo a mi habitación a llorar la tristeza que me da verla –su vejez debería tener más calidad de vida – me digo, mientras me tapo los ojos y sigo llorando.

Solo pensaba en masturbarme

Solo pensaba en masturbarme

Desayune 3 disgustos a las 2 de la tarde. Me fume un cigarrillo con la peor de las rabias, pensé en masturbarme pero mejor, salí a caminar. Pensé llevar mi guitarra; pero parece que iba a llover – mejor no –
Camine y tope con esas librerías que lo que menos que venden son libros. Había un luminoso letrero que decía.
“Twilight un millón de copias vendidas”
¡Mierda! y mis historias sobre realidades, al otro lado del mundo; y de madrugada. Quedan dormidas, en las barras de los bares.
No lo soporte. Pensé mejor en masturbarme. Otra vez.

Camine un poco más. En la parada de autobuses, los chanceros ofrecían la felicidad gratuita la grito del 75. Al fin de cuentas, si se quiere la felicidad, es gratuita. Solo habría que liberarse de todas las malditas cadenas, que nos atan a vivir como estúpidos. Yo que puedo decir. Cada día que pasa busco una cadena, que se esté aflojando, para socarla un poco más; y no perder toda esa “EDUCACION” que me han brindado.

Un indigente de esos que tienen más cabeza que, algunos que trabajan en las municipalidades, declamaba un poema de Rubén Darío.
Bueno, al menos, no esta tan mierda el mundo. Pensé.
Camine hasta el reloj de la parroquia para darme cuenta que eran las 4:15 p.m. un señor desarmaba, los mercados bulliciosos de las fiestas patronales de la iglesia. ¡Sí! Los mismos mercados que Jesús agarro a patadas en el nuevo testamento según Juan (Juan 2:16).
Cansado me senté el poyo del parque a fumarme un cigarro, un niño de 8 años, me pidió una teja. Un borrachito “la tres”, una viejecita una limosnita en el nombre de Dios, un policía mi cedula, justo antes de requisarme. Ninguna de las sabrosas oficinistas, se atrevió tan siquiera a pedirme el teléfono. De veras que me sentía cagado ese día, y más cagado recordar, que era mi único día libre de toda la semana.
¡A la mierda las deudas! Me voy para el bar del bueno de Ramírez. Tiene cosas mejores que contarme que este entorno.
¡Puta! Al llegar, aun el parasito de mierda de Ramírez no había llegado, a abrir el bar. Me senté en la acera a esperarlo.
Lo vi venir calle arriba. Traía una cierta satisfacción tatuada en su rostro, supe en su gesto que el negocio marchaba muy bien.
- ¡Maldito! ¿Usted cree que no existe gente con sed en este mundo? – Pregunte.
- Aun no voy a abrir. Vengo a limpiar.
- ¿Puedo al menos, verlo limpiar mientras me tomo una cerveza?
- Las cervezas están calientes.
- ¡Que picha con vos! Me las tomo con hielo.
- El hielo no ha llegado.
- Espero a que llegue.
- Llega hasta como dentro de una hora.
- ¡Mae! ¿Me quiere vender guaro sí o no?
- Bueno mae, pase rápido por favor.

El bar estaba hecho una pocilga. Ramírez tiro las llaves en la barra, abrió el congelador, tomó una bolsa de hielo, se sirvió un vaso, destapo la cerveza y se la empezó a beber.
- ¿De verdad que usted no vale un cinco? ¡Maldito!
- ¿Por qué bastardo?
- ¿No que el hielo venia hasta dentro de una hora?
- Se me olvido que aun quedaba esta bolsa. ¿Quiere una birra?
- No quiero ni picha, en este basurero no se puede tomar en paz.

Tomé la escoba y me di a la tarea de barrer el bar.

Después de barrer, limpiar, desinfectar los orinales, lavar la vomitada rancia de la noche anterior. Todo esto mientras Ramírez tomaba cerveza y mas cerveza. Me senté cansado en la barra. Ramírez me puso una cerveza, más caliente que el aguadulce de mi abuela.

- ¿Quiere hielo?
- No.
- Esta caliente.
- Si ya se.
- Entonces.
- ¡No quiero ni mierda! Por favor no me robes la decisión.

Empecé a tomarme la cerveza. De verdad estaba horrible la pobre. Pero igual, la tomaba y la tomaba. Fue cuando entro el socio de Ramírez. No llego solo, venia con una exuberante mujer, de figura escultural, morena, cabello tornando a azabache, una figura realmente espectacular.
Se sentó a mi lado, saludo. Me pregunte si la conocía o no, bueno eso no importaba, era magnifica. Pidió una cerveza, y sonrió con Ramírez. Sonríe muy bonito, pensé. Por fin los astros se estaban alineando.
- Ramírez, dame un puto vaso con hielo.
- Se acabo el hielo.
- ¡QUE GANAS DE MASTURBARME!
- Fantástico, es la mejor practica del mundo – dijo la nena que había entrado con Jorge.

Ese comentario derritió hasta el mismo hielo ausente del vaso que coloco Ramírez en la barra. La mire, y note sus enormes tetas, luego sus torneadas piernas cuando se acomodo sobre el banco, quise hablarle mas no pude. La impresión o la inseguridad de estar frente a semejante monstruo sexual, hizo que no pudiera hacer comentario alguno. Solo la imagine sin ropa, acostada en una cama, haciendo con sus dedos, un Atlantis en su vagina.

Dialogos

Diálogos
Diego López

- Andrés, mataron la esperanza.
- ¿Cómo eso no era un grillo?
- No estúpido, que me mataron la esperanza.
- ¿Así se llamaba su perra?
- No, mae la esperanza de ser el mejor escritor del mundo. Andrés, dime la verdad. ¿Quieres publicar algún día?
- Zadiel, a veces lo único que deseo, es lograr escribir algo, que me golpee el alma.
- ¿Entonces no eres escritor?
- Claro que lo soy, y el mejor del mundo.
- Andrés, no te entiendo.
- A veces yo tampoco me entiendo, por eso escribo, y he topado con gente que no comparte, mi manera de ver las cosas, eso no quiere decir amigo, que soy el peor de los escritores, ni que me encierro solo en mis escritos.
Me gusta lo que escribes, y a vos te gusta lo que escribo. Que a algunos cerebritos, no les guste nuestra forma de ver las historias, no quiere decir que no seamos unos escritores extraordinarios. De preocuparse seria que Hollywood quiera hacer una película adolecente con nuestra literatura, ahí si deberías sentir que te matan la esperanza de decir las cosas sensatas, de manera directa y sin vaselina.

Me pregunto una vez un tipo.
- ¿Eres poeta?
- Creo que sí. Aunque primero quise ser músico, vivir del rock and roll. Llenar estadios, que las mujeres murieran por mí, que mis canciones trascendieran las fronteras.
Fue cuando la cuarta de la guitarra se reventó, y la inspiración se empolvo de las ilusiones y enfermo los sueños que perseguía. La canción que no termine, renuncio y empaco sus cosas, el mismo día que me preocupo más, llegar puntual a mi trabajo, que quedarme en casa a elaborar un poco su estrofa de desamor y dolor.

Esperaba en la estación de autobuses, el próximo que me llevara lejos. Una dama se dirigió a mí diciendo.
- El día esta triste, apenas para un cuento.
- Lo escribí hoy en la mañana – Le respondí.
- ¿Eres escritor?
- El mejor del mundo sabes.
No me hablo mas, le molesto mi arrogancia. Seguro pensó que yo le quería echar el cuento.

Un profesor de filosofía almorzaba en el restaurante en que trabajaba. Lo atendí con amabilidad, ordeno un suculento arroz con pollo. Entre platica, cliente-empleado, salió a relucir la literatura.
- ¿Te gusta escribir? – Pregunto.
- Si, pero lo que escribo no es para todo el mundo. No quiero que mis personajes sean Harry Potter, ni vampiros que enamoran minifaldas. Ya no quiero hablar de lo bonito que fue el pueblo donde vivo. Ni creerme que nací en un pueblo de poetas. Si no, relatar lo que vivo, noche a noche. Mis personajes, inhalan cocaína, se suicidan porque nadie los comprende, toman guaro, son pervertidos adictos al sexo, y seguro estoy que en mis novelas morirían de una venérea. Me cansan las burdas historias de amor, quiero abrirles los ojos a mis lectores y decirles, que esta es la realidad de la mayoría jóvenes, y que yo no mas soy el testigo de la decadencia de este pueblo colmado de poesía; pero que es presa de la debacle globalizada de la ignorancia. Es hora de que alguien cuente lo feo, denunciar que aquí hay tanta pestilencia como en cualquier parte del mundo.

Pago la cuenta y se fue; el ama tanto este pueblo como yo.

Agorafobia

Agorafobia
de Diego Lopez, el Viernes, 29 de julio de 2011 a las 15:44

Agorafobia

Diego López

Mientras compraba los tiquetes del autobús, recordé lo insoportable que se me hace en lo personal viajar. El ruido y el olor de la capital me quitan la paz, una hora y media, encerrado sin salida, me causa claustrofobia. Mire alrededor, y la imagen era como un reflejo de mi espejo, gente a sus trabajos, estudiantes con preocupaciones por el porvenir, uno que otro a hacer mandados, otros que volvía de un picnic a su amada capital, en fin. No llevaba nada para leer, ni tampoco música para escuchar. Fue un descuido grande, pero pensé que podía sobrevivir.

Mas que una fila, para abordar el bus, la imagen parecía, un grupo de sentenciados a muerte. El acomodador se limpiaba el sudor de la frente, y con una voz de estrés gritaba:

- Por acá, por acá; una sola fila por favor, en orden por favor, usted con esa maleta no puede subir, va para el maletero, salga de la fila le buscaremos lugar.

Me sentí un personaje más del holocausto judío, la gente se amontonaba, empujaba, como si la precisa los hiciera tomar un cómodo asiento, sin tomar en cuenta, que en un autobús no existe un asiento agradable.

Cuando ingrese ya estaba ansioso, mi respiración era agitada y fuerte. Escogí un asiento, cerca del centro, abrí la ventana lo mas pude, trataba de respirar. Fue cuando me di cuenta que estaba siendo atacado por una crisis de ansiedad, estaba hiperventilado, las manos me sudaban, la cabeza me dolía. Por un momento pensé en la idea de abortar el viaje y quedarme en cualquier cantina quitándome el estrés de un acontecimiento que ni tan siquiera empezaba.

Sentí que alguien se sentó a mi lado. Era una chica con un pelo de colochos bello, un aroma increíblemente fresco, una silueta de portada de revista, un escote que hicieron olvidar de forma inmediata mi ansiedad. Me miro, y seguro noto el susto en mi rostro.

- buenas tardes – dijo con el carisma, y la simpatía de seducir a cualquier mortal.

- buenas – respondí mientras sentía que mi alma volvía al cuerpo.

Pensé que viajar no sería tan malo, no extrañe mi lectura, tampoco iba a hacer falta mi música. Si esta belleza me iba a acompañar todo el trayecto a la capital, con su figura, su aroma y su voz, el viaje si quiere puede durar mil horas.

Fue cuando en el intento de hacerle conversación, subió una señora de unos 45 años, delgada y con una voz estridente que decía.

- ¡Por Dios Santo! Me quitaron los asientos del centro, atrás no puedo viajar, me dan nauseas, vomito, que va a ser de mi vida, hubiera alguien que me cambiara el asiento, les ruego el favor por el amor de Dios.

De todos los caballeros que íbamos en ese autobús, aun no pude entender ¿porqué ninguno fue amable? Yo si tenía mi razón y era la dama que iba al lado mío, pero, ¿Los demás? Fue cuando escuche la frase que mas dolió en esa tarde.

- Señora, quédate con el mío yo me marcho para atrás – dijo la joven del lado, haciendo que mi respiración se volviera agitar, justo en el momento que la señora se sentaba a mi lado, me miraba y me sonreía de una manera picara y seductora.

- ¡Uy buenas! – dijo tomando el asiento y acomodándose en los regazos el bolso que cargaba, con unas incontables bolsas con pastillas.

Yo ni tan siquiera conteste el saludo, no por ser descortés, sino porque, el ataque ansiolítico volvió con más fuerza que me robo hasta la voz. Volví mi rostro hacia la ventana para tomar aire, en el preciso instante que el autobús iniciaba su recorrido.

Después de un poco de camino, sentía la batalla de mis manos sudadas, la opresión en el pecho. Cerraba los ojos y lo único que podía imaginar, era todo lo que faltaba para llegar a la capital. Solo me tranquilizaba la silueta de la dama que se me había sentado al lado, se dibujaba una sonrisa leve en los labios pero cuando abría los ojos descubría sobre mí la mirada de la señora, y mi cara de pánico, se reflejaba en ella.

- Ay pero no te asustes que no muerdo – dijo mientras daba un golpecito en mi antebrazo – agregando –

- Sabes, eres igual a un novio que tuve en el pasado, ¿Cuántos años tienes?

- 21, señora – mi voz apenas se escuchaba.

- De verdad. Pues esa misma edad tenía yo cuando tuve ese novio, ahora tengo 47, pero mis amigas me dicen que me veo de 30 – Acerco su cabeza a mi oído y a manera casi de secreto dijo.

- y con la fiebre de una de 18.

La verdad, no parecía una mujer de 30, parecía una mujer de 47, lo de la calentura de 18, en los pocos instantes de conocerla no lo puse en duda. Añore mi lectura, deseaba taparme los oídos con música, bajarme del autobús, salir huyendo.

Fue cuando de un momento a otro, un sollozo, interrumpió mi desesperación. Al voltear mi rostro me di cuenta, que dicho llanto, provenía de la señora, quise desentenderme del asunto, pero me fue imposible.

- No te preocupes muchacho – dijo con las mejillas empapadas de lágrimas – añadiendo.

- No sabes lo que siento cuando veo a alguien joven, es ver el reflejo de mi esposo. Partió hace tanto tiempo, dejándome sola en esta vida, sin más fututo, que este cuerpo que desea ser amada.

Le miraba con miedo e incredulidad, me llego a contar del abandono de su hijo, lo duro de la soledad, como hace para vivir con una pensión de estado. Añadió que su única compañía es un perro, que las amigas creen que está loca. Me canto canciones rancheras, me acariciaba la rodilla, se me quedaba viendo con una penetrante mirada que me espeluznaba. Poco a poco se fue tranquilizando, ya no lloraba volvía a sonreír con picardía y me conto varios chistes pasados de tono. Cada vez que una carcajada se desprendía de ella, le daba un fuerte golpe a mi pierna; a mí se me erizaba el pellejo. Cada vez que quería distraerme por la ventana, me halaba por el hombro e iniciaba otra historia, otra canción o otro chiste.

Cuando el bus llego a su estación de chequeo, entro un hombre con dos enormes bolsas en el hombre y un canto en un tono particular que decía.

- Papa, plátano, papa, plátano, lleve su papa plátano – mientras caminaba por todo el pasillo del bus. Se detuvo frente a los asientos de la señora y el mío y pregunto.

- ¿Qué viejito, papitas o plátanos para ti o para tu madre?

En ese preciso momento el llanto de la dama se volvió a dejar sentir, escondió su cara entre sus manos y el bolso de las pastillas. El vendedor me vio con cierta cara de sorpresa y siguió su paso, con su cantito de la venta. El chequeo termino, el bus siguió su curso. Mi cuerpo estaba inerte, impotente a cualquier sensación, movimiento o palabra. Mi corazón latida rápido, mis manos no solo sudaban sino temblaba, aunque no lo pude ver, sabía que mi cara estaba pálida y moribunda.

De un pronto a otro, el rostro de la dama emergió de su bolso y en medio de una carcajada sonora dijo.

- ¡Que yo puedo ser tu mama! Ni que yo estuviera tan vieja, puedo darte de mamar que es otra cosa.

Sentí desmayarme. Toda mi vista se puso negra. Mis piernas no las sentían, tuve ganas de gritar, llorar, decirle al chofer que me dejara en cualquier lugar. Pero en medio de mi desesperación donde no veía, no sentía; la señora volvió con sus canciones rancheras, sus chistes, las historias de sus amantes, hasta llegar a la capital.

Cuando el bus ingreso en la primera parada, me baje de inmediato. Mientras pasaba al lado de la dama para alcanzar mi libertad, esta me toco de manera vulgar el trasero y sugiriéndome que me le acercara pregunto.

- Joven, ¿No sabes donde bajarme para tomar el bus que me lleva al Hospital Psiquiátrico?

- No, señora no sé.

-¿Me Bajo contigo y me ayudas a buscar mi bus?

- No señora, no sería conveniente, yo tengo una cita importante de trabajo.

- Bueno – dijo triste

– Sabes joven, tengo que agradecerte tu compañía espero encontrarnos en San Ramón Pronto – cerro un ojo y me tiro un beso.

Baje desesperado del bus.

Se me había olvidado a que iba, que tenía que hacer, mi corazón volvió a la normalidad, respire, pero, mi mente se enfoco en el viaje de retorno. El miedo seguía latente. Así que hice mis diligencias, y suponiendo una escusa a mi valentía de soportar un viaje de vuelta en autobús, me dirigí, por unas cervezas, y un rato de esparcimiento a un night-club, que me tope en el camino.

Me senté en la barra, en mi mente estaban las rancheras y la triste vida de la señora, de pronto se me acerco una dama, con un diminuto traje de baño, unos ligeros de infarto y el aroma fresco, que había sentido en la tarde.

- Aja pillín, te atrape. Ya sé a qué vienes a la Capital.

Era la belleza que se me había sentado primeramente al lado mío en el autobús, trabajaba como bailarina en dicho lugar.

- Regreso en el bus de 4 AM quédate y nos podemos ir juntos, así disfrutas del lugar, y porque no, hasta te podes ganar un privado gratis – dijo mientras se alejaba, dejando de nuevo el aroma tatuado en mis sentidos.

Me quede en la capital hasta las 4 de la mañana, el retorno en el autobús, fue sin contratiempos, seguí viajando más seguido a la capital, me hice amigo de una bailarina un night-club y me daba bailes privados gratis, ya tenía donde desahogar el temor que me da viajar.

De la pobre señora ni me volví a acordar.

Vacas gordas, vacas flacas.

Vacas gordas, vacas flacas.

Un domingo el sacerdote Jacinto daba misa de 11 como todos los domingos, mas por rutina que por devoción. La iglesia estaba repleta de fieles. Hacía un calor insoportable. El sermón hablaba sobre la esperanza, el perdón y la salvación.
Pablo, salió de su casa, con mil turbulentas ideas rodando en su cabeza. Traía consigo una solución en la bolsa derecha del pantalón. Caminaba midiendo cada paso, se detuvo a ver el ventanal de una juguetería, recordó a su hijo, al que nunca pudo perdonarle sus errores, echándolo de casa, haciéndolo rodar por todos los basureros de otra ciudad. Una lagrima bajo tímida por su mejilla, miro al cielo y se santiguo.
El órgano de la iglesia, tocaba la canción del perdón de los pecados. Los fieles pidieron por las almas que ya han marchado. José, el dueño del supermercado. Deposito como todos los domingos 5000 colones a la canasta de la limosna y se sintió desatado de sus pecados. Creyó en la multiplicación de los panes, rezo por las buenas ventas, se levanto y se preparo para su comunión.
Justo en ese momento Pablo visito tal establecimiento. Abordo el refrigerador de los lácteos, tomo un yogurt sin importarle el sabor. Fue a las cajas, la señorita le sonrió, el se sorprendió, tenía mucho de no sentir una sonrisa. Aquella frescura le recordó a su esposa. Tal sensación lo hizo olvidarse del vuelto.
– Señor su vuelto. – Dijo la señorita.
– Gracias – Contesto, apenas si le salía la voz.
Afuera del supermercado, siguió su marcha, sintió el sol quemante en su cara miro el cielo, recordó a su esposa ausente y se volvió a santiguar.
Cuando el sacerdote Jacinto dio la bendición, Pablo yacía sobre el pretil de la iglesia, comiendo de su yogurt. Miro salir todos los fieles, estos si apenas lo reconocieron.
Espero a que no quedara nadie en la iglesia. Antes de ingresar, boto el vaso de yogurt vacio. Ingreso dejándose seducir por el silencio y la paz, si apenas tuvo fuerzas para hincarse, santiguarse y pedir perdón. Otra lagrima rodo por su mejilla. Con las pocas fuerzas que le quedaron se sentó, miro las figuras de mármol, las imágenes, y se dejo desvanecer.
Al rato el sacerdote Jacinto salió del vestíbulo acompañado del monaguillo, al verlo se acerco, le toco el rostro y mando al niño a llamar a las autoridades. Le dio su última bendición antes de que la policía llegara. La solución que traía en la bolsa derecha del pantalón, quedo en el basurero fuera del supermercado.
Esa noche hubo ganancias. José dio gracias al cielo.

Redencion

Redención

Cuando llueve, la gente a la que le preste mi paraguas. Se encierran y se esconden, sin saber, cuanto, me molesta o me resfría estar mojado.

Esto comprueba, la cruda realidad, que he nacido solo, tornándome cada vez mas egoísta.

Cuando ese perfil sea completamente visible, muchos se enfadaran, reclamando.

Todo será en vano; pues en donde yo este, será verano.

Nunca pude tomar una decisión desde mi perspectiva, ya que todas las mentes cercanas, tenían de mí, una opinión a su beneficio.

– Debes arreglar tu vida –
Me grito a regaña dientas la razón.

Aunque la reprimenda fue cierta;
¿Qué pensaría la razón si la solución sería dejarla en el camino cargando mis cadenas?

A partir de hoy me doctrino sin peso y sin lágrimas.

La brisa fresca de la cordura me trajo hasta aquí. Un pico alto de la montaña.

Puedo ver el pasado pesado en mi espalda y allá abajo el lago donde deseo estar leyendo y escribiendo, el libro de la vida.

Aunque sé que el descenso será igual de agudo, hare que la locura y la cordura sea el planeador, bachiller de los consejos.

No se alarmen; seguiré estando en este lugar. Pero ya no tan disponible. Algunas veces los veré llorar, pues estaré más entretenido conmigo mismo.

Seré mi fan número uno, el principal amante de mis escritos, el triunfador de la ardua carrera, que fue mi pasado.

Del mañana no sé nada.

De este momento solo se, que mis pasos, están livianos y por ende más fuertes.

La emoción me embarga; al sentirme testigo de mi propia Redención.

« Entradas más antiguas Entradas más recientes »

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 1.731 seguidores